Narrativa breve de alto nivel expresivo; ficciones sorpredentes y algunos otros etceteras.
jueves, 8 de diciembre de 2011
BUENAS Y TEMPLADAS NOCHES...
-Recién dejo el auto. Estoy muy cansado, imagináte, desde las seis de la mañana en movimiento: ida y vuelta a Dolores en el día más todos los otros recorridos, pero, bueno, cerré un negocio importante.
Estoy contento, Lili, el sábado te invito a comer en el Palacio Duhau. Lo merecemos.
Muchos besos, Lili, que te vaya bien en la disertación de mañana así cantamos bingo los dos. Te llamo.
Besos.
Guarda el blackberry en el estuche mientras ingresa a su domicilio, sintiéndose reconfortado de abandonar el frío de la calle. Esa noche porteña le recuerda sus inviernos infantiles, a pesar de que solo debe caminar veinte metros desde la cochera hasta su casa.
Cuando era chico, uno se ponía el sobretodo el 25 de mayo y lo usaba todos los días hasta la primavera, piensa.
Por suerte, el departamento se encuentra calefaccionado, lo que brinda una temperatura agradable percibida de inmediato.
Se le ocurre pedir una pizza al delivery, pero recuerda que tiene comida en la heladera que solo debe calentar en el microondas.
Se siente bien.
Gratificado.
El susto por la hipertensión de la semana pasada -un incremento en los valores que derivó en un cambio de la medicación recetada- parece diluirse en las satisfacciones del momento.
Haber concretado un negocio importante, sin dilaciones ni inconvenientes.
Por otra parte, hasta disfruta de una gloriosa soledad, dado que su pareja, madura, un poco menos que él, se halla en Rosario cumpliendo compromisos de trabajo.
De todos modos, la relación es con cama afuera y funciona muy bien.
Recuerda con ternura a Liliana Zubalzky, Licenciada en Psicología por la UBA, con un postgrado en Princeton y altamente considerada por su desempeño profesional.
Tan distinta a su ex-mujer, en aspecto físico y en personalidad.
Ya llevan más de dos años como pareja y siente que el entusiasmo mutuo se acrecienta.
Ambos tienen hijos grandes, matrimonios anteriores concluidos sin conflictos graves y economías resueltas independientemente.
Tampoco colisionan en sus actividades, por cierto, muy diferentes.
Lo suyo es el comercio, la distribución de elementos de seguridad industrial, rubro en el que su nombre, Ricardo Alberto Lafardi, resulta ampliamente reconocido como próspero proveedor.
Los une el tenis jugado en forma moderada, la asistencia a espectáculos artísticos, la gastronomía y la enología de buen nivel; también los viajes compartidos y una práctica sexual de gozoso acomodamiento, sin imposiciones, premuras y ansiedades.
Enciende el plasma de 32" mientras se dispone a degustar una lasaña rellena, con mucho queso bien asentado, rallado en el acto sobre su superficie.
La acompañará con pancitos saborizados y un par de copas de buen tinto.
Ni llega a probar la comida, ya sentado ante la mesa, cuando lo llama al celular, Bernardo, su socio.
Sin dejar de caminar mientras habla, molesto por haber sido interrumpido pero con la suposición de que resulta inadecuado decirle a Bernardo que luego lo llama -se trata de un socio capitalista de afianzada solvencia- observa de soslayo la pantalla del televisor:
¡Guillermo Brizuela Méndez y Nelly Prince protagonizando un aviso en vivo!...
Le causa gracia y le trae recuerdos infantiles.
Supone que debe ser el canal Volver o algún programa de onda revival.
"...Brizuela loco, tu madre no te quiere ni yo tampoco..."
Los dos vestidos como payasescos hispanos, interpretan el cuplé tergiversado con fines publicitarios.
Mientras prosigue hablando con Bernardo sobre los pormenores del negocio -incluyendo las comisiones subrepticias que lo apuntalaron para que no se caiga- siente cierto magnetismo por lo que aparece en el aparato, en nítido blanco y negro.
Le resulta fascinante, ser nuevamente espectador de imágenes dormidas en su memoria desde hace más de cinco décadas.
Por otra parte, el contraste entre ese material pretérito y la avanzada tecnología de su equipo, es particularmente impactante.
La conversación con su socio ya le está provocando cierto malestar.
Bernardo estima que se podían haber pactado plazos de pago más cortos, que disminuyeran el costo financiero de la operación.
