domingo, 17 de agosto de 2014

VENTA DE SEMÁFORO

 El semáforo se puso en rojo y el timer adosado recientemente al mismo, inició el descuento de sesenta segundos, con los leds desafiando la inclemente luz solar de un día estival sin nubes a la vista.
 Tres vendedores se abalanzaron sobre los autos detenidos, exhibiendo sus mercancías con ademanes diversos.
 Uno de ellos, ofrecía en venta cuchillos de cocina, con empuñadura plástica blanca y filo asegurado por el pregonero como óptimo.
 Ernesto Manuel Ramírez, maldijo en voz alta en la soledad del habitáculo de su VW Polo 04, que el haber postergado la carga del aire acondicionado remitiera en llevar baja su ventanilla de conductor, cuando el tipo de los cuchillos se hallaba a menos de un metro de distancia.
 La imagen le resultó intimidante: el individuo expuso el instrumento de corte prácticamente ante su cara, invadiendo el interior del vehículo.
 Tal como había intuído en fracción de segundo, la mercadería que portaba se había convertido en elemento de amenaza, ante el requerimiento de entregar la billetera y el celular. Caso contrario, el sujeto le explicitó con voz destemplada, que se encargaría de rebanarle la garganta con el cuchillo ya dispuesto para tal fin.
 El individuo se comportaba públicamente, como si la víctima estuviera interesada en la adquisición de lo que ofrecía, mientras le presentaba un bolso abierto para que depositara aquello de lo que sería despojado y con su diestra, sostenía el cuchillo ponderado en sus virtudes, en posición apta para el corte o el puntazo.
 La celeridad de los hechos le impedía a Ernesto Ramírez, hombre meticuloso en sus evaluaciones, poder establecer mentalmente un cuadro de situación que lo orientara sobre como proceder.
 Solo atinó a pensar, que los automovilistas que lo rodeaban podían llamar al 911 desde sus celulares, que quizás algún policía pasara por esa esquina y observara la situación, que el semáforo no cambiara de color...
 Quizás tardó demasiado en hacer lo que le pedía, por lo que el hombre de unos treinta años y aspecto fiero, sus fuertes brazos pródigos en tatuajes cuya precariedad remitía a lo carcelario, profirió una puteada y acusó a la víctima de no colaborar con el despojo al que era sometida, mientras le tajeaba la boca con el instrumento cortante, descripto como de noble acero Solingen en su pregón de vendedor.
 El autor del hecho, se alejó corriendo sin llevarse nada ajeno, encarando la calle que conducía  a una cercana villa de emergencia en Barracas.
 Los bocinazos que se activaron cuando el semáforo se puso en verde, indicaban la premura de los conductores ante un auto detenido que obstruía un carril. Es posible que no se hayan percatado de lo ocurrido.
 Solo cuando emergió de su vehículo de modo agónico, próximo al desmayo y cubierto de sangre, la situación mutó en emergencia y fueron varios los que solicitaron ambulancia desde sus teléfonos.
 Ernesto se sentía desfallecer. Manoteó un pañuelo para intentar detener una efusión que parecía superarlo.
 A su lado, otro vendedor de semáforo lo miraba estupefacto. Era bajito, moreno, de rasgos aindiados y cabello peinado con flequillo.
 Como si la impresión recibida al ver a Ramírez en ese estado, le impidiera bajarla, su mano derecha seguía elevada en el gesto repetido hasta el cansancio, de exhibir la mercadería de su oferta.
 Ernesto Manuel Ramírez, antes de desvanecerse, miró con asombro la caja de apósitos curitas que el vendedor parecía ofrecerle; incluso, lo que quedaba de su boca pareció distenderse en una sonrisa, desbordada por la hemorragia incontenible.


