lunes, 25 de julio de 2011

Luego de aproximadamente...

dos meses y una semana, reanudo la actividad en este blog, estimados lectores y lectoras, o viceversa, para comenzar la transcripción al mismo del libro Mas allá de la Zeta, que sucede al que titula el presente blog.
 Al margen, respecto a una noticia de actualidad internacional...
¿Como pudo el multiple homicida noruego practicar su acción letal durante hora y media, sin que nadie diera aviso por celular a las autoridades?...
¿No había señal en esa isla?...
Extraño.
Volviendo a la ficción, los invito a abordar la lectura de la siguiente pieza de narrativa breve.

                                                        EL VIGÍA SOLITARIO

Las instrucciones eran estrictas:
A tiro de flecha, parapetado en su posición de altura inexpugnable, debía abatir a todo aquel que viera avanzar sobre el sendero ascendente.
 Sabía que él solo podía detener un ejercito.
 Si las flechas se acabaran y aun quedaran invasores vivos-por ser mas numerosos que las mismas, dado que sus cualidades como arquero se hallaban fuera de toda duda-disponía de un sistema de piedras superpuestas capaz de generar aludes.
 Pero no fue elegido para su función solo por sus habilidades guerreras.
Lo militar y lo sacro, se aunaban y complementaban en el Tawantinsuyu.
Poseer un total control sobre su naturaleza humana, era una de las condiciones del elegido, dado que debería soportar la soledad mas absoluta durante un lapso indeterminado.
 Su alimentación provenía de una pequeña plantación aterrazada de papa y quinoa, mientras que el agua, de un manantial de altura.
 También criaba cuises, en una especie de corral de entramado vegetal ceñido.
 Su vestimenta, consistente en algunas mudas de prendas de algodón y lana de alpaca, le alcanzaba para soportar el calor o el implacable frió andino. Siempre dormía en forma entrecortada, su oído y su vista aguzados para percibir cualquier lejano indicio de presencia ajena, aun resguardado de los temporales en su refugio cavernoso, donde no le faltaba combustible y yesca para hacer fuego.
 Tenía mucho tiempo libre para subsanar los deterioros de sus prendas y armas, de sus sandalias, así como los de su cobijo.
 ¿Que custodiaba?...
 No lo sabía.
 Algo que se hallaba más arriba.
 Existía otro camino ascendente, pero le estaba vedado aproximarse.
 Solo lo miraba de lejos, pensando que quizás otro vigía solitario, se hallaba allí, en su misma situación.
 Siendo un hombre joven y sano, al comienzo le resultó difícil la falta de mujer.
 Pero su mano derecha lo ayudó a paliar ese hambre.
 Con su simiente, untaba el duro pedernal de las flechas.
 Como no se derramaba en el húmedo hueco de la hembra, serviría para consagrar la penetración de todo enemigo con su esencia, aun seca sobre la punta pétrea.
 ¿Cuánto tiempo llevaba allí?...
 Lo ignoraba.
 Perdió la cuenta de los días al olvidarse de hacer muescas en una roca.
 Muchas lunas.
 Soportó tempestades y sequías.
 Vio incendios en laderas lejanas, estrellas fugaces, el majestuoso vuelo del cóndor...
 Cierta vez, creyó distinguir a gran distancia un cortejo sacrificial.
 Esa noche y las que la siguieron, lo asolaron sueños inquietantes de portentos y muerte; se despertaba agitado, aferrando sus armas.
 Comprendió que la presencia de los demás, aun entrevista o imaginada, le resultaba nociva.
 El no necesitaba a nadie, le bastaba el recuerdo de como era una mujer.
 Su servicio atento, su condición de guardián investido de magnos secretos, colmaba su vida de satisfacción. Solo dos veces, debió proceder: mató a flechazos a quienes ascendían dificultosamente. Sonrió, pensando que quizás venían a relevarlo de su dura vigilancia.

                                                                FIN



martes, 26 de abril de 2011

¿Se acuerdan del Parque Retiro?...