Incluso, le parece que desconfía de las cifras que se pagaron en negro, como si sospechara que parte de ese efectivo fue a parar a sus propios bolsillos.
Siempre lo mismo..., piensa Lafardi, el pijotero no quiere que se escurran ni las migajas del festín.
¡Tantas veces consideró deshacerse de este tipo!..., pero no era posible, al menos por el momento.
Bernardo sigue dándole lata, privándolo de la cena y el relax que se había prometido, mientras sus miradas al televisor, descubren a Carlos D'agostino que relata las noticias del día, pero de mediados del siglo veinte.
Por fin, Bernardo da por finalizada la conversación, pero el humor de Ricardo Lafardi ya no es el que detentaba al llegar a su casa.
Una sensación de hartazgo, se impone en su ánimo.
Pulsa el control remoto para cambiar de canal, hastiado de los programas vetustos, pero curiosamente, solo se puede ver esa programación del ayer, correspondiendo la señal al número 7 de su control.
Los demás canales desaparecieron de la pantalla, que se convirtió en algo así como un mosaico pulverizado en gris, acompañado por un ruido crepitante.
Vuelve al canal 7.
D'agostino habla de enfrentamientos entre estudiantes, divididos en su defensa de la educación laica o libre.
Está bien un programa onda nostalgia, pero...¿Por qué tan extendido?...¿Que carajo pasa con los otros canales?...
Su interrogación en voz alta se interrumpe por una noticia de último momento, que Carlos D'agostino refiere con amable sobriedad.
La colombiana Luz Marina Zuluaga, fue designada Miss Universo 1958, en Long Beach, California.
Una fotografía en obvio blanco y negro, muestra a una bella morena en malla enteriza luciendo la corona consagratoria, lo que motiva al relator del noticiero a expresar un elogioso comentario galante, respecto a la belleza de la mujer sudamericana.
Que ingenuo parecía todo en esa época..., reflexiona Lafardi, aunque se estaba en plena guerra fría y todos podríamos convertirnos en montones de cenizas radiactivas, quizás mientras dormíamos sintiéndonos seguros...
Apaga el televisor y desde el teléfono inalámbrico intenta llamar a la empresa de cable.
Le resulta imposible comunicarse.
Solo silencio en la línea; ni siquiera escucha el mensaje grabado de que el número no pertenece a un abonado en servicio.
Intenta hablar mediante su smartphone, pero descubre con estupor que la pantalla se halla completamente oscurecida.
Lo mismo ocurre con la tablet, aunque el ámbito de su domicilio es un espacio wi-fi.
Algo muy oscuro, recóndito, parece abrirse paso en su mente.
No lo puede definir, pero le resulta inquietante.
Se asoma a la ventana.
Un carro gris tirado por dos caballos, se desplaza por la calzada deteniéndose a intervalos.
Un sujeto conduce el vehículo desde el pescante, mientras otro recoge la basura que forma bultos sobre la acera.
Los dos hombres visten uniformes grisáceos. La basura consiste en montículos de reducidas dimensiones envueltos en papel de diario.
No son cartoneros -piensa- son los operarios de un carro de basura municipal de cuando yo era chico.
Enciende otra vez el televisor:
D'agostino anuncia que Industrias Kaiser Argentina, presentó el Kaiser Carabela...
Rápidamente, abre la puerta que comunica con el palier compartido del semipiso, con el deseo imperioso de salir a la calle.
En ese momento lo aborda un hombre canoso -al igual que él- de traje y corbata oscura, angosta, con el nudo pequeño y comprimido; lleva un sobretodo plegado sobre su brazo izquierdo.
-¿Que tal Sr. Lafardi?..., le regalo Noticias Gráficas, yo ya la leí en el viaje desde mi trabajo, las noticias cuando ya son conocidas solo sirven para envolver la basura. El individuo cierra la puerta del ascensor con premura y desciende nuevamente, dejándolo solo, sumido en un estado de indiscernible alteración.
No tarda demasiado en reconocerlo.
El Sr. Gotielli, vecino durante su infancia, que en aquella época lo trataba de Ricardito, no de Sr. Lafardi...
El hombre trabajaba en la filial local de IKA e intervino en la venta del Kaiser Carabela 0 km., que compró su padre en el '58, apenas puesto a la venta en concesionaria.
Se dejó de fabricar en el '62, lo sabía muy bien, en ese tiempo, Gotielli y su familia hacía unos años que se habían mudado.
