viernes, 28 de junio de 2013

SIN SOPORÍFEROS

 Se desperezó con el bienestar proporcionado por un descanso reparador.
 A diferencia de lo usual, esa noche no se levantó para ir al baño, ni se despertó por el ulular de una sirena de ambulancia distante u otros sonidos que solían interrumpir su sueño, caracterizado por resultar liviano.
 Lo sorprendió la oscuridad que lo rodeaba; a la hora que presumía, la claridad debía colarse tras la cortina.
 Palpó el costado derecho de la cama y lo halló vacío: su mujer ya se habría levantado.
 La idea de que el despertador no sonó, se impuso como un estallido en su mente.
 Pensó que iba a llegar tarde a su trabajo y manoteó sobre su mesa de luz, intentando aferrar el reloj y poder ver la hora.
 No lo halló.
 Trató de incorporarse, pero no pudo hacerlo.
 Parecía que una fuerza desconocida lo adhería a las sábanas.
 A su vez, no estaba seguro de hallarse despierto.
 Como en una ráfaga mental, comprendió que si todo era un sueño, el mismo no iba a finalizar nunca.
 No le otorgó importancia a esa certidumbre.
 Se colocó en posición decúbito dorsal dispuesto a acceder al nivel profundo, aunque no distinguía claramente si abandonaba la vigilia o si nunca había accedido a ella.
 Tampoco sabía si por un breve lapso, había interrumpido el sueño eterno; incluso, si esa luz de inconcebible resplandor que distinguía como al final de un túnel, no era en si misma un sueño.

                                                                    FIN

sábado, 15 de junio de 2013

BLANCO LEJANO

 Richard visualiza el objetivo, a 11.500 km. de donde él se halla.
 Se trata de la camioneta Toyota blanca señalada en los informes previamente recibidos, incluyendo el Nº de matricula, reconfirmado al instante por el sistema de seguimiento.
 Llega el momento cumbre para el especialista en pilotaje de aviones a distancia:
 Colocarlo en posición de tiro y prepararse para disparar contra el vehículo, que conduce al individuo que venía monitoreando desde hacía meses.
 De inmediato, orar mentalmente-es miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días-para que en el habitáculo del rodado no haya niños, mujeres, ancianos..., usuales acompañantes de los jefes talibanes pakistanies.
 La adrenalina impregna su organismo, cuando acciona el disparador del misil portado por el drone Predator, que cual criatura metálica alada con vida propia, envía el fuego del ángel exterminador sobre el enemigo que aún se encuentra cerca de uno de sus domicilios, en la polvorienta ruta que lo conduce a la mezquita a la que asiste.
 La pantalla le muestra el estallido de la Toyota, sus restos ígneos esparciéndose por la carretera. El impacto fue certero, por lo que retira la aeronave del teatro de operaciones; aprovecha la distensión para beber a través del sorbete con fuelle,  un trago de la Coca bien helada que tiene a su lado.
 Richard se relaja: la evaluación de los daños producidos la harán agentes encubiertos in situ, ese ya no es su tema.
 Las felicitaciones no se hacen esperar, en ese ámbito militar de alta tecnología instalado en Arizona. En esa base, la guerra se desarrolla ajena a la mugre, el calor agobiante y la gelidez nocturna, los charcos de sangre y el despedazamiento orgánico que es la impronta del campo de batalla.
 Richard recuerda a su padre, que combatió en Vietnam.
 Volvió próximo a la locura por lo vivido en la contienda, con terrores nocturnos y crisis de llanto. Abandonó a su madre cuando él tenía cinco años.
 Estimó que su caso sería diferente: para él la guerra resultaba como una play statión ampliada, aunque sabía que sus consecuencias eran reales.
 Si se quiere, su función podría considerarse aproximada a la del francotirador, salvo que él disparaba con un océano de por medio, por lo que no debía exponerse al mudar su posición para no ser localizado.
 Tampoco era la guerra a distancia de un terrorista colocador de bombas, consciente que luego de la deflagración, se iniciaría una búsqueda férrea del autor del hecho y sus cómplices.
 Él era un especialista atrincherado, con un grado de seguridad nunca visto en la saga inmemorial de los conflictos bélicos.
Cumplida su tarea específica, se disponía a disfrutar de un almuerzo con sus compañeros. Pediría esas hamburguesas con queso cheddar y ketchup Heinz que eran su debilidad; de postre, solicitaría un milk shake de chocolate.
 Estos pensamientos acrecentaban su apetito, incluso, le brindaban un circunstancial consuelo por la frustración de no poder asistir al Super Bowl por razones de servicio. Se prometió que el año próximo sería distinto, trataría de intercambiar francos o algo similar.
 Rumbo al estacionamiento de la base, reflexiona en que pronto podrá llevarse el trabajo a casa y hacer la guerra en pijama y pantuflas, desde el living o recostado en su cama.
 La imagen mental de ese futuro quizás próximo, le suscita la idea de un connubio entre dos pulsiones, ambas atávicas en la especie:
 La práctica de la guerra y la búsqueda del comfort...y por primera vez en la historia, la beligerancia resulta comfortable.
 Ubicado en su automóvil, se despereza ampulosamente y enciende el aire acondicionado. Comienza a escuchar Last Night por la banda Good Charlotte, el rock que más le agrada.
 Acompaña el tema a viva voz, disfrutándolo, mientras en el Valle de Swat-Pakistán-un grupo de barbudos vestidos con pantalones abombachados y chaquetas cortas en las que prima el blanco, revuelve restos de metal y carne aún humeantes.
 Juran venganza con los ojos desorbitados, gritando en pastún y en urdu loas a los mártires de la Jihad.
 Quizás, no se imaginan que están siendo meticulosamente observados.


