jueves, 21 de mayo de 2015

ARTE CULINARIO

 -¿Que les pusiste?...
 No habría ingerido más de un par de raviolones rellenos con ricota, por cierto, deliciosos, junto con algunos trozos de carne estofada, tierna, sazonada con sabiduría, todo salseado magistralmente..., pero comenzó a sentirse mal; muy mal.
 Ante el silencio esquivo de ella, insiste con la pregunta, cuando ya percibe cierta rigidez en las extremidades y la respiración se le torna dificultosa.
 No tiene duda alguna de que ella decidió envenenarlo y con denuedo intenta provocarse un vómito, sin resultados favorables.
 -Nunca vas a poder vomitar una comida tan sabrosa, tu plato favorito, hecho con el amor con el que siempre cociné para vos, durante tantos años.
 ¿Acaso detectaste los ingredientes tóxicos?..., no creo, se hallan disimulados en la combinación de sabores y solo percibirás sus efectos.
 ¿O es que la reputa de tu secretaria, con la que me corneas desde hace tiempo, cocina pastas más ricas que las mías?...
 Los labios del hombre parecen adquirir un color azul cianótico, mientras se aferra a la mesa para no caer. Piensa que el colofón brutalmente trágico de su largo matrimonio sin hijos, al menos, le depara corroborar que su poco atractiva esposa es una maestra del arte culinario, aún en situaciones extremas. En lo que interpreta con terror son sus últimos destellos de lucidez, se maldice por haber cancelado esta noche la cena en el departamento de su secretaria -con el pretexto, dedicado a su mujer, de cumplir horas extras- luego que su consorte le dijo por teléfono que ya había preparado los raviolones de ricota que lo fascinaban; estima que tanta buena disposición, le generó cierto sentimiento de culpa que lo motivó a abandonar su plan anterior.
 Habla con la voz alterada por el tósigo incorporado a su organismo...
 -Mi secretaria no sabe cocinar..., pero hay otras cosas que las hace mucho mejor que vos...
 Se derrumba arrastrando en su caída mantel, vajilla y copas, así como la fuente que contiene la prodigiosa pasta rellena.


 Su secretaria, en el monoambiente en el que vive sola, maldice mentalmente el haberse enredado con un hombre casado que por añadidura es su jefe. Cargada de encono hacia su amante, llama al delivery para suspender el envío de dos porciones de raviolones rellenos de ricota acompañados de carne estofada, el plato favorito de él. Piensa que para sorprenderlo, quizás algún día podría aprender a prepararlo como seguramente se lo hace su mujer, aunque en el caso de ella, siempre come solo un par de bocados y ya la arrastra a la cama desvistiendola, entre sus fingidas protestas y los lloriqueos que lo vuelven loco.