Se siente mal, sin fuerzas, mientras escucha -no alcanza a cerrar la puerta de su departamento -la voz del relator Héctor Catiaruzza a través de su televisor. El hombre presenta el pronóstico meteorológico del dia siguiente y desea: "Buenas y templadas noches, amigos...", a los anónimos televidentes de los '50.
En el sanatorio ubicado en la calle San Martín de Tours, el hijo de Ricardo Lafardi habla con Bernardo.
-Lo encontró el encargado, desvanecido en el palier. Me dijo que hablaba como un niño de diez años contando en forma entrecortada, cosas que tenían que ver con la escuela y otros temas de esa época de su vida. Ahora está sedado, veremos que secuelas le quedan si se recupera, el médico no parece muy optimista ante un acv hemorrágico severo.
Bernardo asiente preocupado. Piensa que si bien nadie es imprescindible, reconstruir toda la ruta no visible del último negocio, iba a resultar una tarea ímproba.
Alejada de ellos -también se halla presente la ex-mujer de Ricardo, Beba- Liliana Zubalzky, abatida y con el maquillage corrido, escucha cuando el hijo de su pareja refiere que su padre, cuando fue hallado caído, aferraba un ejemplar de Noticias Gráficas del 25 de julio de 1958.
El viejo vespertino -increíblemente bien conservado- se halla al alcance de Liliana, abierto en una página con la publicidad del lanzamiento del Kaiser Carabela. La frase que cierra el aviso dice:
Para viajar eternamente y muy cómodo...
Liliana recuerda que Ricardo le comentó varias veces -lo tiene muy presente- que su padre se mató en un accidente vial con ese auto, a pesar de que contaba con paneles internos de cuero revestidos con caucho, como elemento de seguridad avanzado para la época. Esto sucedió en 1962, cuando el último Kaiser Carabela abandonaba la línea de montaje.
También le dijo que su padre, llegó a saber a través de un vecino que trabajaba en IKA que su auto comprado 0 km. en el '58, fue la primera unidad del modelo que salió del área de producción de la planta automotriz como producto terminado, listo para la venta al público.
FIN
sábado, 3 de diciembre de 2011
Recuerdo que Ernesto Sábato...
manifestó haber sido testigo de sucesos incomprensibles, vinculados a pintores y pinturas al óleo.
Los invito a asumir la lectura de...
OPUS MAGNUM
Nadie pudo explicarse en ese prestigioso museo de arte contemporáneo, como llegó ese cuadro a exhibirse en el baño de caballeros, sobre la pared de los mingitorios.
La firma, claramente visible en el extremo izquierdo del óleo de tamaño medio, indicaba en letras de imprenta que su autor se llamaba Martín Rodríguez Zamudio, siendo el año en curso, el de ejecución de la obra.
El pintor resultaba desconocido no solo para la gente del museo, sino también para los galeristas consultados, así como los expertos en arte actual.
Por otra parte, pocos artistas pintaban al óleo en esta época.
Pero lo que más llamaba la atención era la índole temática del cuadro.
Una pequeña plaqueta metálica-inserta en el centro inferior del marco de estilo barroco-titulaba la obra:
MI MICCIÓN EN ESTE MUNDO
Efectivamente, se hallaba plasmada la figura de un individuo trajeado, de aspecto correcto, visto de costado en un ámbito que parecía un claustro académico-quizás un aula magna-que orinaba con potente chorro un globo terráqueo de aspecto desimonónico o anterior aún.
Hasta aquí podía resultar gracioso, como una boutade, pero el rostro del individuo no lo era.
Había algo de malignidad en estado puro en esa faz, algo que hacía difícil seguir mirándolo.
La técnica pictórica era impecable y esos ojos, esos ojos claros, parecían iluminar lo peor de cada uno-de cada espectador de la obra-y lograr que se sintiera mal animicamente, aunque no lo refiriera a los demás.
En términos genéricos, se la denominó la pintura del malestar.
Durante poco tiempo, pasó a integrar la colección permanente del museo, a pesar de la oposición de las autoridades del mismo, curadores y hasta guardias de seguridad, que luego del trabajo nocturno aparecían con jaquecas que le imposibilitaban dormir en el horario cambiado.
El autor de la obra, jamás fue localizado; se entendió que su nombre era un seudónimo y luego de un derrotero burocrático interno, la pintura fue relegada a un depósito de mantenimiento, donde compartió espacio con escaleras plegadas y latas de removedor.