Los invito a leer:

                                            LA VENGANZA DE PEDROZA

El Parque Retiro de los '50...
Noche sabatina.
Obvias muchachas aún no llamadas empleadas domésticas, que transmutaron el franco del jueves.
Olor a fritanga mezclada con fluidos eléctricos.
Tipos torvos con sombrero.
Rostros de morochos que debían realzar su masculinidad desde lo gestual.
Muchachos en grupo y hombres solos, quizás acompañados por un dolor al que se le debía evitar evidenciarse.
Aunque esto resultaba muy difícil.
Esta noche no pelean Prada y Gatica...¿Cuándo es la próxima de Cirilo Gil?...
El peronismo cobija...
¿Pero la frazada social basta para el frío de los que sufren, porque ser humano implica pasiones y memoria proyectadas?...
 Dejémonos de joder pensando pavadas, dijo Paiva en un susurro, para si mismo, mirando a la deslucida mujer que le ofrecía tirar al blanco y ganar un florero de vidrio pintado.
Un tipo fuerte, Paiva, musculoso estibador tucumano afincado en Buenos Aires.
Trabajador del puerto.
El Parque Retiro le otorga la suma sensorial que necesita para cubrir un sábado solitario.
Hay mucha electricidad en el ambiente...,piensa.
Por otra parte, la cuota de gloria que espera obtener de sus compañeros, le disminuye esa nostalgia de cerros y cañaverales que tantas veces lo embarga, así como vela en su mente el recuerdo del rostro de ella suplicándole que no le pegue más.
Basta..., se dice a sí mismo.
Pasa la mano por su peinado con brillantina, como para constatar que sigue prolijo y se ajusta la corbata finita de luto (hace seis meses que murió Evita).
Paiva es el campeón de los volteadores del muñeco Pedroza, engendro de goma al que solo una certera trompada en el mentón puede derribar.
Se apuesta cerveza y vino con los compañeros estibadores, también algunos mangos, pero lo que vale es la gloria...
Las palmadas de reconocimiento...
El sentir que lo quieren.


Ya están los cuatro esperándolo en el puesto junto a Luisito, el viejo que lo atiende, siempre con el Saratoga colgando de sus labios.
Lo abrazan con la efusión viril de los hombres rudos; le dan la mano con apretones que podrían quebrar huesos.
Como siempre, una treintena de curiosos rodean el puesto.
-Vamos, Paiva, van dos pingüinos de tinto a que esta noche no podes con él...
-Se toma la apuesta.
-Una fragata, Paiva...
Le llamó la atención la apuesta del pibe González; mil mangos era mucha guita.
-Se acepta.
Ni se quitó el saco oscuro ya brilloso por el uso.
Se ubicó frente al muñeco Pedroza sabiendo donde debía golpear. Él lo visualizaba como si fuera de carne y hueso: un oligarca contrera o la personificación de su memoria malsana recurrente.
Pegaba con odio...y hasta le parecía que el monigote inexpresivo lo sabía.
Por cábala, se atuzó el bigote finito.
La trompada fue poderosa, pero el dolor le hizo saber que se quebró la mano y que golpeó contra un pedazo de fierro.
Las carcajadas de cincuenta individuos le resultaron oprobiosas.
Perdiste..., le decían.
Los hijos de puta arreglaron a Luisito y le insertaron un fierro al muñeco, pensó.
Tenía ganas de matarlos, pero, aunque le parecía inconcebible, comenzó a lagrimear.
¡Era maricón!..., gritó uno.
Cincuenta gargantas al unísono  lo siguieron...
¡Maricón!...¡Maricón!...
Hasta el chileno al que creía su amigo, le gritó...
-¡Cabro culeao!...
¿Como explicarles que su dolor superaba los nudillos destrozados, la gloria ya extinguida y se entreveraba con una vergüenza muy anterior a esta?...
De todos modos, un deseo de ejercer violencia parecía pedirle consumación; con la diestra ensangrentada buscó la sevillana en un bolsillo del saco y pensó en el viejo como la primera víctima.
No la encontró, solo halló un escarbadientes que no se había deslizado por el forro agujereado del bolsillo.
Vio al muñeco Pedroza erguido, como irradiando una extraña dignidad.
Los mocos le caían sobre las solapas del saco como galardones de deshonra.
¡Maricón!...¡Maricón!...
Cada vez eran más los que gritaban.
¿Y si lo era?..., pensó con estupor.

                                                              FIN

martes, 19 de abril de 2011

Recuerdo un libro del celebre sociólogo de los '60, Vance Packard, titulado...

La jungla del sexo. Creo entender, como supongo el común denominador de los mortales, el sentido del titulo y sus concomitancias con la depredación, pero..., por favor, los invito a leer la siguiente pieza de narrativa que estimo puede tener que ver con el asunto.