                                                                              FIN


viernes, 14 de junio de 2013

EL BAR DEL "LOCO"

 El bar carecía de letrero identificatorio. Solo un pequeño cartel de ginebra Llave, desteñido por el sol y las inclemencias climáticas de más de tres cuartos de siglo, daba a entender que allí se expendían bebidas alcohólicas.
  De todos modos, a pocos les importaba: el promedio mensual de clientes no llegaba a sumar dos diarios, a pesar de abrir sus puertas todas las noches entre las veinte horas y la madrugada, de lunes a sábado.
 En ese pueblo de casas dispersas y más que reducida población, era conocido como el bar del "loco", apelativo referido al octogenario propietario del establecimiento, de nombre Marcos Fermín Gutiérrez, quién llegó al lugar dos décadas atrás para "poner en valor" un local que se hallaba semiderruido. El mote de "loco", se impuso por sobre el de "gallego" o "viejo".
 El hombre se empecinó en sacarlo adelante y tuvo su época de gloria en los '90, como sitio de reunión de trabajadores golondrinas paperos, que se juntaban luego de la dura jornada laboral a los fines de beber a discreción.
 Posiblemente, debido al carácter de estos clientes y al tenor de sus encuentros, resultó el ámbito de un par de homicidios en riña, lo que le generó cierta imagen pública desfavorable.
 Desde entonces, la declinación marcó al bar. Marcos fue patrón de una barra sin parroquianos acodados, con bebidas que se añejaban por falta de reposición; el silencio ante la ausencia de conversaciones en las mesas, solo era alterado por el sonido de una radio sintonizada en la FM de la ciudad mas cercana.
  Esta emisora no se captaba con claridad, debido a que el bar se hallaba casi en medio del campo, sin señal de telefonía celular ni conexión a Internet.
 Por otra parte, el local habilitado como almacén-despacho de bebidas, carecía de línea telefónica fija.
 Alguien le escucho decir a Marcos-una noche en la que se mostraba particularmente locuaz- que el suplía la tecnología de las comunicaciones mediante la telepatía, con el agregado de que la suya era una telepatía conductiva, con capacidad de teledirección de las voluntades que contactaba.
 El testigo de tal aseveración la consideró un delirio, que luego propagó por el pueblo entre risotadas.
 Un agregado más a la extravagancia que representaba el bar del "loco", aislado en la desmesura de la pampa, rodeado de mieses y pujanza agrícola.


 El primero en detectar los cambios en el bar, fue un alambrador de nombre Arturo González.
 El hombre, comentó en el pueblo que Marcos ahora disponía de dos ayudantes jóvenes, ambos de mirada perdida y dicción desconocida, dado que rehuían contestar y no se los escuchaba hablar entre ellos, así como tampoco con el patrón.
 Un par de peones rurales, estimulados por el relato de que el "loco" había contratado personal para no atender a nadie, decidieron concurrir, a los fines de alegrar su noche solitaria con el disparate del bar inmerso en la nada.
 Luego de dejar sus motos estacionadas afuera, se acodaron en el tosco mostrador pidiendo dos cervezas de litro, acompañadas por papas fritas y maní japonés.
 Marcos les sirvió lo pedido, mientras sus ayudantes se dedicaban a lavar vasos una y otra vez, así como a fregar indefinidamente un menaje que nunca se utilizaría.
 Los peones, únicos parroquianos y cómplices burlescos, comenzaron a reírse sin disimulo, ante el espectáculo de los lavacopas esmerándose por obtener que brillen, cacerolas vetustas y vasos opacados por la mala calidad del vidrio; incluso, hasta les resultaba gracioso el gusto rancio de los productos que consumían. También, que cuando intentaban conversar con el patrón, el mismo asentía someramente y de inmediato se retiraba como si estaría ocupado en importantes menesteres.
 Cuando ya iban por la quinta botella, uno de los muchachos se dirigió al baño para aliviarse de la cerveza ingerida.
 El servicio estaba afuera y consistía en una letrina cubierta por un techo de chapa. Para llegar al sitio, debía atravesarse un pasillo lindero con los aposentos del patrón.
 En ese momento, el peón vio a Marcos sentado en una deteriorada mecedora: el "loco" lo miraba fijamente.

 Cuando el otro peón se dirigió al baño, sorprendido por la prolongada ausencia del que fue con anterioridad, observó a Marcos Gutiérrez mirándolo fijo, mientras se hamacaba suavemente.
 En unos pocos segundos, se unió a su compañero, quien se encontraba sentado ante una pequeña mesa de madera con un bolígrafo en la diestra. No quería estar allí, pero sentía que no podía negarse a firmar los papeles que tenía ante sí; era como si una voluntad externa le proporcionara una lapicera y dirigiera su mano.