                                                                        FIN

lunes, 18 de mayo de 2015

DON ALFONSO LANZA EN RISTRE

 -¿Que pasa?..., se pregunta a si mismo, al advertir que la sola presencia de la mujer ante él, a los fines de levantar el pedido, le provoca una respuesta genital desmesurada, habida cuenta de las considerables décadas que porta sobre sus espaldas.
 Viudo que vive solo, Alfonso Anselmo Soriano, de 84 años, es un agradecido a la vida; fundamentalmente, porque sabe que al final le brinda al ser humano la posibilidad de empatar con sus congéneres, sin revancha posterior, poniendo fin al triunfalismo compulsivo que lo obsesionó desde que abandonó la Castilla de su nacimiento. En esos días, siendo un niño, asumió que para derrotar a la pobreza natal debía constituirse en un guerrero, en combate permanente contra los demás.
 Más precisamente, en un conquistador, categoría que aún no deja de provocarle las tensiones de la competencia y la consiguiente erosión de su emotividad, dado que es consciente de su nivel etario y las vulnerabilidades que conlleva.
 Don Alfonso, no desconoce las virtudes del sildenafil y lo emplea desde su lanzamiento comercial, pero lo que le ocurre es una manifestación espectacular de deseo, de deseo espontáneo.
 Ingresar a un bar a beber un café, es un acto rutinario en sus costumbres, pero que se le empine de tal modo a la vista de una camarera que solo circula por ese ámbito con displicencia laboral, le resulta una maravillosa excepción. Algo que le insufla alegría, la que puede articularse con su condición de jubilado privilegiado, de interesante patrimonio y muy escasos derecho habientes potenciales.
 Don Alfonso, hombre que enfrentó las contingencias lanza en ristre, como el mio Cid, su  personaje emblemático, interpreta que una batalla se halla próxima.
 Como debe ser, como lo fue durante tanta acumulación de lustros de duro bregar, debe vencer como si respondiera a mandato divino. Como si una nueva cruzada (el hombre es falangista convencido ) le requiriera aventar todo el fastidio de la vejez, para aplicarse con ahínco a establecer el triunfo.
 Con la fe que supera toda adversidad..., musita como en una plegaria, toda decadencia física y espiritual.
 Inconcebible..., piensa, al sentir que su miembro adopta nuevamente la posición de... ¡Presenten armas!..., cuando la moza le trae un café humeante, virilmente cargado, acompañado por un vaso de soda donde bullen las burbujas.
 ¿Como encarar?...
 Tal inquietud, se instala en su mente con ímpetu acuciante.
 Halla la respuesta, tras cinco minutos de degustar la infusión bien cargada, como a él le gusta.
 Decide que al pedir la cuenta, intentará una ofensiva a fondo, plena de audacia, despojada de pusilanimidad, como corresponde a un macho cabrío de su edad.
 Estoy caliente como un chivo..., piensa con la alegría del viejo guerrero que se comprueba intacto, presto para afrontar nuevos entreveros.
 Ella se acerca a cobrar de modo laboralmente rutinario, su abundante figura, contorneada por el uniforme negro que se acompaña con un delantalcito blanco con volados.
 -Veinticuatro pesos, señor.
 Le dice con voz desprovista de sensualidad impostada, pero al menos para él, plena de inflexiones que remiten a una gozosa carnalidad.
 -El vuelto para vos..., le responde entregándole tres billetes de diez pesos.
 -Gracias, señor. Buen fin de semana.
 Contesta la joven, apelando a la formula actual para los días viernes.
 Don Alfonso arremete con enjundia, como Ruy Díaz de Vivar contra los almorávides, trocando la potencia de la mano que empuña la tizona por la elocuencia expresada con fines amatorios.
 -Buen fin de semana sería pasarlo con vos. Conversar, comer el jamón de Jabugo y el queso manchego que tengo en casa; beber hasta saciarnos la sidra asturiana de la que dispongo y los tintos de La Rioja o los blancos del Rivero.
 Y amarnos con frenesí, sin pudor ni egoísmo, para celebrar la gloria de los cuerpos en goce y las almas abroqueladas en el ejercicio del amor.
 Toma aire, como para oxigenarse luego de una furiosa carga de caballería y prosigue con su declamación.
 -Buen fin de semana sería, adorada desconocida, amarnos como si quedara poco tiempo antes de una hecatombe anunciada y disfrutarnos como en cumplimiento de un impulso que nos trasciende.
 Don Alfonso respira con la boca abierta, como si proferir la declaración, hubiera activado la disnea que le recuerda sus cinco décadas pasadas como acérrimo fumador de tabaco rubio.
 El veterano triunfador en lides amorosas y comerciales -no así bélicas, dado que emigró siendo un niño antes de 1936- espera ansioso la respuesta femenina, ávido de seguir reconociendo su valía batalladora, que ya habrá tiempo para el empate sin revancha.
 La muchacha le presenta una sonrisa escueta.
 -Disculpe, señor..., le dice mientras se desplaza lateralmente para atender su celular.
 -Te dije que no me llames en horario de trabajo, mi amor..., exclama con voz susurrante, que solo debería ser escuchada por su interlocutor, imaginate, ahora estoy atendiendo a un gallego jovato que parece que se fumó varios porros...
 Corta la comunicación y se dirige a responder el requerimiento de otra mesa.
 Don Alfonso, víctima de una desconsideración que se puede considerar como explícita, se percata del desaire.
 Asimila el mismo y se retira del bar sin mirar atrás.
 Gané otra vez..., piensa con regocijo, esta golfa me parece que es una viuda negra que si la llevo a casa, seguro me duerme con soporíferos y me deja en pelotas. Por suerte, me di cuenta a tiempo.
 Satisfecho, apura la marcha, mientras trata de obviar esa tocesita de añejo tabaquista, que parece incrementarse con cada paso y con la noche que ya se insinúa.


                                                                      FIN












martes, 5 de mayo de 2015

HÉROES Y SOMBRAS

 -¡Arrancá!...
 La frase era imperativa, terminante, habida cuenta de que era sustentada mediante la presión de una pistola sobre su flanco derecho.
 El individuo que lo amenazaba, había ingresado a su automóvil segundos antes de que pudiera pulsar el cierre centralizado, para ubicarse en el asiento del acompañante y apretar él, la tecla que trababa las puertas.
 No se trataba de un robo, estimó Julián, sino de un secuestro.
 Seguramente, después aparecerán los cómplices..., agregó a su intento de interpretar  la situación.
 Decidió proceder como el militar de carrera retirado, condecorado por sus actos de servicio en Malvinas, que estimaba eran la impronta de su identidad vital.
 Pero algo se quebró en su determinación, al ver la Browning 9 mmts. amartillada, pronta a reventarle los riñones. Monte Longdon, Wireless Ridge..., cruzaron su mente de modo fugaz, junto a otras imágenes de la contienda austral.
 Observó el rostro del delincuente, que llevaba un gorro encasquetado a los fines de disimular su fisonomía. La mirada desorbitada del paquero y el temblor de su diestra, lo convencieron de que se hallaba ante un imbécil que no respondía a mando alguno y lo iba a matar sin contemplaciones, sin noción de costo-beneficio, solo ligado al amasijo de mierda que era su cerebro trastornado por la droga.
 Peor que el 3er. regimiento de paracaidistas británicos, que los propios gurkas..., consideró, ya  inmerso en el terror a morir en forma asquerosa, a manos de ese residuo social.
 Él, que vivió el espanto del cañoneo desde los buques y soportó las penurias del combate, sentía miedo ante el extravío de un joven drogadicto.
 -Llevate todo pero dejame bajar..., le dijo en tono trémulo, en vez de arrancarle los ojos tal como inicialmente tenía pensado.
 No podía reconocer su voz. En un lapso mínimo, había adoptado lo que en su consideración, era una actitud de puto.
 La respuesta del intruso que se hallaba a su lado, fue...
 -¡Arrancá o te quemo, gato!...
 Como lo imaginaba, el solo hecho de efectuar los movimientos para encender el motor, generó que el descerebrado que tenía a su lado accionara el arma con su mano temblorosa.
 Solo dos disparos..., antes de que el siguiente proyectil se encasquillara y le impidiera vaciarle el cargador.
 Impactado en el bajo vientre, sintió que sus vísceras eran perforadas provocándole un dolor atroz, tal como en la guerra le ocurrió a otros cerca de él.
 Mientras sus neuronas se iban apagando como spots de la cartelera de espectáculos de la vida, abjuró de su comportamiento, pero también reconoció íntimamente que tuvo miedo a morir destripado, como le estaba ocurriendo.
 Quizás los héroes tienen los pies de barro..., pensó en un intento por reconfortarse, pero de todos modos, murió sintiéndose cobarde en un episodio de inseguridad urbana, a pesar de haber combatido con denuedo y coraje en la guerra de la que pasaron más de treinta años.
 Su agresor, ya había descendido del auto y se había desprendido de la pistola cuya numeración se hallaba limada. Como absorto por el desenlace de lo ocurrido, subió rápidamente al vehículo de apoyo que lo esperaba con sus cómplices a bordo.
 -El chabón se hizo el héroe y lo tuve que cuetear..., le dijo a sus secuaces para justificar el resultado de su delito: un celular robado al que rápidamente le quitó el chip y un muerto en ocasión de robo, agregado al magro botín.
 El que oficiaba de chofer y su acompañante, cruzaron cierta mirada, que el homicida percibió cargada de amenazas e implícito desprecio hacia su persona.
 Sintió un miedo visceral, que trató de disimular mediante una risita nerviosa. Recordó que se hallaba desarmado.