Era obvio que su visión incomodaba:
La figura protagónica, con sus malditos ojos claros, parecía perforar la coraza social del espectador, refregandole íntimamente sus pulsiones más autoasqueantes-de la índole que fueran-que en rápida sucesión invadían su mente.
Para no generalizar, es factible suponer que en algunos no generaba estos efectos; aparentemente, en muy pocos. Por último, pudo lograrse el confinamiento mencionado debido a la ausencia de un certificado de origen, decisión que no fue objetada por ninguna autoridad del museo.
El tema no llegó a acceder a la trascendencia mediática-a pesar de la avidez periodística por todo lo que parece paranormal-por lo que cuando estalló un acotado incendio en el área de servicio, calcinandose la obra que ya no figuraba en inventario junto con diversos elementos de maestranza del edificio, solo el director de la importante institución artística reparó en la inscripción grabada en el reverso de la placa que nominaba la obra.
Había quedado al lado de la pintura convertida en cenizas. El director supuso que debía estar confeccionada en titanio o en otro material incombustible.
La levantó con precaución, pero a pesar de haber estado sometida al fuego se hallaba curiosamente fría.
Decía textualmente:
Martín Rodriguez Zamudio
Pintor que derrite las mascaras
sociales de los espectadores de
su obra y supera los incendios
intencionales, seguirá exponiendo
otras versiones de su Opus Magnum
donde Vd. menos lo espera, et in secula
seculorum, hasta la última generación de
su estirpe.
El director empalideció.
Le pareció que la inscripción estaba dirigida a él y a toda su progenie, aún la no nacida.
FIN
Los invito a asumir la lectura de...
OPUS MAGNUM
Nadie pudo explicarse en ese prestigioso museo de arte contemporáneo, como llegó ese cuadro a exhibirse en el baño de caballeros, sobre la pared de los mingitorios.
La firma, claramente visible en el extremo izquierdo del óleo de tamaño medio, indicaba en letras de imprenta que su autor se llamaba Martín Rodríguez Zamudio, siendo el año en curso, el de ejecución de la obra.
El pintor resultaba desconocido no solo para la gente del museo, sino también para los galeristas consultados, así como los expertos en arte actual.
Por otra parte, pocos artistas pintaban al óleo en esta época.
Pero lo que más llamaba la atención era la índole temática del cuadro.
Una pequeña plaqueta metálica-inserta en el centro inferior del marco de estilo barroco-titulaba la obra:
MI MICCIÓN EN ESTE MUNDO
Efectivamente, se hallaba plasmada la figura de un individuo trajeado, de aspecto correcto, visto de costado en un ámbito que parecía un claustro académico-quizás un aula magna-que orinaba con potente chorro un globo terráqueo de aspecto desimonónico o anterior aún.
Hasta aquí podía resultar gracioso, como una boutade, pero el rostro del individuo no lo era.
Había algo de malignidad en estado puro en esa faz, algo que hacía difícil seguir mirándolo.
La técnica pictórica era impecable y esos ojos, esos ojos claros, parecían iluminar lo peor de cada uno-de cada espectador de la obra-y lograr que se sintiera mal animicamente, aunque no lo refiriera a los demás.
En términos genéricos, se la denominó la pintura del malestar.
Durante poco tiempo, pasó a integrar la colección permanente del museo, a pesar de la oposición de las autoridades del mismo, curadores y hasta guardias de seguridad, que luego del trabajo nocturno aparecían con jaquecas que le imposibilitaban dormir en el horario cambiado.
El autor de la obra, jamás fue localizado; se entendió que su nombre era un seudónimo y luego de un derrotero burocrático interno, la pintura fue relegada a un depósito de mantenimiento, donde compartió espacio con escaleras plegadas y latas de removedor.
Era obvio que su visión incomodaba:
La figura protagónica, con sus malditos ojos claros, parecía perforar la coraza social del espectador, refregandole íntimamente sus pulsiones más autoasqueantes-de la índole que fueran-que en rápida sucesión invadían su mente.
Para no generalizar, es factible suponer que en algunos no generaba estos efectos; aparentemente, en muy pocos. Por último, pudo lograrse el confinamiento mencionado debido a la ausencia de un certificado de origen, decisión que no fue objetada por ninguna autoridad del museo.
El tema no llegó a acceder a la trascendencia mediática-a pesar de la avidez periodística por todo lo que parece paranormal-por lo que cuando estalló un acotado incendio en el área de servicio, calcinandose la obra que ya no figuraba en inventario junto con diversos elementos de maestranza del edificio, solo el director de la importante institución artística reparó en la inscripción grabada en el reverso de la placa que nominaba la obra.