 Los peones eran oriundos, uno de Margarita-Pcia. de Santa Fe y el otro de Oberá-Misiones; no tenían amigos ni arraigo en el pueblo. La estadía de los jóvenes estaba determinada por el tiempo que durara la cosecha.
 A pesar de ello, Arturo González los conocía por coincidir en el mismo lugar de trabajo y haber compartido  charla y mate en los descansos. También, por cuestiones de simpatía circunstancial, les había prestado cien pesos.
 Quizás esta módica deuda hizo que reparara en la ausencia de ambos jornaleros, cuya inasistencia laboral no le llamó la atención a sus empleadores, acostumbrados a que en esa actividad informal los trabajadores desaparecieran de un día para el otro, aún sin cobrar sus haberes.
 El alambrador, a sabiendas de que los susodichos habían ido al bar del "loco" hacía un par de noches, decidió visitar el almacén-despacho de bebidas, con el objeto de seguirles el rastro por la deuda impaga; si bien la suma no era importante, Arturo no era un individuo proclive a que lo defraudaran en su buena fe.
 Al llegar al bar en su viejo Renault 9, reparó en las motos de los peones, estacionadas frente a la puerta del bar.
 Dentro del local, los vio a los dos repasando copas, junto a los jóvenes que había visto anteriormente.
 Le pidió un fernet con cola al patrón, mientras le preguntaba a los peones que hacían allí.
 Ante la falta de respuesta de los actuales lavacopas, se puso violento y les exigió los cien pesos que le adeudaban.
 Los interpelados, prosiguieron con sus tareas repetitivas sin contestarle.
 Cuando estaba por pegarles, intervino Marcos.
 -¿Cuanto te deben?..., le preguntó, como si asumiera como propio todo asunto concerniente a sus nuevos empleados.
 -Cien..., fue la respuesta.
 El patrón extrajo de un bolsillo de su arrugado pantalón un grueso fajo de billetes.
 -Toma..., le dijo a González, mientras le extendía uno de cien con la imagen de Evita.
 Arturo pudo ver que los pesos se mezclaban con euros y dólares de alta denominación, en llamativa profusión.
 Tomó el billete ofrecido y le preguntó al patrón que hacían los cosechadores tras el mostrador.
 -Están contratados. Dejaron el trabajo en la cosecha para ser empleados en el bar como mozos de barra.
 -¿Por que no hablan?..., le preguntó el colocador de alambrados, percibiendo cierto malestar, como si se hallara en un espacio enrarecido.
 -Por que este bar exige por contrato el silencio de su personal.
 Incluso yo mismo,  como patrón, hablo lo mínimo indispensable. Para escuchar voces está la radio.
 Este bar es ideal para que hables con vos mismo, ya sea mentalmente, en voz baja o si querés, a viva voz.
 Arturo González sintió miedo y ganas de retirarse lo antes posible, pero le hizo a Marcos, lo que consideró la pregunta del millón:
 -¿Porqué pagás cuatro sueldos si tenés más empleados que clientes?...
 La respuesta le resultó de difícil asimilación:
 -Porque necesito que todo esté inmaculado para recibir a un cliente especial.
 Por otras parte...¿Porqué no le envías dinero a tu mujer y a tu hijo que están en Resistencia?...
 No lo haces desde que te enteraste que el padre es tu vecino, pero la criatura lleva tu apellido...
 Arturo González se retiró de inmediato, después de abonar su consumición.
 Puso en marcha su viejo vehículo, con la plena convicción de que el "loco" podía perforar las mentes y sorber información. Más aún, convertir a las personas en algo que no lograba discernir.
 Suponía que había adquirido esta capacidad inconcebible, recientemente, dado que en los años que llevaba en el pueblo, solo había oído hablar de la soledad del bar.