                                                                        FIN

miércoles, 13 de agosto de 2014

LA MÁQUINA DE DECAPITAR

                                                                                              El terror no es más que la justicia rápida,
severa e inflexible.
                                                                                           
                                                                                                                           Maximilien Robespierre


                                                                                             


 Jaques Lafonguy observaba en silencio los planos de su invención. Sabía que habían optado por el ingenio presentado por su competidor, Joseph Ignace Guillotin, músico y diputado en la Asamblea Nacional, por lo que su máquina de decapitar recibiría la condena de la historia : el olvido, la desconsideración del porvenir.
 De todos modos, disentía con una elección, a su parecer torpe y desmedida. En una consideración lo más objetivamente posible, Jacques Lafonguy interpretaba que su artilugio era el más cabal sucedáneo del brazo del verdugo.
 Si Guillotin impuso su engendro, consideraba en la soledad de su gabinete, fue debido a que el Comité de Salvación Pública, se dejó influenciar por la argucia del corte superior que implicaba la hoja caída desde arriba, lo que sugería una cuasi aberrante simbología religiosa: de arriba, del estrato superior, llegaba la muerte.
 Lo suyo, por el contrario, era el tajo lateral, como producido por la extremidad humana: el que dependía del músculo y representaba la cadena de responsabilidades que culminaban en ese movimiento que impulsaba el filo, para caer sobre el espacio entre la tercera y la cuarta vertebra cervical.
 Recordaba que Tobías Schmidt, eximio fabricante de clavicordios, construyó con esmero la obra de Guillotin, otorgándole una impronta de instrumento musical terminal; ni madera, ni metal, ni viento..., solo muerte interpretada mecánicamente con regulada aplicación.
 En ese sentido lo suyo era más tosco: él, como boticario, era hombre de mixturas y tónicos más que de construcciones funcionales; de todos modos, pudo presentar una versión muy digna de su invención.
 Se solazaba con los diagramas dibujados en el plano, donde aparecía una espada de dimensiones mayores que lo usual, como la tizona del Cid, que mediante un sistema de resortes y tensores accionados a manivela era retenida en un encofrado. Al soltarla mediante un mecanismo que liberaba la retención, descargaría su hoja de corte sobre el cuello de quién recibiría la pena, con mayor precisión que la que podría demostrar el ejecutor más hábil.
 A diferencia de las espadas convencionales, la de la máquina de decapitar llevaba una pesa soldada en el extremo de la punta, para impartirle mayor potencia al impacto cercenador.
 Dado que el Comité de Salvación Pública presidido por el compañero Robespierre, pretendía humanizar revolucionariamente el acto al evitar sufrimientos innecesarios a quienes se les aplicaría justicia mediante la pena capital, su creación se alineaba claramente con tales nobles fines.
 Simbólicamente, refería a la acción letal del brazo humano empuñando la espada que desbroza el mal, personificado en los enemigos de la revolución.
 Jacques Lafonguy, reflexionaba en que la denominación institucional del ente de gobierno - Comité de Salvación Pública - parecía remitir a la actividad sanitaria. Como boticario de profesión, consideraba que en ese sentido, su artilugio era el remedio adecuado para extirpar la profusión de malignidad que afectaba a la naciente república.
 Además, se trataba de una genuina creación suya, no como la de Guillotin, inspirada en la fallbeil germana también ya usada en Bohemia y Escocia.
 El maestro boticario rememoraba el tiempo y el dinero invertido, los animales decapitados durante las pruebas de alineación de la espada, incluso, los cadáveres humanos conseguidos clandestinamente en los cementerios periféricos, mediante los cuales realizó los ajustes finales del ingenio.
 Inmerso en el silencio nocturno, pensaba que aún debía recuperar la máquina que les dejó provisoriamente a los del Comité, para decidir por cual optarían.
 Lo haría al día siguiente, luego de alquilar una carreta para transportarla.


