jueves, 17 de septiembre de 2015

EL OCASO SE ENCIENDE

 -Nunca tendrás un macho que por vos se haga chorro...
 Le dijo Valentín, parafraseando el poema de Carlos de la Pua que ella no conocía, mientras la lluvia profusa repiqueteaba contra el ventanal.
 Daisy sonrió, poniendo en evidencia el albor de su dentadura perfecta, los hoyuelos que se formaban en sus mejillas y la plenitud de esa imagen facial que generaba fascinación en el hombre; más aún, lo obsesionaba.
 Morena, de cabello largo recogido en un elaborado rodete, de formas rotundas y baja estatura, la mujer se había convertido para Valentín en una gloria distante; en un tesoro carnal al que solo consideraba poder acceder, exponiéndose por ella a situaciones que otros no podrían emular.
 Daisy, nacida en Villa Rita, Paraguay, era totalmente ajena a las inquietudes del caballero, que le resultaban obra del desvarío y a las que respondía con risueño desdén.
 En buena medida, le parecía graciosa la pasión de Valentín hacia su persona. Esa insistencia que semejaba superar la mera carnalidad, para proyectarse en lo que ella entendía por enamoramiento.
 En este caso, no correspondido por las manifiestas inequivalencias entre ambos, marcadas a partir de la diferencia de edad.
 Pero lo humorístico, se interrumpió cuando el octogenario postrado, le exhibió la cadenita de oro de Mirta, propietaria del geriátrico, para luego ofrecérsela como el obsequio de un galán a la diva que anhela seducir.
 Daisy, auxiliar del establecimiento sin ningún título habilitante, reconoció con estupor la joya más preciada de su patrona, recuerdo de la madre fallecida una década atrás.
 ¿ Como la tiene él ?..., fue su pensamiento inicial, al ver refulgir la alhaja en la diestra deformada por la artritis de Valentín, pensionado de la residencia para adultos mayores desde hacía un par de años y receptivo de escasas visitas familiares.
 La muchacha, recordó lo que le había dicho el viejo minutos antes.
 La robó..., dedujo, mientras se dirigió con premura al cuarto designado pomposamente como ADMINISTRACIÓN, de acuerdo al cartel sujeto con cinta scotch a la puerta.
 Golpeó dos veces, tal como establecían las directivas de Mirta al respecto. Al no obtener respuesta, ingresó mientras solicitaba permiso.
 En el interior de la habitación, el cuerpo yacente de Mirta -su cabeza rodeada por un charco de sangre- parecía exponer un cuadro de muerte violenta propio de manual forense.
 La mató para robarle la cadenita..., fue la inmediata conclusión de Daisy, horrorizada por lo que veía, antes de emitir un grito destemplado que se impuso sobre el sonido de la lluvia, al golpetear los cristales con intensidad de temporal.
 Al lado de Mirta, una maza de hierro, seguramente propiedad de los albañiles que estaban construyendo un nuevo baño, evidenciaba que el autor del hecho no se preocupó en ocultar el arma empleada.
 La joven, con mano temblorosa llamó al 911, cuando escuchó la voz cascada de Valentín, al que dejó en la silla de ruedas que no podía abandonar...
 -¡Lo hice por vos, Daisy!...¡Me mandé una macana por tu amor!...


 El comisario de la PFA Federico N. Berroni, tenía todo claro.
 El anciano que se hallaba en silla de ruedas ante su presencia, era autoconfeso.
 Había aprovechado una citación de la occisa, Mirta Berdiales, argentina nativa, 58 años, divorciada, que se produjo en el despacho de la señora, para blandir arma impropia -la maza, circunstancialmente a su alcance- y hundirle la base del cráneo.
 Tal como mencionó el homicida, actuó cuando Berdiales se situó próxima a su alcance, al recoger el documento que le había hecho firmar previamente, convirtiéndola en apoderada de su jubilación y pensión.
 Ella le había informado que el motivo, era el atraso en los pagos que registraba el sobrino que lo tenía a cargo.
 Luego del golpe mortal propinado con alevosía, el geronte sujetó a la víctima para desprenderle la cadena de oro que llevaba al cuello y proceder al robo de la pieza.
 De todos modos, a pesar de que el caso estaba resuelto, no pudo resistirse a preguntarle a Valentín Carranza, 86 años, nacido en Valladolid, España, naturalizado argentino, porqué cometió un acto de tal gravedad.
 El comisario, ya había constatado la carencia de antecedentes penales del autor del hecho, así como que en su ficha médica no se mencionaba la demencia senil.
 Mostrándose resignado, como si visualizara ese impulso que perdió a muchos de su generación, Don Valentín habló en tono humilde, entregado a la desgracia de una pulsión tantas veces maldita...
 -Porque un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes...


                                                                      FIN


lunes, 31 de agosto de 2015

¿ LO DE SIEMPRE ?...