Los cuatro ayudantes de Marcos habitaban un pequeño galpón, precariamente acondicionado con camas cuchetas y un baño a terminar. Justamente, de la conclusión de la obra se encargaban los dos peones durante la mañana y la tarde, antes de que abriera el bar, guiados por Marcos quién no les dirigía palabra alguna.
 Los dos empleados más antiguos también se dedicaban a tareas de albañilería, en su caso, vinculadas a la refacción del local bajo la supervisión de Marcos, quién les impartía instrucciones sin necesidad de hablar.
 En pocos días, la vieja edificación había adquirido otro aspecto; hasta su frente, fue prolijamente blanqueado.
 Las motos de los peones ya no estaban a la vista, cuando una Trafic pintada de blanco estacionó frente a la puerta del bar.
 Del vehículo, descendieron dos hombres vestidos de discreto sport, quedando un tercero al volante, envuelto por la densa oscuridad nocturna de ese medio rural.
 Marcos le dio la mano a uno de los que ingresaron al bar, quién le respondió el saludo. Se trataba de un individuo cincuentón, entrado en carnes, que hablaba con cierto acento del interior.
 Le dijo con tono muy formal:
 -Don Gutiérrez, le presento a Mr. Scofdoor, el representante de la nueva firma británica Dredgemines Inc., que es quién contratará a los cuatro desactivadores que Vd. ha capacitado.
 La respuesta de Marcos fue directa, con el tono rotundo que caracterizaba sus réplicas:
 -Ya le dije, Sr. Paiva, que lo mio no es capacitarlos sino predisponerlos.
 Ahora ya están listos para la capacitación específica que Vds. consideren adecuado impartirles. Por supuesto, dentro de las tareas básicas que pueden realizar por su bajo nivel educativo.
 -De acuerdo, Don Gutierrez, esto quiere decir que Vd. ya no tiene nada que ver...¿Verdad?...
 -Correcto, Sr. Paiva, en la empresa los deben instruir igual que a los trabajadores de Zimbabue que se emplean actualmente. Lo que es primordial, es que siempre estén aislados de los demás, aunque recuperarán el habla. Cierto que la voz va a resultar algo artificial, como robótica; a su vez, solo podrán exponer cuestiones prácticas, nunca referirse a sus sentimientos, porque los mismos se hallan en estado de atrofia.
 En cuanto a hablar por teléfono con sus familiares desde el sitio donde están en operaciones de desminado, no hay problema, pueden hacerlo siempre que alguien a su lado les diga lo que deben decir.
 Paiva traducía escrupulosamente las palabras de Marcos al inglés, para conocimiento del representante de Dredgemines Inc., quién asentía con entusiasmo.
 -Respecto a la comida, aseo personal,horas de sueño..., todo normal, pero lo ideal es que no tengan feriados, dado que el ocio está contraindicado para los seres que son actualmente. Pueden desarrollar apetencias sexuales imprevisibles.
 Dicho de otro modo:
 Trabajar hasta extenuarse, necesidades fisiológicas, aseo, alimentación y sueño; por supuesto, capacitación específica. Resultan óptimos para su empleo en tareas extremadamente peligrosas, como las que desempeña Dredgemines Inc., dado que de perder sus miembros en la faena  no registrarían ningún impacto emotivo. Podrían considerarse como descartables, pero dado su costo, les conviene cuidarlos.
 -Correcto, Sr. Gutierrez, acá tiene la suma pactada.
 El hombre que oficiaba de traductor de Mr.Scofdoor, le entregó un grueso fajo de billetes de cien dólares, que Marcos contó escrupulosamente.
 -Esta bien, Sr. Paiva; es la suma convenida.
 Puede llevarse a los cuatro con sus documentos.
 -Perfecto, concluimos el trato y si esto resulta, necesitaremos más de estos individuos, que podríamos denominar operarios des-asalariados.
 Gutierrez pensó que el otro inventó un neologismo-o un eufemismo-para referirse a los tipos que les entregaba: nunca se les pagaría salario y por lo tanto la empresa, podría ofrecer sus servicios a precios imposibles de igualar por la competencia; amén de otras ventajas, tales como ausencia de huelgas, contestaciones inadecuadas, juicios laborales. Tal como mencionaba el Premio Nobel de Economía Robert Fogel, la esclavitud demostró ser una institución sumamente eficiente.
 -De los pasaportes nos encargamos nosotros, por lo que no creo que quede nada por aclarar, pero, seré curioso, Sr. Gutiérrez...
 Aunque Vd. les imparte indicaciones de modo no detectable, también puede ser en forma verbal. De hecho, así lo haremos nosotros; nos los entrega configurados para eso, entonces...¿Porque el mutismo entre Vds.?...
 El octogenario interpelado, tardó un poco en responder. Lo hizo como dándole a entender a Paiva que no hiciera más preguntas.
 -Porque así son las cosas.
 Las cosas, consideró mentalmente Marcos, son que como buenos esclavos, se quejaban de las prácticas a las que lo sometía él, bufarrón veterano en el mayor sigilo, ajeno a toda habladuría del pueblo; el mismo que concernía a sus lecturas, desordenadas pero no carentes de rigor, así como a una lejana formación académica en Salamanca que quedó trunca por avatares del destino. Por otra parte, de estos cuatro ya estaba harto.
 Estrechó la diestras de Paiva y Scofdoor; respecto a los sujetos acondicionados, ni siquiera se despidió mediante ingreso a sus mentes.
 Ya solo en el bar desierto, pensó que siempre algunos inadvertidos podrían llegar al lugar. Él sabía quienes le convenían y a su vez, eran de su gusto, que asumía como ya algo desfiguradamente senil.
 Reflexionó en que quizás podría abastecer el mercado de los jihadistas y ganar mucho más, aunque era posible que a esos tipos les bastaran sus propios suicidas. De todos modos, reconoció que aún le quedaban algunos escrúpulos, si bien era cierto que desde la Guerra Civil Española-la vivió a partir de los seis años-odiaba tan profundamente a la humanidad que no hacía distinción de banderías.


                                                                           FIN









 





















jueves, 6 de junio de 2013

SOBRE SU CORCEL

 La capa al viento, el yelmo con la visera baja como si se aproximara al combate, el caballo de guerra a paso lento pero seguro.
 La lanza en ristre, presta a la acometida.
 El caballero, entre la niebla de la madrugada, recorre la senda convertida en lodazal por las recientes lluvias,  contorneada su marcha por la más absoluta soledad. Acorde a su propia condición de caballero andante, cultor del silencio y los actos vindicatorios a favor de los desamparados.
 A su vera, un gordo barrigón carente de actitud marcial, escolta su andar sobre el lomo de un pollino, a sabiendas, que lo nutre la picardía así como a su amo, las elevadas reglas del código de caballería.
 El guerrero es alto y flaco, de rostro enjuto y facciones marcadas, barba escueta y ojos de águila, apostura declinante.
 Detiene su cabalgadura, al fin, en ese agotador transitar por el erial que es la comarca de la Mancha.
 Observa el pueblo cercano: sabe que se denomina Toboso. Allí mora aquella que le inspira sus más etéreos ideales, aplicados duramente sobre las fantasías de la carne y su embelezo, en aras del amor cortés y lo que ello implica, para su estatura de varón consagrado a esparcir la justicia.
 Ante la visión del misérrimo poblado, que tanto significa para él, el caballero habla, la adarga bien ceñida contra su brazo izquierdo:
 -Ved esta población..., le espeta a su servidor.
 Llegará un día en que se convertirá en una ciudad gótica..., floreciente en riqueza y delitos, donde quizás, otro justiciero deberá proteger el peculio de los poderosos pero sin ofender a los débiles en tal menester.
 -Yo también lo vislumbro..., mi Señor, hasta pienso que tú adquirirás los atributos del murciélago y yo te secundaré con una R sobre mi atuendo..., le responde el gordinflón.
 El caballero de la figura no lozana medita estas palabras; de inmediato, dice:
 -Sandeces..., mientras imagina molinos convertidos en gigantes, que nunca podrán ser superados por maleantes caricaturescos. También, que potenciales difamadores del futuro, colmados de infamia, podrían llegar a sugerir que él y su escudero se dedicaban al vicio nefando, en las largas travesías en busca de entuertos para deshacer.
 Olvidando las posibles calumnias del porvenir, se dispone a ingresar al burgo donde se halla la que desbroza sus sueños, la bella entre las bellas..., la tosca moza del muladar; esto último, lo erradica de su mente como pensamiento contaminado. Lo suyo, es deambular entre los sueños.