Había quedado al lado de la pintura convertida en cenizas. El director supuso que debía estar confeccionada en titanio o en otro material incombustible.
La levantó con precaución, pero a pesar de haber estado sometida al fuego se hallaba curiosamente fría.
Decía textualmente:
Martín Rodriguez Zamudio
Pintor que derrite las mascaras
sociales de los espectadores de
su obra y supera los incendios
intencionales, seguirá exponiendo
otras versiones de su Opus Magnum
donde Vd. menos lo espera, et in secula
seculorum, hasta la última generación de
su estirpe.
El director empalideció.
Le pareció que la inscripción estaba dirigida a él y a toda su progenie, aún la no nacida.
FIN
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Sumérjanse en la siguiente pieza narrativa, estimados lectores...
FILOLOGÍA HISPÁNICA
-¡Permiso!...
Quien lo solicita, también empuja.
-¡Voy a bajar!..., le contesta el individuo joven de aspecto prolijo, molesto por el contacto físico del otro, que quiere descender del colectivo con una violenta premura.
-Dejame pasar rápido, guacho hijo de puta o te tajeo..., acabo de afanar una billetera y si no te corres te marco la geta por el resto de tu reputisima vida.
Elocuencia, piensa el joven Víctor Refinero, este sujeto retacón y fornido se expresa con atendible elocuencia.
El estudiante de filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, de vacaciones en Buenos Aires, le abre paso al carterista raudamente, como respuesta a sus expresivas palabras, cargadas de significación precisa, sin ambivalencias.
El punga desciende presuroso y Refinero detrás suyo, con una velocidad que evidencia un apreciable estado atlético.
En un brevisimo lapso se halla a la par del caco, al que empuja por el portal entreabierto de una obra en construcción.
El sujeto intenta echar mano a la navaja, pero una patada lateral de Víctor dirigida a su tibia izquierda, provoca que se doble de dolor.
El tipo intenta proferir palabras que se atascan en su lengua; no se entiende si se trata de súplicas o de amenazas.
"Elocuencia trabada"..., piensa Víctor, mientras le hace saltar el canino superior con un impecable revés de zurda; también la navaja marca Opinel, con cachas de madera bastante estropeadas, se desliza de la mano del individuo golpeado y cae al suelo.
El hombre, intuye que su fin se acerca mediante una feroz golpisa y se concentra para poder balbucear un perdón entendible, con acento limeño.
Más del Rímac que de Miraflores..., estima Refinero, mientras observa la boca sangrante del tipo, manteniéndose a prudencial distancia.
Como la víctima del castigo se halla encogida, sin poder erguirse, quizás debido a una fractura tibial, Víctor Refinero recuerda imagenes de momias del altiplano, conservadas en posición fetal como para volver al origen, a la tibieza del líquido amniótico, dado que ya habían visto el mundo y quizás se desilucionaron.
Esta reflexión dura un lapso fugaz: asume que en los próximos segundos, la situación se definirá de un modo rotundo, inapelable.
Esto rige para el pensamiento de ambos.
El delincuente, porque supone que lo van a matar a golpes. El que hace justicia por mano propia, en defensa de intereses ajenos, al considerar que si se deja llevar por el ímpetu de tantos años de artes marciales, practicadas en el barrio madrileño de Chueca, se convertirá en un homicida.
Ambos esperan que el destino les otorgue una solución de compromiso.
Víctor Refinero, habla con tono pausado.
-Dame la billetera que sustrajiste, maldita bazofia fermentada, antes que deje tu posible humanidad como un estropajo descartado por el uso.
El otro, realmente aterrado, tanto ante el léxico como ante la actitud de quién lo emplea, contesta entre babas sanguinolentas.
-Caballero, toda suya.
Le entrega el fruto de su rapiña y evalúa, que el poder del lenguaje puede potenciar al de la acción.
Víctor Refinero se hace cargo de los escasos ciento cincuenta pesos que contiene el adminiculo, arrojándolo de inmediato a un costado, con los documentos del despojado en su interior.
Se retira del escenario de los hechos, cuando la repetición de una frase del punguista lo motiva a volver sobre sus pasos.
-¡Que le aprovechen , Señor, que le sean de utilidad!...
Víctor interpreta que debe hacer algo más antes de retirarse, como colocar la frutilla en la torta.