 Tony, comenzó a preparar la Caipiroska, sin esperar la respuesta del parroquiano acodado en la barra.
 Sabía que la pregunta era un mero formulismo.
 Desde hacía más de un año, ese cliente solo bebía el cóctel mencionado repetido tres veces, todos los viernes, entre las nueve y media y las once de la noche.
 Invariablemente, como si obedeciera a una prescripción religiosa.
 Nunca hablaba. Las primeras veces que concurrió al establecimiento, señalaba la bebida en una cartilla promocional que se hallaba a su alcance.
 Tampoco consumía los snacks que acompañaban al trago. Palitos salados, papas fritas, trocitos de queso y salchichitas calientes, quedaban abandonados en el triolet copetinero como un componente superfluo, para ese bebedor semanal al que en el bar céntrico, apodaban "el mudo".
 Es que el individuo que respondía al apelativo parecía carecer de habla, además de ser marcadamente inexpresivo en su actitud comunicacional.
 Sentado ante el vaso, parecía ensimismado, ajeno a todo lo circundante, solo concentrado en beber una Capiroska cada treinta minutos, hacer el gesto de pedido de adición, abonar con una discreta propina y retirarse.
 Por supuesto, dado que su comportamiento no importunaba a nadie, los mozos y el encargado del local no reparaban demasiado en su presencia, lo mismo que el barman, que lo servía de modo casi automático.
 Por otra parte, el sujeto era difícil de definir en su rango etario, sociocultural y económico. Su modo de vestir, era ampliamente variado a pesar de lo standard y nunca exhibía accesorios que pudieran demostrar un determinado nivel social; de todos modos, a ningún integrante del staff del bar le interesaba averiguar algo sobre esa persona, que parecía inmersa en una acentuada desconexión.
 Cuando Tony le acercó el usual tercer vaso, lo que implicaba la última media hora de permanencia, notó algo ajeno a lo de siempre.
 Quizás por algún movimiento no previsto, la remera con escote en v que vestía el hombre, se había desplazado y dejaba a la vista indisimulables electrodos, un visor aparentemente plástico ubicado sobre el plexo, así como partes metálicas expuestas donde debería haber carne.
 Como si hubiera detectado que un error, centró la atención del bartender en su aspecto, se incorporó, pagó con tres billetes sin esperar el vuelto y se dirigió hacia la salida con paso ágil.
 Próximo a la calle, volvió sobre sus pasos para beber de un trago la tercera Caipiroska y partió definitivamente.
 Tony, asombrado por el descubrimiento, lo siguió con premura.
 Pudo ver como lo elevaban, mediante una plataforma similar a la que se emplea en algunos colectivos para el ascenso de las sillas de ruedas, a una Trafic negra -furgón- estacionada en doble fila con el motor en marcha.
 El bebedor parecía rígido, como despojado de voluntad autónoma.
 Absorto, Tony observó la rauda partida del vehículo, que giró en la primera esquina habilitada.

 El viernes siguiente, "el mudo" no se presentó en el bar.
 A este suceso singular, se adosó el sorpresivo telegrama de renuncia de Tony, quién, a su vez, desapareció de los lugares que solía frecuentar. Familiares y amigos del barman, efectuaron la denuncia correspondiente.
 Uno de los mozos, reemplazó provisoriamente a Tony en la barra. Pero cuando un hombre de mediana edad y traza correcta, se acomodó frente a la misma y solicitó una Caipiroska mediante el diseño impreso en la cartilla, el camarero decidió consultar al encargado que se hallaba en la cocina.
 De inmediato, ambos se acercaron a la barra: el cliente ya no estaba.
 Corrieron a la calle..., pero no vieron nada diferente a lo de siempre.