                                                                   FIN




  

martes, 4 de junio de 2013

EL VOYEUR DE LA DIVINIDAD

 Acteón, distinguido en las artes venatorias en la comarca cercana a Orcómeno, en Beocia, deambulaba con su jauría en busca de presas.
 No pudo dar crédito a tanto esplendor...
 Sin duda, con el sigilo propio de la caza, se hallaba observando a una diosa. No podía ser otra que Diana, rodeada por sus ninfas durante el baño fluvial.
 Estaba desnuda...y Acteón se regocijo ante la vista de ese cuerpo excelso.
 Su diestra trémula intentó dirigirse hacia su miembro ya erecto, bajo la corta túnica de montería, habida cuenta de que otra actitud podría adoptar, tratándose de la visión del esplendor de una diosa y de la excitación sexual que la misma le provocaba.
 ¿Era acaso posible abordarla?...¿Intentar seducirla?...
 Acteón era un simple mortal que conocía sus limitaciones.
 En términos pragmáticos, sabía que solo podría poseer tal imagen egregia aplicando su ímpetu sexual, al placer solitario.
 Pero fue descubierto..., se podría decir que con la mano en la masa.
 El castigo fue feroz; la diosa no disponía los misterios virginales de su cuerpo en el baño matutino, para el solaz lascivo de un energúmeno terreno, mera mezcla de carne, huesos y una mente, que luego los dioses verían que hacer con ella.
 Diana le pidió a su dilecta servidora que ocultara su desnudez-la que hubiera exhibido complaciente ante Zeus-y con un simple gesto convirtió a Acteón en cérvido, para que sea devorado por sus propios perros.
 Al ser objeto de las dentelladas de sus cánidos, que no lo reconocieron, Acteón comprendió antes de su espantoso óbito, que los actos más banales en circunstancias inapropiadas pueden generar efectos desproporcionados...
 Murió desgarrado como una pieza de caza, bramando su impotencia, maldiciendo a Diana y a todos los dioses del Olimpo, así como a la maldita circunstancia que le proporcionaron.

                                                            FIN















lunes, 3 de junio de 2013

SOLO SE QUE NO SE NADA

 La frase atribuible a Socrates, pareció cruzar la mente de Antonio Ramón Safardi, quién solo la conocía de oídas o de sus lejanos estudios secundarios. El hombre, sin ser precisamente un filosofo, entendía que esa breve alocución se estaba convirtiendo en su síntesis vital.
 A los ochenta y dos años, profusamente entubado en la UTI del sanatorio de su obra social, próximo al óbito según presunción facultativa transmitida a sus familiares directos, era la única certidumbre adecuada a ese momento, que podía validar.
 Rodeado de enfermeras que cumplían sus tareas con distante profesionalismo, solo viendo el techo de la unidad de terapia intensiva, interpretaba la situación mucho más de lo que se suponía que podía interpretar.
 Entendía que había llevado una vida quizás anodina, en términos comparativos, basada laboralmente en clasificar correspondencia en el servicio de correos, con ascensos generados por el mérito de la antigüedad. Este trabajo nunca lo consideró vitalmente ponderable, solo un medio de burocrática tranquilidad que limaba los peligros de la ambición y su hija dilecta, la codicia.
 Sin duda, su colección de estampillas, la amable rutina de su único matrimonio, su hijo que vivía en Australia con sus nietos y su Ford Taunus del '80, desde su jubilación, lavado dos veces por semana con la delectación de bañar a una beldad, le otorgaban mayor entidad a los años vividos.
 De todos modos, Tony-así lo conocían sus allegados-conjeturaba que nada de lo que le concernía hasta el momento, le proporcionaba alguna plataforma sólida para el desplazamiento que estaba próximo a consumar.
 Ni siquiera el auxilio espiritual, que suponía que su discretamente devota mujer ya estaba requiriendo.
 En ese sentido, más consciente que lo que demostrarían las estimaciones clínicas, Tony entendía que no era lo mismo aceptar el tránsito a la muerte con la cabal asimilación a su sustancia, que ser arrebatado por la misma como por obra de un brutal tornado.
 No era una reflexión en torno al suicidio-para el que de todos modos se hallaba imposibilitado-sino referida a la índole de la disposición.
 Pensaba que la ocasión, sin duda, más trascendente de su vida-la que implicaba la eternidad-merecía de su parte cierto rigor en el comportamiento, aunque este sea solo mental, habida cuenta de su incapacidad motriz.
 En base a una síntesis casi postrer, con la comprensiòn de que quizás le quedaban solo minutos de vida, Tony se sintió rejuvenecer:
 Sus gastados pulmones se hinchaban con un aire nuevo, como cuando a los trece años observaba el firmamento y pensaba que en buena medida era suyo, así como el porvenir.
 A pesar de las sondas y los conductos que lo obturaban, sonrió, aunque el personal del servicio no lo detectara.
 Tony se propuso ingresar a esa terra incógnita de la muerte, con la avidez de conocimiento que quizás fue insuficiente en su vida; o en la vida de todos.
 Con una curiosidad trascendente, que prescindía de todas las nociones que le impartieron, todas las preguntas contestadas y las no respondidas. Ajeno a todos los afectos, enemistades, vanidades y frustraciones.
 Despojado de rencores y de amores..., pero renaciendo en la inmensidad intrasladable a los números: la eternidad.