                                                                 FIN




lunes, 27 de abril de 2015

SOÑAR CON ALACRANES

 El escorpión es enorme, con la púa presta para descargar el golpe fulminante.
 Don Tito, jubilado añoso que vive solo, grita ante esa amenaza inconcebible dispuesta en el baño de su departamento, ubicado en una zona céntrica de la ciudad.
 Sabe que al ser época vacacional, es difícil que algún vecino escuche su exclamación aterrorizada.


 Todo fue un sueño..., piensa con alivio al despertar, luego que el artrópodo de color rojizo consumara su ataque.
 Lo que no comprende, es porqué se halla acostado en el baño de su casa en posición supina, vestido con los calzoncillos que suele usar para dormir, mientras divisa en su muslo izquierdo un edema de tono morado sobre el que brillan gotas de sangre. Ahora el grito, parece contraerse en su garganta sin que lo pueda emitir.
 Siente la lengua hinchada y desorbita los ojos, al querer incorporarse sin que las piernas le respondan. Como en un relampagueo mental, recuerda que al fallecer en un accidente automovilístico su único sobrino -era soltero- dejó de tener parientes vivos.
 Con espanto, piensa que si muere, su bien patrimonial -el monoambiente en el que vive- pasará a poder del estado...


                                                               FIN

lunes, 20 de abril de 2015

MUÑEQUITOS

 Tenía la firme intensión de matar a una persona, pero no la de convertirse en homicida.
 Consideró que un modo de resolver tal antinomia, era recurrir a los servicios del recomendado bocor Faustin, oficiante del vudú, especializado en provocar la muerte por encargo como si se tratara de un sicario espiritual.