                                                                FIN


martes, 25 de agosto de 2015

EL CAMIONERO Y LA DICHA

                                             Sos un tipo destartalado
                                             que no tiene salvación
                                             Sos un tipo maltratado
                                             por la vida y el amor
 La música estridente, potenciaba la letra de esa marchita desconocida que le martillaba los oídos, desde la radio con amplificador ubicada en un extremo del salón.
 Benigno Ortega, daba cuenta de su desayuno compuesto por café con leche y ensaimada, en ese parador de la ruta, junto a otros camioneros dispersos.
 Una copita de caña, también formaba parte de esa ingesta temprana.
 El estribillo le resultaba ensordecedor, pero no lo suficiente como para tornar ininteligible su texto.
                                               Andá gilún
                                               tiráte a la banquina...
                                               Andá gilún
                                               tiráte a la banquina...
 El ritmo machacón y la letra despectiva le parecían intolerables, aunque una mirada a los demás parroquianos y al de la caja, le evidenció semblantes sonrientes, de complacidos radioescuchas.
                                               Yo que vos 
                                               me abrazo a la botella
                                               Yo que vos
                                               no la busco más a ella
 Pensó en pedirle al patrón que apagara el receptor o cambiara la sintonía, pero rápidamente detuvo su impulso, al considerar que eso lo exhibiría ante los presentes como un otario que se da por aludido.
 Luego del consabido estribillo, la letra seguía ensañándose con el personaje, que interpretó como que podría asimilarse a su persona.
                                                Siempre anduviste 
                                                como gaucho sin el flete
                                                si ganás la lotería
                                                perdiste el billete
 Eso nunca.., Benigno estimó que él no jugaba, porque carecía aún de esa mínima fe triunfal.
                                                Andá gilún...
 Cuando carajo termina esta basura..., dijo en voz muy baja.
                                                No sabés de cariño ni alegría
                                                sos un desastre
                                                amargo
                                                ¡ Una porquería !...
 Ya era insoportable, por lo que se dispuso a pedir la cuenta y volver a su camión, para reanudar el viaje por las poceadas rutas bonaerenses y los caminos vecinales de tierra.
                                                No cabe el amor
                                                en tu corazón
                                                si afilás a una piba
                                                ¡ Hacés un papelón !...
 La canción cesó bruscamente.
 Noticia de último momento..., anunció la voz de un speacker.
 Se interrumpe la transmisión habitual de esta broadcasting, continuó, para informar que Francia y el Reino Unido le han declarado la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia ocurrida anteayer.
 La maldita canción ya no se escucha..., musitó Benigno, con íntimo regocijo.
 La guerra es una tragedia colectiva que empequeñece las individuales y las torna insignificantes, reflexionó.
 Al percibir que disfrutaba un recóndito goce, sonrió levemente.
 Sus pensamientos lo llevaban a estimar, que asistía, de modo informativo, al inicio de un conflicto bélico de alcances insospechados. Quizás sería el brutal generador de felicidades amputadas y horrores nunca vistos.
 Prosiguiendo con sus cavilaciones, estableció que la guerra podría crear multitudes de infelices, que de saber de su existencia, seguramente lo convertirían en motivo de envidia.
 Cuando se percató que los demás lo miraban con cierta severidad, hizo esfuerzos para atenuar la sonrisa que distendía sus labios, en una muestra de satisfacción plena.

                                                                          FIN







                                               