 Solo bastó presentarse, para que la guardia lo detuviera por orden superior. La misma se fundamentaba en que la orientación de su mentalidad, representaba un peligro para el estado, habida cuenta, del resentimiento que podría llegar a incubar contra el poder republicano, debido a que su creación fue descartada al ser elegida la de Guillotin.
 El juicio en el que fue condenado a muerte tuvo una duración de quince minutos. De nada sirvieron los llantos de su mujer e hijos, como en multitud de otros casos.
 Al ser sumarísimo, dado los tiempos difíciles que vivía la revolución aún no consolidada, había ejercido su propia defensa ante la carencia de letrado patrocinante.
 La misma, se basó en repetir que era víctima de una apreciación injusta por parte de quienes debían instaurar la justicia, anteriormente vilipendiada por los privilegios.
 Nadie le hizo caso cuando lo colocaron en el artefacto de su rival, quien se hallaba presente en el acto para supervisar el funcionamiento de su obra y calibrar eventuales desajustes. El boticario, creyó distinguir en sus labios una discreta sonrisa.
 Jacques Lafonguy cerró los ojos con fuerza, mientras pensaba que la revolución para expandirse, se nutría de la carne de sus propios generadores, de aquellos que la cimentaban, cediendo a un juego despiadado de apetencias y cenáculos de poder.
 Pero estimaba que tenía suerte, debido a que empleaban con él la máquina de Guillotin y no la propia.
 Esto último, se hubiera asemejado demasiado a un suicidio asistido y él aún conservaba sentimientos religiosos, que si bien recónditos, cubiertos por la adhesión al culto alegórico oficial a la diosa razón, en los instantes previos a la muerte afloraban con fuerza.
 Hasta consideró solicitar confesión antes de que su cabeza rodara, pero desistió de tal requerimiento, dado que no habría ningún sacerdote disponible debido a la estigmatización del clero y le contestarían con el escarnio y la blasfemia.
 Se resignó a su destino inmediato e intentó recordar una plegaria, pero su curiosidad respecto a la calidad del artilugio de su competidor, parecía imponerse en su mente. Aunque sabía que el resultado de esa constatación ya carecía de toda importancia, también reconocía la oscura intimidad que se creaba entre la criatura humana y el fruto de sus afanes, como una impronta de identidad.
 Su cabeza, se desprendió del torso antes de lo que esperaba: la cuchilla oblicua de Guillotin, caía con mayor velocidad que la espada de su máquina de decapitar, por lo que resultaba más efectiva para el condenado en cuanto a la atenuación del sufrimiento. Esta postrer comprobación, dañó su orgullo de modo tal, que le impidió beneficiarse con la ventaja.


                                                                    FIN



viernes, 25 de julio de 2014

SOPLO DE BREVEDADES

                                                      GUERRA DEL PACÍFICO (1879)

 La Guerra del Pacífico (1879) que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia, fue motivada por la posesión de los yacimientos de excrementos de aves, que en esa época se empleaban como abono en las desgastadas tierras europeas. Si bien todas las guerras son deplorables, que esta fue una verdadera guerra de mierda no hay historiador que lo ponga en duda.


                                                        TIEMPO


                                                          OPTIMISTA

 Ante un pelotón de fusilamiento alistado para una ejecución múltiple...¿ Cual es el optimista entre los condenados a esa pena capital ?...
 El optimista es aquel que piensa que a sus ejecutores, les va a salir el tiro por la culata.


                                                           GUILLERMO TELL

 Guillermo Tell tensó su arco, la vista al frente..., se dispuso a disparar.
 La manzana, inmóvil sobre la testa de su hijo, parecía atraer el impacto de la flecha como si se hallara imantada.
 El hijo de Guillermo Tell cerró sus ojos.
 Quizás musitaba como una oración: mi padre me ama...mi padre me ama...
 Me imagino la ardua tarea mental del niño para instalar esta afirmación, hasta que la puntería de su progenitor pudo despejar toda duda.


                                                           EDAD DEL PAVO

 ¿Cuando finaliza la edad del pavo en Estados Unidos ?...
 Sin duda, el Día de Acción de Gracias con su cena correspondiente.