 El hombre que manipulaba las energías más nocivas con familiaridad, con la solvencia que podría evidenciar un operario experto en la práctica de su menester, lo recibió en su domicilio ubicado en el barrio porteño de Saavedra, cercano al límite con la provincia.
 La visión del haitiano al abrir la puerta, le provocó cierto estremecimiento.
 Aunque se hallaba advertido en lo concerniente al aspecto del sujeto, conocerlo personalmente superó sus presunciones.
 Alto y flaco, de tez negrísima, su rostro descarnado semejaba una calavera; o lo que queda de un rostro, mientras los gusanos cumplen su tarea extendida en el tiempo.
 Juan Ernesto Avilano dudó antes de ingresar. En segundos, consideró si era conveniente, motivado por el odio, llegar al extremo de tratar con un personaje de características físicas tan repulsivas.
 Sin atreverse a trasponer el umbral de la casa, recordó quién le recomendó al susodicho: un amigo de la infancia, Fernando, teniente coronel retirado, quién sirvió reiteradamente en Gonaives, Haití, con el contingente argentino de cascos azules.
 Fernando siempre se mostró esquivo, respecto a sus preguntas sobre como conoció al brujo, en que circunstancias.
 De todos modos, no vaciló en recomendárselo, luego de que le confiara el conflicto personal que solo parecía poder resolverse, con la desaparición física de quién lo generaba.
 Avilano entendía que Fernando deseaba lo mejor para su persona y por ese motivo, lo conectó con quién se hallaba frente a él, con esa apariencia perturbadora.
 Ante su irresolución para ingresar a la vivienda, el sacerdote vudú lo arrastró al interior de la misma sujetándolo de un brazo.
 Avilano, se sorprendió ante la fuerza que evidenciaba la mano esquelética de Faustin, cuya presión le provocó dolor.
 El bocor cerró la puerta mediante una patada. Calzaba borceguies militares de los que asomaban unas piernas en extremo delgadas, como ramas pródigas en relieves nudosos, embutidas en un short de color naranja de una amplitud que lo asemejaba a una pollera.
 Su escuálido torso, se hallaba cubierto por una musculosa en la que se hallaba estampada, descolorida por los sudores y las inclemencias, la lengua con púas de sus majestades satánicas, los Rolling Stones.
 Las uñas del individuo resultaban decididamente repugnantes; de un largo excesivo y ribeteadas de negra mugre, su aspecto remitía a las zarpas de alguna alimaña excavadora.
 Otra característica destacable en la fisonomía del bocor eran sus dientes. Limados como los de una sierra, parecían diseñados para desgarrar carnes y sustancias aún más duras, orgánicas e inorgánicas.
 Dado lo cadavérico de su faz, su boca, casi continuamente extendida en una inquietante sonrisa, parecía el ingreso a una caverna maldita.
 Tanto como esa casa-templo dedicada al culto paradigmático de Haití, trasladado a un tranquilo barrio de Buenos Aires.
 Avilano consideró la estremecedora diferencia entre el afuera y el adentro..., donde ya se encontraba.
 El sol del exterior, se había extinguido en ese ambiente tenebroso, las ventanas cubiertas por cortinas negras que caían sobre el piso con pesadez. Velas de diferentes colores y tamaños, generaban una iluminación algo fantasmagórica.
 Distribuidas sobre el parquet, las candelas demarcaban curiosos diagramas trazados sobre el mismo mediante un material inidentificable.
 Avilano observó la escena con aprensión. Todo le resultaba opresivamente extraño, ajeno a su personalidad y modo de vida.
 Por otra parte, el olor que percibía le generaba un estado nauseoso. Lo interpretaba como una mezcla de vahadas pútridas y efluvios alcohólicos, que le provocaban una sensación de asco próxima al vómito.
 El bocor Faustine esperaba su visita, recomendado por su amigo militar.
 -Fernando..., le dijo, mientras llevaba su huesuda diestra al hombro contrario, para ejemplificar las insignias de grado.
 Posteriormente, pronunció una frase en creole, el francés dialectal hablado en Haití, mientras le arrojaba a Avilano el contenido de un pequeño recipiente de vidrio. El líquido incoloro se asemejaba al agua, pero Avilano dudaba que lo fuera.
 Su primer impulso fue agredir al oficiante de ese culto siniestro, pero rápidamente recapacitó en que fue él, quién solicito los servicios del ser inmundo que controlaba fuerzas oscuras. Consideró que si quería obtener un resultado favorable a sus intensiones, le convenía aceptar sin cuestionamientos el proceder de ese sujeto asqueroso.
 -Venga...
 Le dijo el bocor, en el castellano de rara sonoridad que hablaba, mientras lo empujaba con cierta brusquedad.
 Avilano ingresó a un ambiente disímil, casi ascético, cuya iluminación a giorno dejaba ver una impresora 3 D de última generación. La rodeaba un trío de muñecos cuya fisonomía no concordaba con la usual en juguetes infantiles.
 Los rostros, reproducían los de las fotografías que se hallaban a su lado con asombrosa similitud.
 Se trataba de dos mujeres y un hombre. El masculino, era un anciano de cabello blanco raleado y rasgos burilados por la vejez, que le otorgaban una notoria dignidad al semblante.
 Respecto a las mujeres, Avilano observó que una exhibía una inusual belleza: joven, de cabellos rubios ondulados y profundos ojos azules. La otra, resultaba de mediana edad y facciones anodinas.
 -Trabajos a entregar..., le dijo el oficiante del vudú, señalando los muñecos de alrededor de treinta centímetros de altura, cuyos cuerpos desnudos poseían los atributos anatómicos de cada sexo, en forma aparentemente homogeneizada.
 Lo que importa es lo fisonómico..., pensó Avilano, las fotografías solo registran rostros.
 De inmediato, extrajo de un bolsillo la de su ex-socio, así como el sobre con los cinco mil dolares que debía oblar como adelanto.
 En Haití se cagaría de hambre..., pero aquí exige dólares..., fue la reflexión de Avilano, al entregarle los verdes billetes de cien, comprados en el mercado paralelo luego de vender un vehículo de su propiedad. Todavía faltaban otros cinco mil para saldar el costo del servicio.
 Por cierto, prosiguió con sus pensamientos, jamás se me ocurriría no cumplir con el pago del cincuenta por ciento restante, exponiéndome a su represalia.
 Como si visualizara su mente, Faustin le mencionó como al pasar, que una vez un cliente se olvidó de pagarle la mitad que le debía.
 Solo eso le dijo.
 Avilano no evidenció ningún interés en conocer que ocurrió luego.
 Afortunadamente para él, el haitiano decidió no continuar con el tema.
 Contó el dinero de modo meticuloso. Sus dedos huesudos parecían someter los billetes de cien a una prueba táctil de genuinidad, esbozando al finalizar una de sus sonrisas siniestras con las que parecía expresar satisfacción.
 Depositó el dinero en una urna -aparentemente, consagrada- a través de una ranura. De inmediato, el hombre de color muy oscuro efectuó una reverencia ante un retrato lujosamente enmarcado, quizás en plata maciza.
 Avilano reconoció esa imagen de los años sesenta, vista a sus diez y ocho años en semanarios como Primera Plana o Confirmado y el impacto que produjeron en su juvenil curiosidad.
 Se trataba de una fotografía de Francois Duvalier, el legendario dictador de Haití, personificado como el Barón Samedi del vudú. Llevaba sombrero hongo, traje y anteojos negros, bastón...y una pistola de grueso calibre en su diestra.
 Avilano recordó que Papá Doc, asumía esa identidad diabólica del acervo vudú para generar un sacro terror en su pueblo, lo que robustecía su poder de índole absolutista.
 Lo que le resultó difícil de asimilar, era la oscura orientación del brujo mixturada con la tecnología de punta que empleaba en aras de la malignidad.
 Quizás no es él quién opera la impresora..., pensó, al observar la prolija instalación donde se producían los muñecos empleados para matar por encargo.
 El contraste entre la sofisticación tecnológica y el aspecto siniestro de Faustin, resultaba notable.
 Interpretó que podría ser esa la clave del éxito de sus muñecos: una reproducción fisonómica del objetivo de la ars maligna lo más aproximado a la realidad, para luego insuflarle al muñeco inerte el soplo que proviene del poder letal del brujo.
 -Yo entrego muñeco reproducción fiel de su enemigo, debidamente consagrado para el uso que Vd. le dará. Vd. se encargará de perforarle el corazón con un clavo..., o los ojos, si quiere dejar a su enemigo ciego.
 Vd. es el responsable del daño..., yo solo le vendo el arma. Si Vd. no le aplica la punción al muñeco, el muñeco resulta inocuo; hasta podría dárselo a su nieta para que juegue a que es Ken, el novio de Barbie.
 O sea que el tipo delega en mí la responsabilidad por el daño..., pensó Avilano con aprensión.
 El brujo prosiguió con sus aclaraciones...
 -Yo le vendo un cuchillo. Está en Vd. usarlo para cortar su comida o el cuello de su enemigo.
 Si lo que quiere es aligerar su conciencia, es un tema de él, consideró Avilano, yo tengo muy claro el empleo que le voy a dar y porqué, agregó a la línea de su pensamiento.
 -Mañana estará listo y lo consagraremos. Vuelva mañana.
 El bocor lo acompañó hasta la puerta de calle engarfiando esos dedos esqueléticos en su antebrazo, haciéndole sentir un cierto temor reverencial, como si pudiera visualizar la potencia tenebrosa que lo definía.
 En la acera, se adaptó con dificultad al clima soleado y a la tranquilidad de esa calle de Saavedra, próxima a la Gral. Paz. Más calmo, pensó que todo iba a salir bien y en el corto plazo, el hombre que traicionó su confianza y esquilmó su patrimonio, iba a a morir con apreciable sufrimiento.