lunes, 3 de agosto de 2015

MOZOS INTERCEPTORES

 Quizás, aprovechó un descuido en el sistema establecido para proceder ante estos casos, una debilidad del mismo o la humana laxitud de disminuir la atención, cuando se trata de actividades cotidianas sin usuales inconvenientes. Lo cierto es que el intruso comenzó a recorrer la elegante confitería palermitana ubicada sobre la avenida Santa Fe, mientras interpelaba a los parroquianos mediante un lenguaje soez.
 Presuntamente, se trataba de un vendedor ambulante que ofrecía su imprecisa propuesta mercantil de modo desconsiderado, pero el aspecto del mismo daba a suponer algo aún más inquietante. Cubierta su testa por la capucha de un jogging oscuro, su rostro aparecía lo suficientemente sombreado, como para acrecentar la mueca desdentada y feroz que era su impronta.
 El individuo, golpeaba las mesas con sus manos plenas de mugre, mientras vociferaba frases aisladas imposibles de descifrar en su significación.
 Los clientes amagaban con protestar, pero la mirada del sujeto les indicaba que ante la locura, la razón se rinde, de no hallarse respaldada por la suficiente fuerza disuasoria.
 La que no se hallaba cerca, dado que los mozos, estaban distribuyendo comandas en el amplio local y los de la caja y el mostrador, no se percataban de lo que ocurría tras un recodo del salón.
 Fernando Bermudez Ciocca, sentado ante un café que no concluyó de beber, percibió el sentimiento de indefensión que suele impregnar la sensibilidad de los cuerdos, cuando detectan que su estructura cartesiana se enfrenta al discurso del orate; a ese esquema, que franqueó los límites del raciocinio y la lógica para exponer la permeabilidad que les cabe.
 Miedo..., pensó el hombre que disfrutaba de la negra infusión en soledad: la locura ajena genera miedo. Es dable interpretar que la propia, también puede producirlo en quién la padece o afronta, agregó a su reflexión.
 Cuando el loco se bajo la capucha y lo miró con fijeza, Fernando entendió que estaba perdido. El insano ya no hablaba, pero su mirada desorbitada parecía expresar un propósito homicida, como si estuviera recibiendo un mandato mental, que lo urgía a proceder a la eliminación de ese desconocido que bebía café.
 Fernando gritó con toda la fuerza que sus pulmones le pudieron proporcionar, por lo que que los mozos abandonaran bandejas y pedidos y concurrieran raudos en su auxilio. Pero a pesar de desplegar un operativo de interceptación del demente, el mismo se escabulló con ligereza y logró acceder a la calle para perderse en el tráfago urbano.
 El encargado del sitio, lo asistió solícito y lo dispensó, debido al mal rato pasado, de abonar la consumición.
 Bermudez Ciocca, se sintió reconfortado por la actitud adoptada por el responsable del establecimiento, que le pareció una muestra de respeto hacia el cliente propia de la época de su niñez y juventud, varias décadas atrás.
 Después de estrechar la mano del hombre que se mostró tan gentil, salió del lugar con el paso cansino que le proporcionaba su artrosis de rodillas de larga data, causa de molestias y dolores al caminar.
 Pero las dificultades para desplazarse, no eran el motivo de su preocupación al retirarse del café, sino el recuerdo de los ojos que estuvieron enfocados en los suyos. Estimó que nunca podría olvidar la mirada del loco, que pareció identificarlo como el objetivo a eliminar a pesar de ser ambos dos desconocidos.
 Su domicilio era cercano, pero una sensación de malestar íntimo, lo motivó a detener el primer taxi libre a su alcance, para que lo trasladara las pocas cuadras que lo separaban de su casa.
 Intentó relajarse durante el breve trayecto, pero el recuerdo de esa mirada de depredador primitivo fija en la suya, pareció trastornarlo y le generó un pavor visceral. Incluso, la descubrió en el espejo retrovisor del vehículo: pertenecía al chofer, que cubrió su cabeza con la capucha del jogging oscuro que vestía y aceleró la marcha del automóvil pintado de amarillo y negro.
 Bermudez Ciocca, pasó ante su casa sin que el conductor finalizara el viaje. De nada valieron sus gritos y amenazas de denuncia.
 Cuando intentó obligarlo a detenerse propinándole golpes, no llegó a aplicar siquiera el primero, porque los ojos a través del espejo lo inmovilizaron como la cobra al pequeño roedor, quitándole la voluntad de proceder.
 El tipo no habló en ningún momento, pero si evidenció un rudimento de sonrisa en su boca desdentada.
 Fue cuando Bermudez Ciocca, intentó en su desesperación arrojarse del auto en marcha, para descubrir que las puertas se hallaban trabadas sin que pudiera abrirlas.
 También sonrió cuando con un manotazo, hizo volar el celular del pasajero que se disponía a solicitar ayuda, mientras la otra mano siguió aferrada al volante.
 Cuando el agredido sintió que su ánimo de resistir comenzaba a flaquear, así como su corazón a palpitar descoordinadamente, lo que a su edad podría implicar riesgo cardíaco, el conductor del taxi viró hasta retomar el camino ya andado.
 Al poco tiempo, se detuvo ante su casa, en la vereda de enfrente.
 Fernando escuchó el sonido del seguro de la puertas al destrabarse. Con la celeridad que pudo conseguir dada su patología articular, abandonó el vehículo para cruzar la calzada y buscar refugio en su domicilio.
 La locura es imprevisible..., pensó, por lo que ser rehén de un loco, quizás depara más posibilidades de salvación, que las que implica hallarse cautivo de quienes proyectan una finalidad racional a su acto. Esta fugaz reflexión, le provocó un sentimiento de alivio mientras se hallaba en medio del asfalto, rumbo a su vivienda ubicada a pocos metros.
 Ese fue el momento en el que el taxi, arrancó bruscamente al darle paso el semáforo. Quién lo conducía, embistió de modo intencional al hombre que por sus dolores de rodillas, aún no había podido acceder a la vereda de enfrente.
 Antes de colisionar con su cuerpo lesionado por el golpe, el parabrisas del auto, Fernando Bermudez Ciocca pudo distinguir con horror la mirada del orate clavada en la suya. Parecía confirmarle lo imprevisible de la locura, de un proceder que anula toda decodificación conceptual.
 A diferencia de los mozos interceptores, la policía capturó al alienado antes de que se diera a la fuga luego de la consumación del hecho.Ya estaba siendo buscado por el reciente homicidio de un taxista -mediante ataque con una llave inglesa de hierro- al que le había sustraído el vehículo para de inmediato huir con el mismo.
 Testigos presenciales de lo ocurrido, manifestaron que entre un cúmulo de incoherencias, balbuceaba que tenía una urgente misión por cumplir.