                                                           FIN

martes, 22 de julio de 2014

INDICIOS DE GLORIA

 Las señales del auspicio, parecen demarcar su rumbo, cual balizas perimetrales de un sendero sagrado.
 Indicios de gloria..., dice con voz casi inaudible, camino al establecimiento donde rutilan los slots, tan conocido por él.
 Donde su fe inquebrantable colisionaba frecuentemente contra el azar en contra, para volver a empezar como si no hubiera ocurrido nada.
 Como ahora..., piensa, que diviso todos los signos referidos a mi triunfo..., a la derrota de esa estructura que ya me habría triturado, de no poseer la entereza forjada en la fe en el resultado final: quedarme con el jackpot millonario.
 El progresivo que registra seis millones de pesos.
 Pensar que ya no equivalen ni a medio millón de dólares..., reflexiona con íntimo dolor.
 Ante las puertas del complejo que alberga miles de máquinas de azar, considera con aprensión, que quizás la cifra sea objeto de una exacción impositiva por parte del estado voraz..., a tal extremo, lo embarga la certidumbre de quedarse con el premio mayor.
 Un gato blanco y negro, habitante de los extensos jardines del sitio, parece saludarlo amablemente con sus maullidos.
 El último signo esperado: ya tengo el  cheque en el bolsillo..., piensa con regocijo.
 Hay uno más..., musita para si, el vuelo de dos gorriones que parecen diagramar un pase mágico, como el avión del relato de Bioy Casares. Hoy es el día: cualquier duda está aventada.
 Ante la máquina que debe dispensarle su tesoro, descubre que el progresivo acumula alrededor de cien mil pesos más de lo que registraba.
 Sonríe en soledad..., sabe que todo eso será suyo.
 -Para papá..., pronuncia en voz muy baja dirigida al artefacto inerte, que por obra y gracia de los favores del destino, propiciados desde hace años con fe y constancia, adquirirá una pseudo vida enteramente a su servicio y gratificación.
 Así de simple, así de fácil, así de lindo..., recrea mentalmente el slogan de la agencia de turismo Longueira y Longueira, la que sponsoreaba una audición radiofónica dedicada a la colectividad española, que entusiasmaba a su fallecida madre décadas atrás, los domingos al medio día.
 Ingresa el primer billete de cien pesos, en la ranura del dispositivo correspondiente a tal fin.
 Carga la máquina meticulosamente hasta completar dos mil pesos, el caudal que expone en su tenida contra el infortunio, al que menoscaba en sus efectos a pesar de la extendida experiencia que posee en padecerlos.
 Equivalen a cien apuestas máximas: veinte pesos cada vez que presione la tecla de giro.
 Comienza el proceso de generación de jugadas, que de acuerdo a sus presupuestos, lo convertirá en millonario antes de la número cien.
 Su índice derecho, reitera la pulsión con recurrencia casi mecánica, en espera de la combinación medular que presente en pantalla la cantidad requerida de la palabra wheel, sobreimpresa sobre los gráficos, lo que redundará en el resultado que busca: llevarse el acumulado producido por un porcentaje de todos los que apuestan en ese conjunto de máquinas, desde hace mucho, mucho tiempo.
 Aunque los algoritmos lo favorezcan discretamente otorgándole diferentes premios, algunos interesantes dado su nivel de apuesta, el se halla dedicado a la obtención del jackpot, con la concentración de un alquimista consubstanciado en la tarea de convertir en oro los metales viles.
 Los indicios de gloria son concluyentes..., se dice a si mismo cuando su convicción parece vacilar, solo debo esperar la consumación del designio que me fue anunciado, con perseverancia, pacientemente, como un cazador al acecho mimetizado entre la espesura.
 Un detalle lo inquieta: es de mañana.
 Entiende que es una franja horaria de poca afluencia de público, por lo que un acontecimiento como su triunfo no conllevaría valor marquetinero para la casa, al no concentrar jugadores en derredor al tocado por la fortuna. Es que semejante pozo en manos de un apostador, puede hacer reverdecer el ánimo destruido de miles de perdedores asiduos, impulsándolos a persistir en su empeño habida cuenta de que el milagro es posible.
 En este sentido, las teorías conspirativas que dicen que los ingenios electrónicos no están programados para dar premios máximos cuando la concurrencia es escasa, parecen hacer mella en su psiquis.
 Incluso, por razones desconocidas para él, la isla de máquinas donde se encuentra la elegida se halla algo aislada, a un costado en el primer piso, alejada del salón principal.
 Él es el único jugador en el sector. Solo él accederá al despliegue de luz y sonido que consagrará su gloria, sin considerar a los ocultos operadores de las cámaras de seguridad, que lo deben estar monitoreando permanentemente.