 Cada vez le va mejor..., pensó Avilano, luego de dejar el teléfono a través del cual su informante, lo puso al tanto de los últimos acontecimientos en la vida de su enemigo.
 Pasados ciento veinte días desde la consagración del muñeco, la carencia de resultados lo sumió en un total escepticismo respecto a la calidad del procedimiento letal, que el bocor le aseguró que no tardaría más de diez días.
 Se sintió carne de estafa..., primero por su ex-socio, luego por su amigo y su recomendación inconducente, así como por el que consideró un brujo de pacotilla que le esquilmó cinco mil dolares.
 Como asqueado de su propia persona e inmerso en un odio en plena expansión, quemó el muñeco perforado por dos grandes clavos, en la parrilla del jardín, avivando el fuego mediante chorros de alcohol. Vio el rostro de su enemigo derretirse entre las llamas, su fisonomía transformándose en algo horriblemente amorfo.
 Pero ese espanto solo afectaba a un trozo de plástico inanimado: la persona que motivaba su odio, hasta el momento, acumulaba creciente prosperidad.
 Decidió que al día siguiente iría a Saavedra a putear en la cara a ese falsario, al que ya le había perdido todo respeto.


 Finalizaba de afeitarse, cuando escuchó que en un canal de noticias mencionaban el inusual apellido de su enemigo, como el de la víctima de un accidente vial en el que el vehículo que conducía estalló en llamas, quedando los restos carbonizados.
 Estremecido por la información e imbuido de un oscuro sentimiento gratificante, iba a telefonear al bocor para decirle que iría a saldar los honorarios acordados, cuando la mención por parte de un notero enviado al lugar del hecho, de los nombres que se agregaban al apellido, pareció petrificarlo en el living de su casa.
 La identidad correspondía a un primo de su enemigo, al que había conocido por referencias y con quien nunca tuvo trato.


 Ante el bocor, Avilano insistió con que debía hacerle otro muñeco porque el que quemó produjo algo así como un daño colateral, sin perjudicar directamente al individuo con cuya fotografía se diseñó.
 Faustin, más repugnante que las veces anteriores, lo trató de loco; de exaltado que empleó su obra de modo incorrecto, abrumado por una impaciencia que no era pertinente en un tema tan delicado como los muñecos del vudú.
 -Los tiempos para que el daño haga efecto no se pueden pronosticar con exactitud; se entiende que no hablamos de años. No fue una consecuencia colateral, Vd. mató a quien no debía por un empleo temerario, negligente del producto.
 No tenemos nada más que hablar. Ni aunque me pagara nuevamente le haría otro muñeco; clientes como Vd. echan todo a perder y predisponen muy mal a los loas, a las entidades que convocamos.
  Luego de estas palabras, el sacerdote sacó a empellones a Avilano de la casa templo, sorprendiéndolo otra vez con su insólita fuerza física.
 La calle, nuevamente parecía desenfocarlo, como si una sustancia abrasiva se hubiera esparcido sobre su emotividad.
 Como si sintiera el contraste entre su anterior vida habitual y el enrarecimiento que la tríada odio-vudú-muerte, le adosó a su existencia.
 Pensó que alguien murió en circunstancias atroces, por el solo hecho de poseer una relación parental con su enemigo.
 Intentó descreer de ello ubicando el suceso en el ámbito de la casualidad, como se suele hacer con todo aquello a lo que otorgarle una relación causa-efecto, puede provocar escalofríos.
 Con rapidez, revisó mentalmente este planteo: él creía que lo ocurrido fue consecuencia de su accionar; no podía engañarse a si mismo.
 Inicialmente, pagó porque esperaba que sucediera algo diferente a lo que era considerado natural.
 Si ocurrió de modo no previsto, estimó, fue porque debido a un procedimiento equivocado se generaron resultados equivocados.
 Se sintió muy solo.
 Culpable de la horrible muerte de un inocente e imposibilitado de cumplir con un propósito, para el que contaba con el auspicio de entidades a las que quizás no interpretó cabalmente en cuanto a su poder.
 Sumido en pensamientos de esta índole no fue a buscar su auto. Prefirió caminar largamente, hasta aportarle algo de sosiego a su atribulado ánimo.
 La caminata por las calles arboladas de Saavedra, en vez de tranquilidad, le motivó un mayor ensimismamiento y compenetración en los temas que lo afligían.
 Quizás, esa fue la razón por la que no detectó el paso de un automóvil a velocidad excedida mientras él cruzaba una avenida con luz roja, hasta que sintió un tremendo impacto que lo levantó para hacerlo caer sobre el capot del vehículo. El golpe contra el parabrisas lo desvaneció y cayó pesadamente al pavimento.