                                                           CONTROL GENERACIONAL

Muy sucintamente...
El barrio no era precario, pero sí de chata factura.
El individuo se solazaba observando tres fotos de mujeres.
Una aparentaba cincuenta y siete o cincuenta y ocho años, la otra unos cuarenta y la tercera alrededor de veinte.
Su rostro de rasgos eslavos, enmarcado por una abundante melena rubia, era ornado por una sonrisa de satisfacción.
-Tres generaciones...
Me cogí a la abuela, a la hija y a la nieta...
Salud...
Vació el contenido que quedaba en la botella de cerveza por el pico. Se regocijó con tan buenos momentos.
El espejo en el que se observaba le devolvió una mirada de treintañero suburbano, quizás seductor.
Su sonrisa se amplió aún más.
Pensó...
No soy ni super fachero ni super dotado, pero desde chico me planteé desafíos...
Manipuló las fotos.
A Mara la conocí en la bailanta: cuarenta y un años, separada, calentona...,fácil.
Iba a su casa y un día estaba la madre; me la gané con el tema de arreglarle el calefón. No se lo digas a Mara, me dijo.
Sonríó.
Le arreglé todo a Martha, incluso su atraso de un verdadero hombre.
Era evidente que la satisfacción lo embargaba.
Con Natalia fue otra cosa...
La nena de veintidós años vive con su padre y quería joder a la madre.
Ella me buscó a mí.
De alguna manera ubicó mi celular y todo fue sencillo.
Tres generaciones unidas por mi lechita..., pero nunca me imaginé lo de la bisabuela de Nati.
Ese es mi desafío..., dijo en voz alta, para si mismo.
Debo apurarme porque tiene setenta y tantos bien largos...,agregó.
Pensó en los pormenores del asunto: la dirección ya la tengo, porque Nati la ve seguido y le dijo que iría un service de confianza a revisarle la estufa que le funciona mal; la nena me quiere ayudar en mi trabajo de gasista no matriculado.
Cuatro generaciones..., enunció ante el espejo.
Un récord para la Guía Guiness..., me siento inmortal.
Recapacitó.
Pero debo concretarlo...


La casa se hallaba en el tercer o cuarto cordón del GBA, casi campo.
El técnico llegó con su Duna y estacionó en la calle de tierra.
Espero que no me lo afanen, pensó.
No hay timbre.
Aplaude y llama.
-¡Señora Severina!...¡Señora Severina!...
Lo que vio le resultó catastrófico: una especie de bruja decrépita apoyándose en un bastón, de rostro verrugoso y abotagado.
Lo encaró tras las rejas del raquítico jardín.
-Documento..., le dijo.
El hombre se lo entregó, mientras musitaba...
Va a resultar imposible...
Con esta bruja anciana no me motivo ni con la promesa de un millón de dólares en efectivo.
La mujer revisó el documento de identidad minuciosamente. Satisfecha de la inspección, le habló.
-Gildsik, Darío...
Pase. Es el nombre que me dijo mi bisnieta.
Antes de arreglarme la estufa quiero un presupuesto; afine el lápiz.
Se desplaza con manifiesta dificultad.
¿Fractura de cadera mal soldada?..., piensa el técnico.
Su aspecto le resulta horrible y deprimente.
Ni hablar de seducirla: jamás lograría una erección.
-Aquí está la estufa.
Le dijo la mujer.
Del año del pedo..., piensa Gildzik, gracias que tiene tiro balanceado.
La señora Severina le habló.
-Natalia me dijo que usted es conocido de Mara...¿También conoce a Martha?...
-No.
Le contestó con parquedad.
La pregunta le llamó la atención.
Desplegó dos o tres herramientas y se dispuso a trabajar, pesimamente predispuesto. No vino para esto.
-¿Un cafecito?...
La mujer ya se lo trajo servido.
-No, gracias.
Le contesta contrariado. Solo deseaba irse del lugar y alejarse de la vieja, que además olía a algo rancio, pútrido.
-Vamos, hombre, que hace frío..., insistió la bisabuela de Natalia.
-Bueno..., aceptó por compromiso, ya que se consideraba un individuo bien educado.
Asqueado, bebió la infusión en un par de sorbos y se dedicó a lo suyo. Le pareció tan repugnante como la anciana.
En menos de quince minutos comenzó a sentir que se desvanecía.
La llave inglesa cayó de su mano y quedó tendido en el piso de deslucidas baldosas.