 Observa su reloj: cuarenta y cinco minutos lleva su match contra el artefacto cuya alma es una maraña de circuitos impresos, con resultados negativos para su peculio y entusiasmo.
 El tiempo de juego licuó sus excedentes y ahora las jugadas ganadoras, le dispensan magras ganancias en relación a su nivel de apuesta; de hecho, en el último cuarto de hora la tómbola solo giró una vez para brindarle un escueto premio. Pierde más de quinientos pesos y ya superó la centésima jugada.
 Por cierto, estima,  hallarse ante este artilugio en su horario laboral de vendedor de insumos para la industria alimentaria, exponiendo el resultado económico de su trabajo en vez de incrementar la actividad, podría considerarse un despropósito.
 O una infame muestra de ludopatía..., considera con desasosiego.
 Pero entiende que debe evitar que estos pensamientos minen su fe en la inevitabilidad del triunfo final, aunque las contingencias lo retrasen.
 En alguna ocasión, le pareció que se formaba la palabra gloriosa, la que lo convertirá en millonario, pero aunque no fue así comprendió que debía controlar su ansiedad, dado que las emociones fuertes aunque sean gratificantes pueden conllevar riesgo cardíaco. Piensa en esto, dado que su edad supera el medio siglo.
 Recuerda que un lejano familiar suyo, murió en ese mismo espacio cuarenta años atrás -cuando no existían slots- debido a la impresión que le produjo haber acertado un batacazo, un caballo al que nadie había jugado y pagó una fortuna, siendo él, eterno burrero perdedor, uno de los pocos beneficiados.
 Respecto a la máquina ante la que está sentado, solo consigue que con cada jugada se erosione aún más su disponibilidad de dinero y su paciencia.
 Decididamente, la tragamonedas que ya no traga monedas sino que fagocita billetes de cien pesos con la voracidad de un consumado depredador, parece darle a entender que tiene una suerte perra.
 Un pensamiento furtivo quiere instalarse en su mente:
 Vas a perder hasta el último mango, tiempo y expectativas...
 Lo anula. Hace denodados esfuerzos para no visualizarlo; se concentra  en el ritmo implacable de esas jugadas, que se suceden desfavorables hasta la exasperación.

 Ya lleva horas de juego y solo le quedan cien pesos, traducidos en créditos, en el oscuro vientre de la máquina de azar. Su ánimo se encuentra derruido; se siente decepcionado de los indicios de gloria, detestándose a sí mismo y a ese engendro electrónico que parece burlarse de él y tener un propósito en su programación: joderlo.
 Ejecuta la última jugada de veinte pesos, imponiéndose la fe forzada de creer en el puro milagro, en la situación que seguramente nunca ocurrió en la historia del mundo.
 El portento no se evidencia.
 Se incorpora con parsimonia; se desentumece como lo haría un francotirador luego de una espera infructuosa, incluso, bosteza.
 De improviso, ataca a la máquina con trompadas furiosas, que dañan la estructura dejando expuestos filosos bordes de plástico, que rápidamente desollan sus nudillos y tiñen de sangre humana ese ingenio inanimado.
 La presencia del personal de seguridad es casi inmediata, pero les cuesta reducir a alguien que se debate como un poseso.
 Como la efusión de sangre resulta intimidante, solicitan por handie  asistencia sanitaria urgente, mientras el apostador defraudado continúa en su intento de destruir la máquina.
 El hombre cae al piso agotado, mientras el médico emergentólogo, intenta realizarle torniquetes en las venas de las muñecas seriamente cortadas con el objeto de contener la hemorragia que se incrementa, aunque quizás el procedimiento ya no surta efecto.
 El gerente observa desde un ángulo de la sala, preocupado por la difusión mediática que puede alcanzar el suceso.
 El jugador, desangrándose, recuerda ese tango de Discépolo: cuando la suerte que es grela, fayando y fayando, te largue parao...
 Piensa, antes de desvanecerse, que perdiendo tanta sangre, si sobrevive, para desquitarse le va a jugar al 18 a la quiniela en redoblona con el 81 y seguro que va a ganar: todo está dado para que así sea.