 Desde el sanatorio donde se hallaba internado con fracturas múltiples y politraumatismos, a sabiendas, de que luego de una dificultosa rehabilitación solo le garantizaban caminar en condiciones muy precarias, atendió el celular que tenía a su lado.
 Se trataba de uno de los pocos movimientos que podía realizar sin ayuda.
  La llamada era de su informante, quién le comunicó que su ex socio vendió exitosamente la empresa-incluida la parte que arteramente le birló-y con los beneficios obtenidos se estableció con su familia en Luxemburgo, donde registró una consultoría dependiente de su presidencia que logró captar importantes cuentas internacionales.
 Avilano, su rostro desfigurado por las heridas que le provocó el accidente, distendió sus labios desgarrados en una escueta sonrisa: recordó el rostro de su enemigo implantado en el muñeco, incinerándose en la parrilla de su casa...


                                                               FIN
































  

lunes, 13 de abril de 2015

¡ BAILA, CARLITOS !...

El muñequito esquemático respondía a la orden de su operador, un individuo grueso, entrado en años, con anteojos de miope y físico algo amorfo.
 Agazapado contra una ochava céntrica, se incorporaba lentamente para abandonar una posición que remitía a lo fetal para iniciar una danza torpe, en la que elevaba sus bracitos y agitaba sus toscas piernas de monigote.
 El secreto de su presunta vida era un delgado hilo de nailon, pegoteado y oculto entre las irregularidades de esa pared descascarada, accionado disimuladamente por el sujeto que lo vendía junto con otros Carlitos idénticos. La mercadería, la llevaba en un bolsón terciado sobre su corto tórax.
 Había algo de ingenuo en esa función, con el latiguillo de...¡ Baila, Carlitos !..., repetido con insistencia por el vendedor del producto, cuya manufactura provenía del núcleo familiar del susodicho.
 Como música de fondo, se escuchaba a viva voz desde una disquería aledaña el hit  del momento...
 Pity Pity Pity...
 entonado por Billy Cafaro, cuya imagen de ruptural barbita y pantalones ajustados, se exhibía en una foto junto a los 33 simples dispuestos para la venta.
 Por cierto, el muñequito seguía su propio ritmo, sin responder al del tema musical cuya letra refería inquietudes adolescentes y juveniles de la época.
 Algunos peatones, detenían su marcha un par de minutos para sonreír escuetamente antes de reiniciarla. No así varios estudiantes de secundaria, que vestían sacos con martingala o los más a la moda, tipo Mike Hammer, largos, con dos aberturas, acompañados por corbatas finitas sobre las camisas de cuello enhiesto por el empleo de ballenitas.
 Los jóvenes, dejaban sobre la acera sus ajados portafolios de cuero o los mantenían prensados contra los pantalones largos, quizás de reciente consagración casi ritual. Con las manos libres, aplaudían entre risotadas y comentarios tales como "baila a los saltitos".
 No eran muchos los que compraban el cartoncito blanco con la figura enrollada en el hilo de nailon, vector de sus movimientos, acompañada por las instrucciones en un papel mimeografiado que se entregaba aparte.
 Cuando parecía que un comprador predispuesto estaba listo para efectuar la transacción, el vendedor percibió con alarma la mueca destemplada del cliente potencial, que comenzó a hablar con voz aguardentosa.
  -Lo que vendés es una mierda...
 Mi hijo y mi cuñado se rieron de mí cuando lo quise hacer y el muñeco se enredo en el hilo...¡Anda a robar a los caminos!...¡Devolvéme lo que pagué!...
 El vendedor de Carlitos lo conocía de vista. Se trataba del lavacopas de un bar americano de las inmediaciones, un copetín al paso, que posiblemente aprovechara un momento libre para abordarlo aún vestido con su indumentaria de trabajo, incluido el birrete blanco de hule.
 El de los muñequitos, percibió el aliento alcohólico del otro, la segura ingesta de vino común de mesa consumido a espaldas del patrón.
 A pesar de estar acostumbrado a las situaciones de la calle, debido a la actividad que desempeñaba y otras que nutrieron su pasado pródigo en precariedades, algo que emanaba del sujeto, le envió una señal de peligro inminente a su instinto de conservación.
 Se disponía a restituirle el importe de la pasada compra, cuando el del bar, furibundo, le arrancó el bolsón con los muñecos que llevaba colgado de una endeble correa.
 El lavacopas dispersó a los Carlitos a los cuatro vientos, entre carcajadas de estudiantes, algunas risas de eventuales transeúntes y la mirada del vendedor que parecía no creer lo que veía.
 El del birrete y delantal era un mozo fornido ya cercano a la treintena, que calzaba zapatillas de lona blanca quizás del 45, con las cuales pisaba a los Carlitos dispersos como si se tratara de cucarachas fugitivas.
 Mientras ejecutaba esa especie de malambo letal sobre los muñequitos de celuloide articulados con hilo de cocer, todos idénticos, como si hubieran sido confeccionados en serie mediante alguna máquina, el sujeto profería cánticos de hinchada que exaltaban a Barracas Central, mofándose de San Telmo y Dock Sur.
 Debido a lo céntrico del ámbito del suceso, un gordo vigilante tomo intervención en el mismo, acercándose al lugar del hecho con el paso despacioso de la autoridad, que trata de demostrar que el tiempo siempre está de su parte.