                                                               FIN




 .








jueves, 2 de julio de 2015

INCANDESCENCIAS

 La vela encendida quedó enhiesta, adherida al pequeño plato de vidrio por su propia cera derretida.
 Matías la observó con satisfacción, dado que creyó que se le había acabado la provisión de ese vital elemento, para afrontar los continuos cortes de suministro que afectaban el barrio donde vivía.
 El hallazgo de esa humilde vela, le pareció algo aproximado a un milagro. Acotado, de índole domestica, sin trascendencia pública y/o histórica..., pero milagro al fin, estimó mentalmente, su mirada fija en la luz titilante de la llama reflejada en la pared del único ambiente, definido como loft en el contrato de locación en vigencia.
 Como siempre ocurría en estos casos, el hombre, joven y de buen nivel sociocultural, emitió en voz alta una sarta de puteadas dirigida sucesivamente a la compañía eléctrica, a los directores nacionales que integraban la misma, a las autoridades del Ente Nacional Regulador de la Electricidad (ENRE) y al ministro de planificación.
 Al mirar por la ventana, cerrada al intenso frío invernal, pudo verificar en alguna medida la extensión del corte. La oscuridad era total, solo atravesada por los focos de los vehículos, que circulaban con sus conductores en profuso empleo de la bocina, debido a que los semáforos habían dejado de funcionar.
 Llamó a su novia por teléfono para decirle que la iría a visitar para que cenaran juntos. Su vivienda y el entorno circundante sumido en las penumbras, le generaban tristeza, como una imagen de guerra o de zona de catástrofe.
 Previo a salir, se dispuso a concurrir al baño, cuando la oscuridad nuevamente lo envolvió.
 La vela se había apagado..., como si la hubieran soplado, incluso, con el pabilo aún incandescente como ocurre en esos casos.
 Matías, comprobó que no existía corriente de aire alguna en el departamento, como para ocasionar lo ocurrido. Por supuesto, se encontraba solo.
 Como individuo pragmático que se consideraba, la encendió nuevamente, sin ahondar en el asunto y para cumplir con lo que tenía decidido con anterioridad.
 Apenas había ingresado al baño, cuando la vela se apagó.
 Esta vez, optó por abandonar el lugar lo mas rápido posible, sin dejar de percibir una oscura inquietud.
 Con la campera puesta, detectó que la llave colocada como siempre que llegaba, en la cerradura y con una sola vuelta, no estaba.
 Con dificultad, intentó ubicarse para encender otra vez la vela y buscar el llavero, pero no encontraba el encendedor.
 Buscó sin éxito el celular para decirle a Nati que viniera con el juego de llaves que tenía, pero a pesar de haberlo usado poco tiempo antes, se convirtió en inhallable.
 Ya con desesperación, en bruscos tanteos, sintió que lo encontraba, pero se trataba del inalámbrico, inutilizable por el corte de luz.
 Pensó que solo le quedaba pedir auxilio a los gritos..., cuando la vela se encendió a sus espaldas, lo que lo motivó a darse vuelta con los puños cerrados en una instintiva actitud de defensa.
 Vio la vela encendida solo unos segundos, porque de inmediato, se apagó como si alguien hubiera impulsado su aliento contra el pabilo.
 Otra vez a oscuras, gritó con toda la fuerza que pudo reunir en sus pulmones. Fue un grito estridente, de terror adulto y desesperación.
 Como respuesta, la luz volvió súbitamente, tanto en su casa como en la calle.
 Halló las llaves tiradas en el piso, así como el celular y el encendedor. Mas tranquilo, se encontraba próximo a llamar a Nati, cuando detectó que la vela había desaparecido.
 La buscó casi frenéticamente, pero solo pudo hallar el platito sobre el que se hallaba posada. El mismo estaba partido en siete pedazos de medidas perfectas y bordes pulidos, que parecían poder ensamblarse entre ellos sin necesidad de pegamento. Como las piedras de ciertas construcciones arcaicas, que no necesitaban argamasa para encajar entre ellas..., estimó Matías, mientras salía raudo de su domicilio.
 En el ascensor, le pareció que un individuo al que no conocía como vecino lo miraba subrepticiamente. Cuando él lo miró, dejó de hacerlo.
 No parece un tipo peligroso..., fue la conclusión de su veloz evaluación interior, pero de todos modos le pareció que su semblante era extraño, como de manifiesto desconcierto o extravío.
 Ya en la calle, se dio vuelta por prevención y observó que el sujeto, giraba por la esquina mientras algo se caía de su mano.
 Matías volvió sobre sus pasos y se encontró con lo que sin duda, era la vela que le faltaba. Se hallaba desprovista del pabilo, despojada de su condición de vela, convertida en lo que podría ser una cerbatana o una flauta..., o vaya a saber que, pensó Matías.
 Corrió hasta la esquina, pero el hombre ya había desaparecido en el tráfago de la calle, que con la irrupción de la luz recobró su nocturna habitualidad.



                                                              FIN



domingo, 28 de junio de 2015

AHÍ VA CARMELO MURÚA...