                                                            FIN





















  

viernes, 11 de julio de 2014

EL SICARIATO DE SATÁN

 Satán lo designó para efectuar la tarea.
 Sin prisa. Solo debía esperar que ella apareciera ante su vista, rutilante de esplendor por la potencial santidad que le podría deparar su futuro religioso.
 Así fue. La distinguió y la diferenció de las restantes desconocidas que se hallaban en el Municipio de San Carlos, para cumplir con la misión encomendada por su amo.
 Mata a una mujer...
 Esa es la frase que dijo escuchar interiormente y está presente en su declaración policial.
 Quizás la orden que recibió mentalmente fue otra: mata a esa mujer.
 No a una al azar, sino a la que había arribado a ese ámbito municipal, a los fines de percibir el estipendio correspondiente al trabajo que desempeñaba en una radio local.
 La que a fin de año se iba a unir a las monjas de clausura de la congregación de las Carmelitas del Espíritu Santo, en Luján de Cuyo, en un acto de entrega religiosa que implicaba la voluntaria reclusión.
 Fue esa la que le señalizó el Señor de las Tinieblas, su amo, la potestad que aplica el principio de la obediencia debida sin miramientos de ninguna índole, ni conceptuaciones deliberativas.
 E.P. respondió al sombrío mandato sin vacilar, presto al servicio de aquel que abandonó la luz para sumirse en la más oscura densidad.
 La acuchilló repetidamente, desgarrando esa carne próxima a consagrarse, para cumplir él mismo con su propia consagración invertida.
 ¿Que pensó ella ante la agresión imprevista, desaforada, por parte de un individuo al que nunca había visto con anterioridad?...
 ¿Vislumbró en los pocos minutos que le quedaban de vida, la dorada corona del martirio ceñir sus sienes?...
 Fueron instantes tremendos para los testigos próximos, como una eclosión de fuerzas centrípetas que mezcló potentes aromas: el inconfundible del azufre en combustión, mixturado con el de pétalos de rosas en maceración divina.
 Es que la vida de ella se consumió en ese aquelarre individual, llevado a cabo por un paciente psiquiátrico, convertido en dron humano por obra y arte del Maligno.
 ¿Que intentó E.P. con su accionar letal ?...
 Podría ser impedir que ella desarrollase una vocación dedicada a la oración en clausura, en la cual, tiempo proyectado, su renunciamiento al mundo cristalizara en milagros. Como todo prodigio, generarían el desconcierto inicial de los creyentes y el estupor de los ajenos, así como la total repulsión de la Bestia, para quién resultarían intolerables.
 Lo mencionado es inverificable, pero podría inferirse que Satanás también impulsa especie de guerras preventivas, de grado minimalista y selectivo, en las cuales el nivel de su intervención resulta acotado y la firma de sus acciones, derivada al proceder de los orates a su servicio.