 En ese momento, el vendedor de los Carlitos emprendió una retirada incondicional.
 La cercanía policial le provocaba escalofríos, recuerdo de no tan lejanas aplicaciones de la picana eléctrica con fines de confesión, debido a un par de detenciones por mero encubrimiento en el escenario del hampa menor. Desde entonces, todo policía por más bajo que fuera su grado, le parecía un mítico comisario Meneses en potencia.
 En su apresurada huida, solo una vez miró hacia atrás. Fue suficiente para ver a sus minúsculas criaturas ser destruidas sin piedad, por violentos pisotones que se continuaban en refregadas de suela plenas de alevosía.
 Pequeños torsos y miembros inferiores y superiores de celuloide, quedaban esparcidos sobre la vereda como testimonio de una furia difícil de atenuar.
 -Me va a tener que acompañar a la comisaría...
 Le dijo el policía barrigón al dependiente del bar, aferrándole el brazo izquierdo.
 -¿ Porqué ?..., respondió el aludido, al liberar su brazo de la presión ejercida por la mano del representante de la fuerza pública.
 -Por contravenir el edicto de ebriedad y otras intoxicaciones.
 Fue la respuesta, a partir de la cual el efectivo solicitó refuerzos mediante los toques correspondientes del pito reglamentario.
 -Voy a perder el trabajo, agente, por favor, no me lleve..., comenzó a gimotear el exterminador de Carlitos, sin reparar en la devastación de celuloide que yacía a sus pies y se extendía hasta el cordón de la vereda.
 Luego que dos efectivos de la Federal se acercaron a la carrera y rodearon al ebrio para impedir su fuga, un grupo de curiosos se formó en derredor de los protagonistas del procedimiento.
 Algunos de los presentes, se condolían de la suerte del que ya detentaba condición de detenido, aunque la mayoría hacía chistes respecto a que un curda no podía laburar en un bar, porque terminaba fundiendo al patrón...
 Alejandro Raúl Gimenez, de quince años, estaba en esa esquina desde que se generó el incidente. No había concurrido al colegio del barrio de Almagro donde cursaba el bachillerato, para deambular por el centro clandestinamente y así evitar la prueba de matemáticas para la que no estaba preparado.  Pensaba regresar a su casa como si hubiera cumplido normalmente con la jornada lectiva, dado que era el día en que su abuela estaba de visita y su madre descuidaba la atención sobre lo concerniente a su estudio, incluidas las abundantes falencias del mismo.
 Sus ojos no se hallaban fijos en la actuación policial, sino en los restos de los Carlitos, desperdigados sobre la acera como si hubieran sido víctimas de un macabro ritual de exterminio, llevado a cabo con meticulosa dedicación.
 Detectó que varios Carlitos no solo habían sido desmembrados, sino también, decapitados. Sus negras cabecitas sin definición de rostro, parecían cercenadas como para consumar un propósito.
 Alejandro, a quién familiares y amigos apodaban "Pocho", estimó que solo la borrachera del tipo que era llevado por la fuerza por tres policías, podía haber producido ese aniquilamiento.
 Como si respondiera a una rara inquietud, dirigió su mirada al Carlitos que se hallaba contra la pared, olvidado por los espectadores y sin la manipulación de quién lo ofrecía a la venta y quizás fuera su creador.
 No necesitaba el reiterado...¡Baila, Carlitos!...
 Lo hacía solo, perfectamente acompasados sus movimientos a la canción que se emitía desde la disquería.
 "Pocho", pudo observar que a diferencia de sus compañeros, el Carlitos no destruido poseía rostro: una cara blanca con mínimos rasgos humanos.
 Incluso, le notó una cierta sonrisita de satisfacción, mientras Billy Cafaro cantaba...
                                                                  Personalidad...yo,
                                                                  Personalidad...si,
                                                                  Personalidad...oh,
                                                                  Personalidad...ay,
                                                                  Personalidad...no,
                                                                  Entonces que haré
                                                                  sin personalidad...
 Fue en este segmento, cuando interrumpieron el tema musical desde la disquería. De inmediato, el Carlitos se llevó la diestra al pecho en un gesto agónico, terminal, derrumbándose sobre si mismo como si se hubiera cortado el hilo de nailon que lo sostenía y que "Pocho", no pudo encontrar al acercarse al caído. 
 El Carlitos de cara blanca lo miraba con los ojitos bien abiertos, inmóvil sobre la vereda, con la rigidez de un cadáver.
 "Pocho", escuchó como desde la disquería arremetían con los sones de...
                                                                  Marcianita,
                                                                  Linda nena...
 Decidió abandonar la esquina con premura.
 Una intempestiva necesidad evacuatoria, lo impulsaba a buscar un baño público con tal urgencia, que temía no llegar a tiempo para satisfacer su necesidad fisiológica en el sitio que correspondía.