 Dijo Garcés, con el cigarrillo a medio fumar colgado de sus labios y la copa de ginebra al alcance de su diestra; la voz aguardentosa, templada con sobriedad al anunciar el paso de Carmelo Murúa frente al café.
 Candelario, desvió la mirada perdida en el almanaque de pared, que resaltaba 23 de agosto de 1909 junto a la propaganda del aperitivo Kalisay, para dirigirla hacia la figura delgada pero recia del hombre al que le debía cobrar una afrenta.
 Se incorporó con parsimonia.
 Estaba claro para él, que el tránsito de Murúa por ese sitio era la segunda ofensa que recibía del susodicho. En este caso, por desafiarlo con su presencia ante sus acompañantes, conocedores del motivo del agravio original.
 También conocían la destreza de Murúa con la daga, debido a lo que debía más de una muerte y cuya impunidad, la pagaba con servicios al comité.
 ¿Que me queda?..., pensó Candelario, fuera de concurrir al entrevero, para restablecer mi honor y mi hombría menoscabada.
  De pie, el Chino Candelario bajó el ala de su chambergo, para sombrear aún más su mirada ya de por si torva y acrecentar, este atributo de su semblante ante la inminente pendencia.
  Sacudió restos de ceniza depositados sobre la solapa brillosa y se encaminó hacia afuera, donde lo esperaba la oscura calle empedrada de lo que para él seguía siendo Barracas al Sur, aunque hacía ocho años que oficialmente se denominaba Avellaneda.
 No fue necesario pedir permiso para salir, ya que todos los de la mesa se corrieron en silenciosa muestra de reconocimiento.
 Incluso, los de las otras que jugaban al padrone e' sotto, prohibido por edicto policial dado que se apostaba ingesta de vino, cesaron sus gritos e improperios de ebrios.
 Tras el estaño, el patrón gallego dejó de repasar la vajilla para observar su partida. Lo mismo el viejo mozo, que pareció olvidar la tortura de sus callos plantales para seguirlo hasta la puerta a respetuosa distancia.
 Toda la concurrencia, sabía que Murúa le quitó una mujer al Chino, de nombre Elvirita, pupila de un  lupanar cercano al mercado de frutos.
 Luego de este hecho, Carmelo Murúa y la Elvirita estuvieron ausentes varios meses, hasta la reaparición del hombre frente al café del que era destacado habitué.
 También sabían que era una luz con el cuchillo..., un brazo envuelto en la chalina usada como escudo y el puñal en la mano opuesta, presto para penetrar la carne del rival.
 Estimaban que el Chino no iba a poder contra la habilidad del otro, que difunteó a compadrones de prestigio.
 De todos modos, el Chino Candelario cruzó el umbral hacia la calle, para internarse en esa noche de luna suburbana, moteada por profusos nubarrones.
 Garcés, se persignó, seguido por los otros de la mesa.
 -Se va un valiente que buscará cobrarse una deuda.., a sabiendas de que no podrá cobrarla y solo lo espera la muerte.
 Nos dejará el recuerdo de su conducta de macho.
 Habló con tono solemne y se descubrió para enfatizar sus palabras. Los otros, correspondieron a su gesto.
 No caminó demasiado Candelario, cuando lo vio a Murúa recostado contra el muro de un corralón, en evidente espera de su presencia.
 El que le robó a la Elvirita, comenzó a caminar delante de él, sin volverse, guiándolo al sitio del lance.
 Lo siguió con expresión meditabunda, unas decenas de metros más atrás.
 Los suficientes, para desaparecer en una esquina y echar a correr por calles mal iluminadas y bien conocidas por él; como para escabullirse con éxito de quién estaba seguro que lo iba a matar, en un duelo criollo que carecía de equivalencia en la confrontación.
 Aunque no se consideraba manco en la esgrima orillera, nunca podría doblegar la capacidad ambidextra de Murúa, que confluía en finta, tajo de feite y puntazo fatal con vísceras perforadas.
 Candelario era consciente que huir, borraba todo el cartel de guapo que supo conseguir en el barrio, pero él se consideraba un hombre práctico: abandonaría sus escasas pertenencias en la pieza del inquilinato donde vivía y viajaría a Montevideo, en el vapor de la carrera que partiría en las próximas horas, para desaparecer de los lugares que solía frecuentar.
 Rio de la Plata de por medio con el oprobio, iría a ver a un compadre que era cuidador en el Hipódromo de Maroñas; era de esperar que le consiguiera un conchabo que le permitiera mantenerse por un tiempo.
 Respecto a la Elvirita, consideró que morir por una puta tan baqueteada no era propio de un hombre cabal, sino de un gil de lechería, de un chitrulo sin redención. No tenía duda alguna, de que Murúa se la sacó de encima vendiéndola en el Sur del país por una cifra módica, razón de su ausencia temporaria en el barrio.
 En su estima, los del café ya lo estarían dando por muerto. Nadie le iba a creer a Murúa cuando comentara su huida para no enfrentarlo.
 Supuso que llegarían a pensar, que Carmelo Murúa debía una nueva muerte y se deshizo del cadáver.
 O sea, hasta su honor podría quedar a salvo.