 Otra vez en su casa de Haedo, dispuesto a disfrutar del cuidado que le prodigaban los suyos, incluso su hijo, que viajó desde Sidney a sabiendas de la gravedad de su cuadro, Tony estimó que había superado su estado crítico.
 Nuevamente esbozó una sonrisa, esta vez, sin el aditamento de la aparatología hospitalaria.
 Su mujer, solícita, le preguntó como se sentía.
 -Solo se que no se nada...
 Fue su respuesta, seguida de una estentórea carcajada, que fue acompañada por la que profirió su compañera de los últimos cincuenta y dos años.

                                                                 FIN







viernes, 31 de mayo de 2013

ESCRIBIR BAJO PRESIÓN

 Como escritor, sabía que ya no podría trascender; que su tiempo posible de gloria literaria-de haber  accedido a ella-se perdía en un pasado tan oscuro como desdeñado.
 Con sesenta y siete años, carente de familia, con dos hijos de diferentes mujeres de los que nada sabía -lo mismo que de sus madres- poseedor de una jubilación mínima conseguida sin aportes y viviendo de prestado en lo de un viejo amigo -en un cuarto de enseres- su situación era altamente precaria.
 Por otra parte, el oficio que desempeñó con mayor continuidad, le generó en conjunto más de quince años de prisión de cumplimiento efectivo.
 Su última condena la había finalizado hacía menos de un año.
 Roberto Belisario Armieto ª"Jimmie el pendolista", ya carecía de toda intensión de dedicarse a la falsificación de moneda, a pesar de conocer las nuevas técnicas.
 También de vivir del modo en que lo hacía, colgado de la vida más que incluido en ella.
 Quizás, esa fue la génesis de su tardía vocación de novelista desarrollada en la cárcel, en las horas en las que la desolación, se instalaba como un tumor espiritual difícil de extirpar.
 Varias veces inició una novela -quería ser el autor de una obra única, síntesis vital del universo- y otras tantas las deshizo en el tacho de basura.
 En la prisión, algunos distinguidos internos aprobaron sus textos -incluso Sergio Schoklender- pero el sabía que era por condescendencia, porque movía a la conmiseración ese tipo grande que cargaba un ropero judicial sobre sus espaldas, sin ser violento. En términos carcelarios, era un hombre bueno al que las malas decisiones, las tentaciones impropias o la mismísima divinidad, le estamparon el sello CAGADO/RECAGADO, lo que clausuraba la posibilidad de un destino menos infausto.
 Los tumberos sabían que esa marca era indeleble, como la carimba que se le aplicaba a los esclavos en épocas pretéritas.
 O sea que "Jimmie el pendolista", encaraba la literatura como redención, como su única posibilidad de acceder a la autentica libertad, con encierro o sin encierro.
 Pero en su aciago devenir, el hombre tuvo un golpe de suerte.
 Un acierto a la quiniela con cuatro cifras, le proporcionó un premio de cincuenta mil pesos.
 Una suma que no lo convertiría en rico, pero quizás podría servirle para mudarse a un sitio mejor, comprarse ropa nueva y desechar sus atuendos raídos, comer en restaurantes...
 Actividades que idealizaba en prisión; también proveerse de una buena puta o hasta quizás, reactivar una capacidad de seducción que se había hecho añicos.
 Nada de eso..., "Jimmie el pendolista" emplearía ese dinero en otros fines: la literatura.
 Más concretamente, llevar a cabo su idea de escribir bajo presión.
 Era el procedimiento con el que planeaba combatir su sino como escritor.
 Sabía lo peligrosamente estrafalario, que era el método que había pergeñado y en el que iba a invertir parte del dinero ganado.
 Pero también sabía que la propia índole bizarra -él le otorgaba la acepción de extravagante- que poseía el asunto, cuando tomara difusión mediática le generaría la notoriedad extraliteraria que necesitaba.
 Accedería a una difusión pública de magnitud, la que de otro modo, seguramente le estaría vedada.