                                                                   FIN

jueves, 12 de febrero de 2015

MENSAJES DE TEXTO

 TODAVÍA NO LLEGAMOS
 TODO ES MUY RARO
 Algo inasible, de carácter tan etéreo como una intuición, le indicó a Virginia que su hermano no hacía una broma al responderle de ese modo su sms, en el que le preguntaba si habían llegado bien a su departamento céntrico, al regresar con su esposa de una cena en su casa, ubicada en un country a cuarenta kms. de la capital.
 El mensaje de texto se lo envió al medio día y ellos se retiraron a las dos de la mañana.
 Con aprensión, tomó su celular y le efectuó una llamada, pero la linea se hallaba como muerta y no se estableció la comunicación. Lo mismo ocurrió al llamar a su cuñada.
 En cuanto al teléfono del domicilio de ambos, su llamada pasaba a casilla.
 Virginia sabía que su hermano era excesivamente serio, poco afecto a las manifestaciones de humor y mucho menos, a las que pudieran generar alarma.
 Esta consideración incrementó su inquietud.
 Inmediatamente, se comunicó con amigos y familiares de su hermano y cuñada, quienes no tuvieron hijos en su más de treinta años de casados, pero nadie sabía nada respecto al paradero de la pareja.
 Ante un posible caso de inseguridad, concurrió con su marido a realizar una denuncia en sede judicial por desaparición de personas y presunción de delito, sumidos ambos en el dolor y la incertidumbre.


 El primer aniversario de la desaparición de su hermano y cuñada, resultó pura angustia para Virginia y sus allegados, dado que a pesar de las exhaustivas búsquedas realizadas por las autoridades competentes, seguía sin saberse que ocurrió con el matrimonio así como con su automóvil.


 Al cumplirse el segundo año del desgraciado suceso, aún sin el mínimo indicio sobre lo acaecido, Virginia fue testigo del choque de una paloma contra la ventana del living de su chalet de estilo californiano, en el country a cuarenta kms. de la capital.
 Inmersa en un abatimiento que se ahondaba en los aniversarios, interpretó la muerte del ave como un signo ominoso.
 Ominoso..., pensó, fue el adjetivo más empleado por los medios para calificar el suceso que involucró a su hermano y cuñada, tema que seguía teniendo interés periodístico a pesar del tiempo transcurrido desde que fue noticia.
 Recordó el estupor generado en la opinión pública, cuando los peritajes no pudieron determinar desde donde se respondió su mensaje de texto.
 Era como si ambos desaparecidos, hubieran ingresado a la nada en auto...
 Decidió acercarse a los restos mortales de la paloma, como si obedeciera a un sentimiento algo repulsivo, inconveniente.
 Como en una repentina iluminación mental, recordó sus lejanas clases en la carrera de historia en la UBA, en las que un profesor mencionaba que los incas, ante el mar sin límites visibles, consideraban hallarse frente a las fronteras de la nada, ni siquiera la posible terra incognitis de los europeos de la época.
 No.
 La pura nada. El no ente.
 Tal estrato..., pensó, ...¿ Podría absorber un vehículo automotor con dos personas a bordo ?...


 El ave se hallaba intacta en apariencia, pero estaba muerta.
 Virginia pensó que no la mató el golpe contra la ventana, sino alguna patología preexistente.
 La sorprendió el color gris del plumaje, como impregnado de una rara iridiscencia, sorpresa que se acentuó al observar un canutillo adherido a una pata del volátil.
 ¡Era una paloma mensajera!..., dijo en voz alta aunque no se hallaba acompañada. Se dirigió a la cocina para retirar un par de guantes de látex de empleo doméstico y se dispuso a revisar los restos.
 Con aprensión, detectó que el cadáver era más pesado de lo que correspondía, como si no concordara con las características de la especie. Se propuso desechar los guantes cuando concluyera con la inspección.
 Lo que parecía un canutillo, era un pequeño tubo con tapa a rosca confeccionado con un material que la mujer no pudo identificar, como si se tratase de un plástico metalizado.
 Lo abrió sin dificultad y extrajo de su interior un papel enrollado, mientras el cuerpo sin vida de la paloma parecía corromperse minuto a minuto en un proceso absolutamente anómalo.
 Arrojó esa masa orgánica en descomposición al recipiente de basura, mientras evitaba dificultosamente un vómito.
 Desenrolló la esquela, que bruscamente pareció arrugarse.
 Decía...
 TODAVÍA NO LLEGAMOS, PERO YA NO NOS PREOCUPA LLEGAR.
 En letra de imprenta, con el mismo tipo de inclinación que tornaba inconfundible la caligrafía de su hermano.
 Apenas concluyó la lectura del texto, cuando el papel de la nota se desintegró ante sus ojos, pulverizándose, como si hubiera estado muchos siglos resguardado de la luz solar y no tolerara el contacto con el aire.
 Como si presintiera la situación, abrió con premura el recipiente: la paloma muerta había desaparecido de los desperdicios como si nunca hubiera existido; sin dejar el mínimo rastro.
 Aunque lo buscó afanosamente, no pudo hallar el pequeño tubo con tapa a rosca. Lo que si encontró, fue el par de anteojos bifocales de su cuñada, con marco delicadamente coloreado, que podría llegar a suponer se habría olvidado aquella aciaga noche.
 Virginia pensó con horror, que quizás los necesitara desesperadamente.



                                                               FIN