 No le resultó fácil lograr una plaza en el Colombia, dada la cantidad de personas que se dirigían a la capital oriental en relación a la próxima fecha patria uruguaya, en cuyos festejos, estaba prevista la inauguración de un muelle en el mismo puerto de arribo.
 A pesar de esta situación excepcional, Candelario pudo comprar un pasaje ya a bordo, tal como se estilaba, para luego buscar un lugar donde pasar la fría noche en el buque moderno, pero atestado de pasajeros.
 La travesía, ubicado en un camarote de hombres donde tuvo que dormir sentado, resultó pródiga en incomodidades, a tal punto, que desistió de intentar suerte en el salón en el que se jugaba a las barajas, ante la posibilidad de perder su precario lugar y tener que acomodarse en cubierta envuelto en mantas; por cierto, tampoco estaba en condiciones de exponer el magro peculio que portaba. De todos modos, un ocasional compañero de viaje le mencionó que el Colombia de la Compañía Lambruschini, era un barco muy preferible al Eolo de Mihanovich, con su lento navegar propulsado por grandes ruedas laterales.
 Este comentario, hizo que su inexperiencia marinera le generara menos prevención, debido a que los fuertes vientos helados del sur tornaban poco apacible la singladura y le proyectaban inquietud a su ánimo.
 Sentimiento que se desvaneció a las 06:35, cuando con una taza de café en la mano y un trozo de ensaimada, se dispuso a esperar tranquilo las maniobras de atraque sin apuro por desembarcar: nadie lo esperaba en tierra.
 Disfrutó su desayuno en aguas uruguayas. Hasta pensó en una nueva vida en la Banda Oriental, plena de ventura, como si al torcer el destino con su viveza, Tata Dios le hiciera un guiño de complicidad y le perdonara su felonía en reconocimiento a que no incurrió en el condenable suicidio; en su caso, indirecto, ejecutado por el compadrón Carmelo Murúa.


 Fue una aparición tan brutal como sorpresiva...
 La alta proa acerada del vapor alemán Schlesien, que se dirigía hacia Bahía Blanca, una nave de porte mucho mayor que el Colombia, se incrustó como surgida de la bruma matinal a la altura del camarote de mujeres del barco de la carrera, ya en el antepuerto, entre las escolleras E y W.
 Le abrió un enorme rumbo a la nave fluvial, como si un cuchillo hubiera penetrado una gelatina, lo que provocó una irrupción de agua que en diez minutos lo hundió con buena parte de la tripulación y los pasajeros.
 No se nadar..., fue el pensamiento del Chino Candelario, al sentir la potencia del agua gélida que lo arrastraba inmisericorde hacia las profundidades.
 Próximo a ahogarse, lamentó no llegar al año siguiente, en el que la república tiraría la casa por la ventana para celebrar el centenario.
 Se anunciaba un increíble despliegue de luz eléctrica en la Plaza de Mayo..., pero en un instante, comprendió que no importaba, que todo era demasiado rápido y el olvido, sería la mortaja de su intensión de trampear al destino y el colofón de su laya de guapo de segunda línea, en entreveros de parroquia y despachos de bebida. Nadie lo lloraría.
 De hecho, nunca se conoció la cifra exacta de víctimas, así como sus identidades.
 Quienes adquirían los pasajes a bordo de la embarcación, no quedaban registrados.