 -Te doy cinco mil ahora y el resto, otros tantos, cuando termine tu jornada de trabajo de ocho horas corridas.
 Vos me conocés y sabes que no te voy a cagar.
 -No es eso Sr."Jimmie", es que me parece asqueroso lo que me propone.
 ¡Yo siempre fui un rocho al arrebato!...¡Ni siquiera me animé a salir de caño!..
 -Por eso te elegí. Porque el Patronato de Liberados todavía no te consiguió laburo y se que querés un trabajo por derecha; que querés cambiar de vida.
 Te ganás en una jornada laboral lo que para muchos es más que el sueldo de un mes.
 -SÍ, Don "Jimmie", pero cagarlo a cintazos para que Vd. escriba, me parece, por decirlo de alguna forma, una cosa de putos en la que yo nunca anduve.
 -Vos me conocés de la tumba...¿Te parezco un trolo?...¿Alguna vez tuve fama de serlo?...
 -¡No!...¡No!...Nunca, Don "Jimmie"...
 No digo eso.
 -Tenés que entender que vos vas a manejar el cinto, simplemente como si fuera una herramienta.
 Yo voy a estar en cueros. No escribo por tres minutos, contados con el reloj que te voy a proporcionar, entonces vos descargas la lonja sobre mi espalda, sin compasión.
 No te preocupes por el daño; para tu tranquilidad, no soy un degenerado que goza cuando lo fajan.
 Soy un escritor que solo podrá crear su obra extrema..., bajo presión extrema.
 En ocho horas -una jornada laboral convencional- debo crear un texto ficcional que podría suponerse de índole revelatoria. Digamos que la ficción es el pretexto, para que el lector se adentre en lo molecular espiritual, en la materia prima de la interpretación cósmica.
 Gastón Galvaez  ª"Petete", delincuente de nivel inferior, consideró que el ex-convicto y escritor estaba loco.
 Supuso que podía padecer de demencia senil, como su propia abuela.
 Pero..., el demente le puso cinco pesos en la mano.
 Ganarse cinco mil en ocho horas de trabajo sin infringir la ley, superaba sus expectativas.
 Haría lo que el viejo quería.
 Cinco minutos de descanso por hora. Caso contrario, lonjazos hasta que reanudara la escritura; esto mismo, en caso de que dejara de escribir durante la hora por más de veinte segundos. Todo meticulosamente cronometrado.
 Se prometió que cumpliría ferreamente con lo pactado.
 Le pareció que cierto oscuro perfil de capanga, parecía insinuarse en su proceder.


 "Jimmie el pendolista", se hallaba con sus muñecas atadas con lienzos a los barrotes de una escalera.
 Esta situación, restringía sus movimientos pero no le impedía escribir, sentado ante una mesita plegable donde se destacaban cuatro bolígrafos descartables de tinta negra, así como cuatro cuadernos espiralados de 84 páginas cada uno.
 El veterano falsificador de pesos Ley 18.188, así como de australes, se hallaba con el torso desnudo, presto a que "Petete" accionara el cronómetro y diera inicio al procedimiento de escribir bajo presión.
 El "capataz literario", acarició el efectivo en su bolsillo.
 Se sentía bien; ocho horas era lo que normalmente la gente trabajaba por día. Como él nunca lo había hecho, se sentía..., gente.
 "Jimmie", a su vez, cuando restaban cinco minutos para que comenzara la faena, trataba de cohesionar sus ideas dispersas.
 Para poder quedarse en la casa solo con su contratado, le pagó $1.000.- extras al amigo que le sub- alquilaba el cuarto de enseres. Supuso que debería haber pensado que quería traer una mina de incógnito, nunca podría imaginarse la metodología que su subinquilino había establecido para poder crear la obra literaria, que iba a significar su legado expresivo y ontológico para con la especie.