Con pavor, detectó hallarse boca arriba sobre una vetusta cama de dos plazas, estaqueado fuertemente a los extremos.
Hizo fuerza para liberarse y sintió el dolor producido por las ataduras.
Quiso gritar y no pudo: la mordaza de cinta plástica solo le permitió emitir sonidos guturales.
Se hallaba desnudo y la almohada elevada le permitía ver su pene, completamente flácido.
La vieja se acercó sin ropas, munida de un bastón tan nudoso como sus extremidades.
Los senos, colgando marchitos como odres vacíos.
Encorvada por la escoliosis.
El espectáculo de la decrepitud en todo su esplendor.
Le habló en un tono casi impersonal.
-Tu abuelo era Lazlo Gildzik, el que mancilló mi reputación en Chañar Ladeado en el '46, al cumplir mis quince años.
Cuando Natalia me dijo tú apellido supuse que descendías de él: no es un apellido común.
Yo maldije a tu abuelo hasta la última generación, que quizás sos vos...
¿Sabías que murió carbonizado en un raro accidente?...
Darío no pudo controlar su terror y comenzó a mearse.
Lo sabía, aunque no conoció a su abuelo paterno.
Pero distinguió un bidón rotulado como kerosene y una caja de fósforos.
La vieja, se le aproximó mientras hablaba con tono amenazador.
-Vos ya no podes manchar mi reputación y me vas a dar mucho placer...
Antes voy a lavar tu meada y...mejor que se te pare..., vas a tener que demostrarme que sos como tu abuelo.
¡Ese sí que era un macho!...
¿No serás maricón vos?...
Darío Gildzik supo que nunca accedería a la cuarta generación seducida, que en este caso era la primera, mientras maldecía interiormente a su abuelo.
Cuando ella estuvo a su lado, rogó en silencio...
Dios mio, haz que mi corazón se detenga ya...
Sintió que lo envolvía una vahada de aliento fétido, a la vez, que a su miembro no se lo levantaban ni con un guinche.
 Observó con pavor, como la anciana desnuda dejaba de chupárselo, para dirigir la mirada hacia el recipiente cuyo contenido era el líquido inflamable.

                                                                                FIN

domingo, 27 de marzo de 2011

Sabemos que existen individuos que practican...

algo así como religiones personales. Algunos las extreman y se convierten en autofundamentalistas. Muchos de estos sistemas filosófico-religiosos, desaparecen junto con sus íntimos cultores.
Sras. y sres., los invito a leer la siguiente pieza de narrativa breve, muy breve, que pertenece al libro de marras(que titula el presente blog).

                                                 YO, EL PIRÓMANO

Sabe que sus pensamientos no son lo que se dice edificantes y lo disfruta:
"Incendié dos veces la Reserva Ecológica, en tres oportunidades inicié focos de incendio en los bosques de Palermo y Pereyra Iraola.
Los autos a los que les arrojé molotovs suman media docena, incluyendo alguna 4x4...
No fui descubierto.
Adoro el fuego.
Aplico la purificación ígnea y la reducción a cenizas de seres y bienes, por que la materia es la fuente emisora del mal, mientras que el fuego, vehículo de extinción del mismo. Mi arma, en este combate cósmico.
Simpatizo con la quema de libros...
Hasta con la Inquisición..., aunque recién hoy me atreveré con los humanos, mis desnaturalizados congéneres."
Siguió conduciendo su vieja pick-up carrozada, con seis bidones de combustible en el compartimiento trasero, rotulados como desinfectante.
La ciudad a la que se dirigía para realizar la acción que se había propuesto, era Dolores-Provincia de Buenos Aires.
Pero 200 km. en un día estival con temperaturas cercanas a los 35º, sin adecuada protección antiestática, culminaron en una tremenda explosión.
En una fracción de segundo, el individuo comprendió con amargura y terror su fracaso y destino inevitable:
Convertirse en una tea humana de dificultoso reconocimiento forense, dado que el también era materia y estaba tan de más como todo lo que incendiaba.

                                                                    FIN

domingo, 13 de marzo de 2011

Los sex shops se han difundido con fuerza en las últimas décadas...