Aferra al individuo reclinado por sus largos cabellos-algo grasosos-y golpea su cabeza contra un encofrado cercano con calculada eficacia, dejándolo atontado o abombado, como se le ocurre en una reflexión de tipo académica, en torno al estallido del bombo y su metáfora del aturdimiento.
El aventajado estudiante de filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, se aleja a paso tranquilo, mientras estima el posible sustrato de verdad que pueden poseer los refranes:
El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón.
¿Alguien que haya ejecutado tal hecho, vivió para corroborarlo?...
Silbando bajito un tema de flamenco pop, el joven porteño Víctor Refinero-residente estudiantil en España-se dirige a una clásica librería céntrica a los fines de comprar Poesía juglaresca y juglares, de Don Ramón Menéndez Pidal, editado en la vieja colección Austral de Espasa Calpe. Supone que ciento cincuenta pesos le alcanzaran para acceder a esta adquisición.
FIN
-¡Permiso!...
Quien lo solicita, también empuja.
-¡Voy a bajar!..., le contesta el individuo joven de aspecto prolijo, molesto por el contacto físico del otro, que quiere descender del colectivo con una violenta premura.
-Dejame pasar rápido, guacho hijo de puta o te tajeo..., acabo de afanar una billetera y si no te corres te marco la geta por el resto de tu reputisima vida.
Elocuencia, piensa el joven Víctor Refinero, este sujeto retacón y fornido se expresa con atendible elocuencia.
El estudiante de filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, de vacaciones en Buenos Aires, le abre paso al carterista raudamente, como respuesta a sus expresivas palabras, cargadas de significación precisa, sin ambivalencias.
El punga desciende presuroso y Refinero detrás suyo, con una velocidad que evidencia un apreciable estado atlético.
En un brevisimo lapso se halla a la par del caco, al que empuja por el portal entreabierto de una obra en construcción.
El sujeto intenta echar mano a la navaja, pero una patada lateral de Víctor dirigida a su tibia izquierda, provoca que se doble de dolor.
El tipo intenta proferir palabras que se atascan en su lengua; no se entiende si se trata de súplicas o de amenazas.
"Elocuencia trabada"..., piensa Víctor, mientras le hace saltar el canino superior con un impecable revés de zurda; también la navaja marca Opinel, con cachas de madera bastante estropeadas, se desliza de la mano del individuo golpeado y cae al suelo.
El hombre, intuye que su fin se acerca mediante una feroz golpisa y se concentra para poder balbucear un perdón entendible, con acento limeño.
Más del Rímac que de Miraflores..., estima Refinero, mientras observa la boca sangrante del tipo, manteniéndose a prudencial distancia.
Como la víctima del castigo se halla encogida, sin poder erguirse, quizás debido a una fractura tibial, Víctor Refinero recuerda imagenes de momias del altiplano, conservadas en posición fetal como para volver al origen, a la tibieza del líquido amniótico, dado que ya habían visto el mundo y quizás se desilucionaron.
Esta reflexión dura un lapso fugaz: asume que en los próximos segundos, la situación se definirá de un modo rotundo, inapelable.
Esto rige para el pensamiento de ambos.
El delincuente, porque supone que lo van a matar a golpes. El que hace justicia por mano propia, en defensa de intereses ajenos, al considerar que si se deja llevar por el ímpetu de tantos años de artes marciales, practicadas en el barrio madrileño de Chueca, se convertirá en un homicida.
Ambos esperan que el destino les otorgue una solución de compromiso.
Víctor Refinero, habla con tono pausado.
-Dame la billetera que sustrajiste, maldita bazofia fermentada, antes que deje tu posible humanidad como un estropajo descartado por el uso.
El otro, realmente aterrado, tanto ante el léxico como ante la actitud de quién lo emplea, contesta entre babas sanguinolentas.
-Caballero, toda suya.
Le entrega el fruto de su rapiña y evalúa, que el poder del lenguaje puede potenciar al de la acción.
Víctor Refinero se hace cargo de los escasos ciento cincuenta pesos que contiene el adminiculo, arrojándolo de inmediato a un costado, con los documentos del despojado en su interior.
Se retira del escenario de los hechos, cuando la repetición de una frase del punguista lo motiva a volver sobre sus pasos.
-¡Que le aprovechen , Señor, que le sean de utilidad!...
Víctor interpreta que debe hacer algo más antes de retirarse, como colocar la frutilla en la torta.