 Como una descarga eléctrica, la voz de "Petete" estalló estentórea.
 -¡Escribir!..., dijo con un tono que estremeció a "Jimmie", dado que le pareció emitido por otra persona. Por  un ex-preso de extrema peligrosidad, no por uno que era un ladrón de cadenitas en los trenes.
 El "Pendolista", inició su obra con la letra maravillosa que lo caracterizaba -la que dio origen a su apodo en épocas pretéritas- con párrafos ora cursiva inglesa ora bastardilla, incluyendo algunos en gótica; toda esta excelencia caligráfica la producía con simples bolígrafos,  no con las plumas correspondientes, lo que lo hacía repasar los volúmenes de los trazos, rellenarlos y delinearlos con dedicación.
 Comenzó con la narración de cierto encuentro entre el ángel Moroni, Joseph Smith y un personaje de su invención, en torno a ciertas cuestiones relacionadas con Ahura Mazda y el zoroastrismo, de tenor literario delirante.
 Luego de una hora de constante escritura, se le acalambró la diestra.
 Se la masajeó durante más de cinco minutos..., lo que provocó que la lonja restallara sobre su espalda; como si se tratara de un mensú díscolo, de un esclavo indolente..., de un escritor que instaló una metodología perversa para crear su obra, consistente en escribir bajo presión.
 Estos fueron sus pensamientos mientras se retorcía de dolor, pero sin pronunciar una queja.
 Su escritura era aluvional, cruda, como irreflexiva, dado que caso contrario, significaría dejar el bolígrafo en suspenso y recibir el castigo implacable.
 Cuando se hallaba próxima a cumplirse la segunda hora de escritura, "Petete" anunció en tono recio...
 -¡Tres minutos!...
 Cumple con su trabajo a conciencia..., pensó "Jimmie", mientras se masajeaba la muñeca derecha, en la que se había incrementado el dolor articular.
 -¡A escribir!..., dijo "Petete", la vista fija en el cronometro.
 No consideré el factor artrósico..., estimó para si mismo el escritor bajo presión, esforzándose por mejorar la caligrafía que disminuía en excelencia, rápidamente.
 A la cuarta hora de escritura, el esfuerzo del pendolista por trasladar al papel sus ideas se tornaba arduo, tanto en lo concerniente a la legibilidad del trazo, convertido en arabescos indiscernibles, como en lo referido a la esencia de lo que quería plasmar.
 Su mente parecía haberse empastado.
 El texto -de poder ser leído- reiteraba situaciones, desquiciaba otras y configuraba un galimatías que se asemejaba al discurso de un orate.
 Cuando su mano derecha dejó de responderle y su escritura se transformó en un manchón, "Jimmie el Pendolista", sumido en el sufrimiento que le provocaba su muñeca, dijo:
 -¡Basta!..., no va más, "Petete". Finalizó el experimento.
 Desatáme; igual vas a cobrar la suma que te falta.
 La respuesta del susodicho, fue cruzarle la espalda con reiterados cintazos que lo hicieron aullar de dolor.
 -Escriba..., le dijo el administrador de su suplicio.
 Si no lo hace, le voy a rajar la espalda a latigazos y después le voy a aplicar sal.
 "Jimmie" reanudó inmediatamente la escritura, que ya se había convertido en un garabato inextricable.
 ¿He creado un monstruo?..., fue el pensamiento casi afiebrado del escritor, que ya se consideraba cautivo.
 Por más que "Petete" fuera un paradigma de los compromisos sellados, lo de la sal era una extralimitación...
 Sentía agarrotado el brazo derecho, a la vez que  la articulación de la muñeca, inflamada, le provocaba un dolor agudo. En cuanto a su espalda lacerada, percibía el inclemente ardor de la carne sometida a desgarro.
 Tres minutos antes de cumplirse cinco horas, de lo que ya constituía un neto tormento, "Petete" recitó el aviso convenido:
 -Cinco minutos.
 "Jimmie" arrojó la lapicera al piso.
 -"Petete"..., si no me soltás te voy a denunciar y vas a perder los beneficios de la condicional. Vas a volver a la tumba..., maldito hijo de puta.
 El interpelado, apretó los dientes y comenzó a descargar feroces latigazos sobre la humanidad del sexagenario "Jimmie".
 -¡Escriba!..., o lo mato a golpes.
 Nuevamente, el pendolista aulló de dolor, sintiéndose desfallecer.
 Intentó tomar un bolígrafo que se hallaba a su alcance, pero su mano agarrotada no se cerraba debidamente.
 "Petete" descargó nuevos cintazos sobre su espalda, para luego echarle alcohol proveniente de una botella que halló en la cocina.
 "Jimmie" pensó que el dolor lo desmayaba, también, que su maldita idea no lo llevaría a una consagración literaria de índole iniciática, sino a la muerte, a manos de un idiota transformado en bestia cruel.
 El pendolista, sentía su ritmo cardíaco como en un ejercicio de percusión. No estaba seguro de poder seguir resistiendo la tortura.
 -Escriba.
 Escuchó nuevamente.
 Intentó hablar, para solo emitir un sonido ahogado, pleno de terror.
 Con las fuerzas otorgadas por la desesperación, recomenzó su tarea, aunque la escritura se había convertido en un garabato oscuro e inentendible.
 Consideró milagroso haber llegado a la hora séptima, mientras se masajeaba la muñeca afectada durante los cinco minutos de descanso, dándose ánimo ante el hecho de que solo debía aguantar una hora más, para ser libre nuevamente.
 Con dificultad, prosiguió plasmando el garabato incoherente tanto en trazo como en sustancia
 El sufrimiento había fusionado sus ideas en una nebulosa carente de significados, que era referida en esa grafía demencial.
 Sabía que su opus magnum literaria, había degenerado en trazos inconexos a los efectos de sobrevivir a un verdugo descontrolado.
 Fui yo quién lo generó..., pensó horrorizado.
 Mi verdadera obra, mi legado a la historia de la expresión humanista, es mi propia imbecilidad..., adosó a sus pensamientos.
 Llevaba siete horas y media privado de su libertad, cuando "Petete" se le acercó por primera vez para observar lo que escribía.
  Tomó con brusquedad el cuaderno espiralado de 84 páginas, para determinar que prácticamente todo el texto era un galimatías indiscernible, en el que las letras fueron reemplazadas por trazos convulsos de arbitraria significación.
 Si bien el individuo beneficiado por la libertad condicional no era aventajado en la lectoescritura, pudo descifrar que esas semblanzas descriptivas, donde Zoroastro y Moisés se intercambiaban confidencias astrales perseguidos por corrientes energéticas innominadas, portadoras de inteligencia, no era otra cosa que una gran estupidez que a su vez confluía en trazos desarticulados, carentes de entidad como letras.
 "Petete" miró detenidamente al viejito tembloroso en el que se había convertido el pendolista. Luego de unos segundos, le dijo...
 -Vd. no escribe una obra totalizadora,  como me mencionó, Vd. escribe un mamotreto infame que se mixtura con trazos ilegibles.
 Luego de esta frase, procedió a amordazar al escritor cautivo con un pañuelo roñoso. -Vd. me engaña...y también engaña al resto de sus contemporáneos y a la posteridad.
 Cuando "Jimmie" observó que "Petete" encendía un cigarrillo y avivaba la brasa muy cerca suyo, comprendió el error fatal que cometió al intentar escribir bajo presión.
 ¡Cuanto más satisfactorio me hubiera resultado seguir escribiendo en prisión!..., pensó e intentó retomar una narración y una caligrafía que se habían alterado hasta lo demencial, mientras su carne ardía y no podía gritar tanto horror, debido al trapo lleno de mocos ajenos que cubría su boca.
 Con los ojos como si estallaran en sus órbitas, comprendió que las ocho horas convenidas no serían el final de los apremios, ahora aplicados con la punta ígnea del cigarrillo sobre su piel.
 Su atormentador, era quién establecía el tiempo de una situación ya dislocada de todo encuadre referencial.
 Roberto Belisario Armieto ª"Jimmie el Pendolista", se asumía solo como un guiñapo al servicio de una obra tan ficticia, como la expresión trascendente que hacía ya más de ocho horas quiso obligarse a ficcionar.
 Bajó los brazos, implorándole a un dios en el que nunca creyó, el infarto salvador.

                                                                  FIN