                                                                    FIN

domingo, 22 de junio de 2014

MEDITACIÓN ESCATOLÓGICA

 Finalizada la función fisiológica que siempre implicaba para él, una ocasión gratificante, se dispuso a pulsar el botón del wc antes de higienizarse.
 Pero la abundancia de su producción fecal lo fascinó: le recordó la excelencia del puchero ingerido la noche anterior. Esa exuberancia de verduras, chorizo colorado, carne vacuna en su punto justo; incluso, el tuétano con mostaza paladeado con particular delectación.
 Al observar esas heces, dispuestas casi delicadamente en el fondo del artefacto sanitario, percibió una fugaz melancolía, ante el inminente envío al olvido del resultado de la nutrición entendida como fiesta y regocijo sensorial.
 De última..., se dijo a si mismo en la soledad del cuarto de baño, el destino de esos soretes era fundirse con los de sus semejantes en la cloaca máxima, en una comunión excremental con carácter de única en la especie humana; allí se diluían diferencias de credos y clases sociales, antinomias de víctimas y victimarios, soberbios y pobres de espíritu, elementales y eruditos, jueces y reos, locos y cuerdos.
 Podría decirse que lo mismo ocurría con la muerte, prosiguió su soliloquio, pero en este caso, los vivos le otorgaban distinciones de calidad a los cadáveres. Es la que iba desde una fosa común a un mausoleo, un cuidadoso embalsamamiento y una apresurada incineración, una pirámide funeraria y la cobertura por la mera arena del desierto.
 Ninguna civilización reverenció los restos fecales de sus personajes insignes, aunque sí los mortuorios.
 Por eso, agregó, la mierda borbónica proveniente del palacio de la Zarzuela se confunde en el tránsito cloacal, con la del más infame chulo de Madrid.
 Claro..., musitó, ellos tendrán sangre azul, pero el color de sus deposiciones es tan marrón como el de las mías.
 Cierto que algunos artistas plásticos utilizaron su caca como insumo de sus obras, pero eso, argumentó para si, era solo una expansión del esteticismo: podrían haber usado una sustancia artificial con resultado similar.
 Tampoco se trataba de una cuestión coprofílica, mencionó a viva voz en el reducido espacio del toilette. Mi visión, concierne al impacto emocional de la plasmación del detrito y su inevitable final, en el torrente común que nos hermana en la condición humana, acompañado por todos los desperdicios orgánicos e inorgánicos arrojados a un inodoro, a miles de inodoros, a centenares de miles de inodoros.
 Como una metáfora descarnada y sin glamour del tránsito vital..., era el destino de nuestra mierda.
 Por algo..., continuó hablando en voz alta, escatología significa ocuparse de los excrementos y en otra acepción, del conjunto de creencias en una vida ultraterrena, según el diccionario RAE.
 Destino de las almas...y de los soretes..., dijo bajando la voz, expulsión torrencial que les excluye la singularidad de la vida para derivarlos al misterio de la extinción.

 Presionó el botón del water y quedó como absorto. Lo embargó una desoladora sensación de vacío: comprobó su olvido de comprar papel higiénico.


                                                                        FIN



  