                                                                     FIN















jueves, 25 de junio de 2015

EN LA VÍA PÚBLICA

 En que consiste el producto que promueven con denuedo, con una insistencia casi maniática que obvia al transeúnte que ignora la propuesta, para de inmediato, abordar a otro que como el anterior tampoco accede al requerimiento, le genera una curiosidad que la define como malsana.
 Al menos, desproporcionada en relación a la entidad del asunto.
 El mismo resulta tan prosaico, como observar a tres promotoras flaquitas y sin ningún atractivo físico, en pleno esfuerzo por conseguir suscitar la atención de los peatones que circulan por ese cruce de avenidas principales, ubicadas en el primer cordón del GBA.
 Ángel Ramón Peluffi, sentado desde hace cerca de dos horas frente al ventanal del caracterizado bar de la esquina, no consigue interpretar como no logran hacerse escuchar aunque sea por uno solo, de los interceptados en su paso.
 Como jubilado ya veterano, Peluffi emplea sus mañanas en leer el diario en el establecimiento, acompañado por un café con leche y tres medialunas, dos de manteca y una de grasa, todo degustado con la parsimonia del ocioso añoso; del que ya no necesita justificar ante si mismo o/y los demás, su carencia de preocupaciones en torno al sustento y la actividad remunerada. 
 Don Ángel, como lo conocen en el barrio, dedica unos segundos a confrontar mentalmente su situación de beneficiario de un haber jubilatorio más que decoroso, con el estipendio potencial que pueden llegar a percibir estas chicas, que trabajan con tanto esmero y ni se aproximan a los resultados buscados.
 Piensa, con alguna nostalgia dedicada hacia ese mundo perdido, que cuando él trabajaba en Segba las mujeres no realizaban tareas promocionales en la vía pública, así como no recordaba que lo hicieran muchos del sexo masculino. Es cierto que existían otras cosas, como los hombres-sandwich de la calle Florida, pero eran excepciones.
 Viudo desde hace más de un lustro, saludable y lúcido en relación a sus ochenta y tantos años, Don Ángel vive solo sin inconvenientes, ayudado por una empleada doméstica de confianza y por su familia, cordial y no invasiva, que le anticipa sus visitas y no lo abruma con excesos de consideración, así como tampoco con actitudes subestimativas debido a su edad.
 Mira su reloj, el Longiness a cuerda que había sido de su padre, fallecido en el '54, para comprobar que superó su tiempo usual en el café, magnetizado por el desperdicio laboral de las esforzadas promotoras, que a pesar de los nulos resultados siguen dando muestras de entusiasmo en su quehacer.
 Peluffi, considera que la carencia de atributos físicos destacables, no puede implicar de modo tan radical semejante fracaso en la actividad que les atañe. Le llama la atención que abordan a la gente solo con la palabra, sin mostrar ningún volante, ninguna tarjeta o folleto.
 Quizás esto influya en que no les presten atención..., estima, mientras llama al mozo para abonar la consumición.
 Decide retirarse y develar el misterio: él se detendrá a escucharlas cuando lo intercepten, habida cuenta de que lo hacen con toda persona que pasa ante ellas, sin distinción de aspecto, sexo o edad.
 Próximo a salir, reflexiona que podrían pertenecer a alguna secta proselitista, lo que sin duda justificaría  la desatención general. Pero no lo cree, porque en ese caso insistirían con los viandantes que pudieran demostrar una mínima vacilación en el rechazo, en vez de pasar de inmediato al siguiente.
 En la calle, observa que los rostros de las tres parecen presentar ciertos rasgos idénticos, como si fueran hermanas; sus fisonomías, por otra parte, considera que parecen remitir a una juventud enrarecida por la potencia de una experiencia tan medular, que superaría la que los años le aportaron a él.
 Extremadamente delgadas, las tres parecen anoréxicas, como manojos de huesos insertos en buzos  y pantalones de jogging negros. LLevan el mismo atuendo, solo diferenciado por los colgantes que penden entre sus pechos planos.
 Una lleva el que representa la figura estilizada de un ovillo de lana. Otra, un antiguo huso de hilar, mientras que la tercera, se adorna con la reproducción de una amenazante tijera abierta.
 A diferencia del comportamiento que manifiestan con los demás, a él lo rodean las tres sin hablarle, solo distendiendo sus labios en sonrisas que tienden a la mueca.
 Ángel Peluffi quiere seguir su camino, huir, no permanecer al lado de esas promotoras esquivadas por tantos y a las que ya les adjudica una oscura significación.
 Las tres lo persiguen al grito de...¡Señor!...¡Señor!..., mientras él apura el paso al ritmo más rápido que le permiten sus rodillas artrósicas. En una actitud decididamente irrespetuosa, le dan pequeños toques en sus hombros como para que se detenga; sin miramientos, hacen repiquetear sus dedos huesudos como si ejecutaran una percusión tendiente a lo sombrío.
 El hombre se detiene agobiado, como despojado de la vitalidad vigente hasta unos minutos antes.  Ellas se retiran..., parecen fusionarse con el tráfago urbano y desaparecer.
 Peluffi, que no sufre de EPOC, siente como si algo muy pesado le dificultara respirar.
 Desea pedir auxilio, pero todos los que circulan a su alrededor parecen hacerlo muy rápido.
 Dificultosamente, extrae de un bolsillo el celular para comunicarse con su hijo, su hija o alguno de sus nietos. Con cierto horror no exento de resignación, descubre ante la lista de contactos del teléfono, que no recuerda los nombres de ningún miembro de su familia; de todos modos, nadie figura en la agenda.
 Ángel Ramón Peluffi reinicia la caminata por su barrio, que le resulta absolutamente extraño, tanto como la gente con la que se cruza. A la vez que recordar su propio nombre, le exige un esfuerzo mental desmesurado, por lo que acepta su olvido ante la presunción del inicio de una etapa, en la que quizás las identidades persistan desprovistas de las referencias consabidas.
 Será cuestión de acostumbrarse..., piensa ante lo que percibe como inevitable, en una apelación al mismo pragmatismo, con el que orientó su vida anterior ante todas las contingencias.


                                                                     FIN