¿Son confiables?...
Les recomiendo leer la siguiente pieza de narrativa breve que pertenece al libro que titula el blog.
Se denomina:

                                                            SEX SHOP
"¿Qué puede llevar a un individuo a comprarse una muñeca con fines sexuales?...
En fin, dejémosle esto a los sexólogos, pero en el caso de este tipo el motivo es muy claro:
Su tendencia a la necrofilia, a penetrar carne muerta.
No puede o no se atreve a acceder a la misma en términos reales", interpreta el vendedor del sex shop, que se involucra en los gustos de sus clientes solo hasta hallar lo que estos quieren.
Hombre de consolidada edad madura, le dice a sus amigos refiriéndose a su clientela:
-Por mí pueden hacer de su pito un culo y del forro de sus pelotas una tabaquera...
No vendía muchas muñecas inflables, por eso se sintió satisfecho cuando cerró la venta con un comprador que adquirió el modelo Luxury, de vagina prensil.
El argumento del cierre de la operación fue el siguiente:"siempre virgen".
Se adapta al miembro que la penetra y configura su diámetro de modo envolvente. Placer garantizado.
El comprador se fue con su adquisición, envalada en una caja en la que nadie repararía.

El tipo no puede sacar su pene de la muñeca.
Ya está flácido, pero la vagina inanimada lo ciñe como un anillo de hierro.
Rigor mortis..., piensa.
Esto le motiva una nueva erección y eyacula nuevamente.

Ya es terror, nada de placer.
Ha despedazado a la muñeca, pero la vagina artificial está estrangulando su miembro: lo está emasculando.
El sujeto grita atrozmente, ya sin cuidarse de los vecinos; pierde el conocimiento entre espasmos de dolor.

El vendedor del sex shop recibe un llamado del importador de las muñecas:
-(...), me llamaron desde Beijing para que las retire del mercado por un defecto de fabricación. Se las paso a buscar, le devuelvo su dinero y le doy un plus del 20% por las molestias ocasionadas. ¿Vendió alguna?...
En segundos, el vendedor pensó una pequeña argucia ventajosa:
-No, pero faltaba una en la entrega, ya le iba a avisar...
-Ningún problema, le agregó en la devolución el importe de la que pagó de más...
El vendedor concluye la comunicación más que satisfecho. Musita para sí:
Al final, es como si hubiera vendido dos.
¡Soy un gran comerciante!...el pajero que compró la defectuosa no creo que reclame porque le daría vergüenza.

                                                                       FIN

miércoles, 9 de marzo de 2011

Pienso que a pesar de que pueda vulnerar...

fuentes de trabajo, el sticker colocado en algunos bares impidiendo la entrada de vendedores ambulantes, puede ser conveniente.
Los invito a leer la siguiente pieza de narrativa breve que integra el libro que titula el blog.


                                           PROHIBIDA LA VENTA AMBULANTE

El fornido vendedor ambulante circulaba entre las mesas del bar, con un bolso terciado sobre la campera, ropa limpia y ademanes amables.
-¿Lo conocés?...
Le preguntó el adicionista a uno de los mozos.
-Nunca lo vi.
-Entonces, rajalo.Mostrale el cartel en la puerta.
El autoadhesivo indica: PROHIBIDA LA VENTA AMBULANTE EN EL LOCAL
El mozo cumple con la indicación.
"Esta bien, ya me voy", le contesta el vendedor.
El mozo se encogió de hombros y se dirigió a atender un pedido.
El vendedor, retiró la mercadería dejada en tres o cuatro mesas y dejó el local.
Pero omitió llevarse el articulo dejado en la mesa de un individuo, concentrado en la revisión de una carpeta con facturas.
El hombre, de unos cincuenta años y aspecto formal, tardó unos minutos en reparar en el objeto esférico que se hallaba sobre su mesa.
Comprendió que se trataba de un olvido del vendedor, al que no le prestó ninguna atención durante el ofrecimiento del producto.
Le intrigó cual podía ser el uso de la esfera plástica, pero se hallaba apurado. Decidió guardarse la obvia chuchería en un bolsillo del sobretodo que se colocó al salir.
Solo en su despacho, en plena jornada de trabajo jerárquico, la fugaz distensión de una pausa para beber café le hace recordar el objeto.
Extrae la esfera plástica del sobretodo, colgado en un perchero Thonet.
La recordaba amarilla:
Ahora es roja.
No es de hablar en voz alta estando solo, pero dice para sí mismo:
-Era amarilla...
Ahora tocarla le provoca una desagradable impresión.
Distingue que está compuesta por dos mitades unidas mediante un sistema de rosca.
-Era amarilla, repite como para convencerse de que no desvaría.
Desenrosca las mitades.
Una figurilla indescifrable, que le recordó las de los chocolates Kinder que le compra a sus hijos, pero en versión asquerosamente malsana, cae sobre su escritorio.
El hombre suelta las semiesferas y se lleva las manos a la garganta como si quisiera expandirla, buscando aire.
Sale de su despacho boqueando agónicamente, ante el horror del personal.
De inmediato, parece derrumbarse sobre el piso, su rostro congestionado contra la moquette.