Aferra al individuo reclinado por sus largos cabellos-algo grasosos-y golpea su cabeza contra un encofrado cercano con calculada eficacia, dejándolo atontado o abombado, como se le ocurre en una reflexión de tipo académica, en torno al estallido del bombo y su metáfora del aturdimiento.
El aventajado estudiante de filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, se aleja a paso tranquilo, mientras estima el posible sustrato de verdad que pueden poseer los refranes:
El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón.
¿Alguien que haya ejecutado tal hecho, vivió para corroborarlo?...
Silbando bajito un tema de flamenco pop, el joven porteño Víctor Refinero-residente estudiantil en España-se dirige a una clásica librería céntrica a los fines de comprar Poesía juglaresca y juglares, de Don Ramón Menéndez Pidal, editado en la vieja colección Austral de Espasa Calpe. Supone que ciento cincuenta pesos le alcanzaran para acceder a esta adquisición.
FIN
domingo, 20 de noviembre de 2011
¿Quienes son los que nos rodean en nuestros viajes en subte?...
¿Quienes son nuestros vecinos de la cuadra?...
Están invitados a leer...
LA MARCA DE LA BESTIA
La Agencia lo consideraba el mejor:
El más confiable en la identificación, el más veloz en realizar la evaluación de nivel in situ y comunicar los resultados, el más apto para resguardarse de las reacciones hostiles.
Su tarea era ímproba:
Circular por las calles como peatón inadvertido, hasta dar con alguno de ellos y verificar su filiación positiva, de ser así, informar a base el nivel de peligrosidad detectado, lo antes posible.
Los identificables, podían ser de edad y sexo indistinto, aunque se registra tan solo un par de casos de niños marcados.
Con una media de seis horas de actividad diaria de lunes a viernes-para sábados, domingos y feriados hay franqueros-podría detectar un caso cada dos meses, en promedio, pero un mes de hace unos años ubicó a cuatro de nivel alfa. En esa oportunidad, la Agencia estableció alerta roja, previendo que algo atroz podría ocurrir, pero todo prosiguió con la consabida habitualidad.
Las reacciones hostiles, se dan cuando el sujeto de filiación positiva detecta-a su vez-al identificador, por algo parecido a un efecto rebote.
Ante esta circunstancia, el agente se halla expuesto a cierto ataque psíquico, que le provocará fuertes neuralgias o estados de abatimiento que aunque transitorios, pueden generar agudas descompensaciones anímicas en el afectado.
Estos resultan ser los síntomas conocidos y debidamente categorizados.
Por lo que el desconcierto de la Junta de Examinación designada por la Agencia, es mayúsculo, al no percibir nada de esto en la actitud de su mejor agente, que a pesar de ello, exhibe diferentes alteraciones en su comportamiento identificatorio, que implican algo grave, dada la posición que ocupa en la estructura operativa.
La Junta, formada por expertos-que no son identificadores-interpreta que su mejor agente podría dar filiación positiva, pero no lo puede confirmar dado que quienes se hallan innatamente capacitados para descubrir tal condición, individuos que se pueden contar con los dedos de una mano, afirman que su compañero conocido como "el mejor" sigue siendo el que era.
La máxima autoridad de la Junta dijo que el agente en cuestión, contrajo la membresía por conversión,
aunque hasta ese momento se consideraba que la misma se hallaba incorporada desde el nacimiento y se manifestaba en el final de la adolescencia, que era cuando resultaba detectable para el reducidisimo cuerpo operativo de calle.
Ante esta situación, en la Agencia entraron en pánico, al considerar que todos los identificadores podrían estar confabulados por padecer la misma condición que el mejor.
La angustia de los integrantes del estrato jerárquico-los únicos con acceso a la información sensible-se traduce en que los que portan la marca de la bestia, la llevan impresa en caracteres invisibles y se confunden con el resto de la humanidad que los ignora.
La falta de respuesta identificatoria, podría dejar a la sociedad inerte, a merced de los marcados, incapacitada para discernir entre los unos y los otros o como diría Discepolo, todos revolcados en el mismo merengue...y aunque en otros tiempos pudo ocurrir, sin duda, esta vez sería peor.
Mucho peor, habida cuenta de que toda nueva versión, resulta corregida y aumentada.
FIN
Están invitados a leer...
LA MARCA DE LA BESTIA
La Agencia lo consideraba el mejor:
El más confiable en la identificación, el más veloz en realizar la evaluación de nivel in situ y comunicar los resultados, el más apto para resguardarse de las reacciones hostiles.