miércoles, 18 de junio de 2014

ENTRADERA CREPUSCULAR

 La situación pareció precipitarse. Escuchó el tono imperativo de la orden y registró el inequívoco contacto de un arma contra sus riñones.
 -Entra hijo de puta..., al primer movimiento raro te cueteo.
 Eran dos y parecían haber salido de la nada.
 Ingresaron tras él, cuando extrajo la llave del lado de afuera de la cerradura.
 La entradera, ya estaba consumada, en el atardecer de ese barrio periférico.
 Pensó que quizás alguien observó lo ocurrido, aunque le constaba que la calle se hallaba desierta; no solo por ser lo usual en esa zona de viviendas bajas y escaso tránsito, sino porque el intenso frió de agosto y el viento, disuadían a las vecinas predispuestas al cuchicheo habitual.
 Los delincuentes, sus cabezas cubiertas por gorros y media cara por el cuello levantado de las poleras, observaron con aparente sorpresa el ambiente vacío de la vivienda, caracterizada exteriormente por su irrelevancia.
 -¿Donde están los muebles, hijo de puta?...
 Le preguntó uno de ellos a la víctima, que de inmediato comprendió que se trataba de un hecho al voleo y que sus autores eran menores tipo descerebrados, ya sea por el consumo de drogas, la índole de sus vidas o el agujero existencial que ocupaban.
 Supo que la lógica aristotélica no era adecuada para salvar la situación, por lo que decidió apelar al absurdo, a lo tirado de los pelos, a la vertiente alucinatoria.
 -Los vendí para comprar merca de la mejor, de la que toma Maradona.
 -¿Tenes de esa?...
 Le preguntó el que detentaba evidente supremacía sobre el otro.
 -No. Me la tome toda: estoy liso.
 Sabía que este termino refería a los '80 iniciales, la última vez que había consumido cocaína, pero desconocía la jerga actual.
 Observó las armas que ambos ostentaban: pistolas 9 mm., seguramente Browning.
 No podía creer que esos imberbes plenos de idiotez, pudieran exhibir armamento posiblemente robado a personal policial.
 -Danos toda la guita que tenes y tu celu, hijo de puta..., le dijo el que parecía subordinado.
 -Toma.
 Le respondió, extendiéndole dos billetes de diez pesos.
 El que demostraba superior jerarquía decidió que debía conservarla. Ante lo que consideró una afrenta, replicó con un culatazo que no llegó a destino.
 El asaltado lo estaba esperando y lo desvió con su antebrazo izquierdo, mientras sus dedos derechos índice y corazón se incrustaban en los ojos del sujeto armado, provocándole algo aproximado al estallido de los globos oculares.
 Inmediatamente, se escudó tras el lesionado, que había arrojado su pistola  para llevar sus manos a los ojos o lo que quedaba de ellos, entre gritos de horror.
 El hombre de la reacción marcial, supuso que el cómplice del ya doblegado comenzaría a los tiros, por eso intentó apoderarse del arma caída, pero no hubo disparos.
 El otro escapó rápidamente y dejó la puerta abierta.
 Con la pistola en su poder, comprobó que se trataba de una réplica perfecta.
 -¡Hijo de puta!...¡La concha de tu madre!..., gritaba el cegado tapándose los ojos.
 Le propinó una trompada en plena boca, la diestra envuelta en un pañuelo, que le ocasionó la pérdida de dos dientes entre una bocanada de sangre.
 -Parece que no te enseñaron a respetar a las personas mayores..., le dijo, mientras le anudaba su cinturón a la garganta y lo tumbaba sobre el piso.
 -Lo primero, es tratarme de señor..., agregó.
 -Si, señor..., contestó el joven delincuente, escupiendo un incisivo superior.
 -Señor Satanás...
 Fue la identificación que se adjudicó el que fue objeto del intento de despojo, para luego maniatarlo a la espalda con los cordones de sus zapatos y con el cinturón que le quitó del cuello, atarlo a una puerta enrejada que comunicaba con un patio.
 -Señor Satanás..., balbuceó el ladrón aterrorizado, que interpretó la entradera a esa casa vacía, como la mayor experiencia espantosa de sus atribulados diez y seis años.
 Comenzó a llorar, pero una tanda de golpes del Señor Satanás, lo convenció de que le convenía someterse a su destino lo más silenciosamente posible.
 Al ser amordazado con el pañuelo, entendió que así sería.
 -Voy a comprar un envase de alcohol a la farmacia y enseguida vuelvo..., le dijo sonriente, quién ya se había convertido en su captor.
 -Lastima que no podes hablar, porque sino le podrías decir a los interesados en el alquiler de esta propiedad, que el agente inmobiliario vuelve en quince minutos.
 Solo en la vivienda vacía, consumido por el dolor abrasador de sus ojos y su boca desdentada, el cautivo se sintió desmayar.

 Con la vista nublada, después de un breve lapso vio aparecer a quién lo sometía.
 -La farmacia estaba lejos, así que conseguí un par de litros de nafta en la estación de servicio.
 Le comentó el Señor Satanás, quien exponía ante su mirada desenfocada un bidón plástico y un encendedor.
 Sintió una sensación desconocida, como si el corazón se asomara por su boca destrozada...
 Pero escuchó el sonido de una sirena acercándose. Estimó con esperanza, que alguien pudo escuchar sus gritos y llamar al 911 requiriendo la intervención de la policía, que en la circunstancia que vivía significaba su salvación.
 Más aún, notó como desconcertado al Señor Satanás, cuando el vehículo portador de la sirena parecía haberse detenido ante la puerta de calle. Cuando tocaron el timbre, lo embargó una sensación de alivio, pero la misma desapareció al percibir la mirada del Señor Satanás, que tardaba en abrir.
 Perdió el control de sus esfínteres, cuando escuchó al Señor Satanás decirle a los paramédicos de una ambulancia, que en esa vivienda no había nadie que requiriera atención médica, que debía tratarse de la equivocación de algún vecino. Encharcado entre su mierda y su orina, percibió que ponían en marcha a la ambulancia para alejarse del lugar.
 Comenzó a vomitar, pero debido al pañuelo que oprimía su boca, el vómito parecía asfixiarlo.


                                                                    FIN