Mientras dos paramédicos se llevan en una camilla el cuerpo tapado por una sábana, un empleado le pregunta a la llorosa secretaria:
-¿Fue un infarto?...
-Edema de glotis. Se asfixió..., contesta la joven entre sollozos.
-¿Por que le pasó?...
La secretaria hace un gesto de desconocimiento.
Sobre el piso del despacho de quien había sido su jefe, se hayan esparcidas las dos mitades de la esfera roja.
Donde estuvo la figurilla, el cristal del escritorio muestra una significativa mancha que parece diluirse, pero aún conserva un llamativo color amarillo.

                                                                     FIN

viernes, 25 de febrero de 2011

No voy a efectuar comentario alguno...

sobre la siguiente pieza de narrativa breve que se haya incluida en el libro que titula este blog.
Si son tan amables, léanla.

                                                    PELIGRO INFLAMABLE

El hombre joven, de semblante distendido y buen aspecto general, caminaba por una calle del microcentro al anochecer.
Salió mas tarde de lo habitual de su trabajo en la zona.
El mínimo tráfico automotor y peatonal que se registra a esas horas, le provoca una agradable percepción, en su contraste con el afiebrado movimiento diurno.
Cartoneros efectuando su tarea, jóvenes oficinistas que se retrasaron en un pub, alguna puta rumbo vaya a saber donde.
Escucha diálogos perdidos en el contexto ambiental poco ruidoso, comparado con lo que sería en otro horario.
Repara en una pareja que camina delante.
El tipo es de mediana edad y usa un traje de buen corte, que le cae bien de espaldas. Su estampa tiene algo de lo que en otra época se denominaba varonil.
Ella parece más joven, vista de atrás revela un cuerpo atractivo, buenas piernas descubiertas por una mini; dan ganas de verle el rostro.
Súbitamente, el hombre comienza a agitar sus brazos en grotescos aspavientos.
Los mueve como si realizara una gimnasia delirante, mientras camina al lado de la chica.
Los escasos peatones se dan vuelta sorprendidos.
Un cartonero le dice a otro:
-"Mira a ese boludo".
El hombre que salió tarde de su trabajo, se detiene en la esquina, porque la pareja se encaminó por una calle lateral.
A unos treinta metros adelante, ella detiene un taxi y asciende rápidamente.
El tipo sigue con sus aspavientos espasmódicos, combinados ahora con bruscas rotaciones de cintura.
Quien lo observa, distingue que el hombre sujeta con la diestra un delgado portafolios algo demodeé, como un cartapacio.
Decide acercarse por razones que mezclan la curiosidad con cierta corrección solidaria: puede que los movimientos descoordinados del hombre revelen algo patológico que requiera ayuda.
El taxi que abordó la mujer gira en la primera esquina.
Los aspavientos se aceleran hasta un nivel parecido al trance.
Quien decidió ayudarle se halla a diez metros, cuando el hombre se convierte-de modo que podría denominarse espontáneo-en una figura de fuego que recuerda a los monigotes que se hacen arder por razones políticas o costumbristas.
Horrorizado, el individuo algo solidario no repara en que el taxi dio la vuelta y se detuvo al lado del incinerado, mientras la joven que lo acompañaba registra lo que ocurre con una filmadora de última generación.
Solo desvía la mirada del suceso, cuando la repentina aceleración del taxi lo sustrae de esa instancia casi hipnótica, de ver consumirse al hombre como si se hallara en una pira de tremenda potencia calórica.
El testigo se halla como paralizado a la vera del montículo de cenizas.
Escucha que se acercan vehículos con sirenas.
Observa que entre los restos calcinados del portafolios, asoma un antiguo cartel enlozado de reducidas dimensiones, con una inscripción chamuscada pero enteramente legible:
                                                            PELIGRO INFLAMABLE

                                                                           FIN