Su tarea era ímproba:
Circular por las calles como peatón inadvertido, hasta dar con alguno de ellos y verificar su filiación positiva, de ser así, informar a base el nivel de peligrosidad detectado, lo antes posible.
Los identificables, podían ser de edad y sexo indistinto, aunque se registra tan solo un par de casos de niños marcados.
Con una media de seis horas de actividad diaria de lunes a viernes-para sábados, domingos y feriados hay franqueros-podría detectar un caso cada dos meses, en promedio, pero un mes de hace unos años ubicó a cuatro de nivel alfa. En esa oportunidad, la Agencia estableció alerta roja, previendo que algo atroz podría ocurrir, pero todo prosiguió con la consabida habitualidad.
Las reacciones hostiles, se dan cuando el sujeto de filiación positiva detecta-a su vez-al identificador, por algo parecido a un efecto rebote.
Ante esta circunstancia, el agente se halla expuesto a cierto ataque psíquico, que le provocará fuertes neuralgias o estados de abatimiento que aunque transitorios, pueden generar agudas descompensaciones anímicas en el afectado.
Estos resultan ser los síntomas conocidos y debidamente categorizados.
Por lo que el desconcierto de la Junta de Examinación designada por la Agencia, es mayúsculo, al no percibir nada de esto en la actitud de su mejor agente, que a pesar de ello, exhibe diferentes alteraciones en su comportamiento identificatorio, que implican algo grave, dada la posición que ocupa en la estructura operativa.
La Junta, formada por expertos-que no son identificadores-interpreta que su mejor agente podría dar filiación positiva, pero no lo puede confirmar dado que quienes se hallan innatamente capacitados para descubrir tal condición, individuos que se pueden contar con los dedos de una mano, afirman que su compañero conocido como "el mejor" sigue siendo el que era.
La máxima autoridad de la Junta dijo que el agente en cuestión, contrajo la membresía por conversión,
aunque hasta ese momento se consideraba que la misma se hallaba incorporada desde el nacimiento y se manifestaba en el final de la adolescencia, que era cuando resultaba detectable para el reducidisimo cuerpo operativo de calle.
Ante esta situación, en la Agencia entraron en pánico, al considerar que todos los identificadores podrían estar confabulados por padecer la misma condición que el mejor.
La angustia de los integrantes del estrato jerárquico-los únicos con acceso a la información sensible-se traduce en que los que portan la marca de la bestia, la llevan impresa en caracteres invisibles y se confunden con el resto de la humanidad que los ignora.
La falta de respuesta identificatoria, podría dejar a la sociedad inerte, a merced de los marcados, incapacitada para discernir entre los unos y los otros o como diría Discepolo, todos revolcados en el mismo merengue...y aunque en otros tiempos pudo ocurrir, sin duda, esta vez sería peor.
Mucho peor, habida cuenta de que toda nueva versión, resulta corregida y aumentada.
FIN
sábado, 12 de noviembre de 2011
Habida cuenta, estimado público lector, de que existen peregrinaciones...
integradas por millones de individuos, les recomiendo la lectura de...
EL PEREGRINO INVERTIDO
El hombre, peregrinaba a la inversa:
Desde el sitio sacro, al contrario, o sea, el del inicio de la formación devocional.
Hacía coincidir el tiempo de su partida solitaria y silenciosa, con el de la marcha multitudinaria y pródiga en fervor religioso.
¿Poseía este atributo?...
Sí. Lo sentía íntima, emotivamente, pero sus dificultades de integración a un colectivo social,lo invalidaban para ser uno más entre la multitud.
Por decirlo de algún modo, poseía-o padecía-una dificultad intrínseca para congregarse.
¿Porqué no acompañaba al conjunto, de modo ensimismado y no participativo con los demás, concentrado en su propia unción?...
Varias veces se contestó a sí mismo esta pregunta:
Porque necesitaba imperiosamente, que la divinidad se fijara en él.
Sabía que esta clase de contactos era espiritual, por lo que el Altísimo podría reconocerlo aún entre los siete mil millones de humanos que poblaban el mundo, pero..., pensaba que convenía exacerbar el requerimiento, ante aquel que todo lo puede.
Lo que a su vez, era un modo de singularizar su presencia y su acercamiento a Él.
¿Cual era su requerimiento y súplica?...
Simplemente..., atención.
Atención.
Lo que era mucho pedir.
Consideraba que desde el albor de la humanidad entendida como tal, doscientas mil millones de almas-por arriesgar una cifra-poblaron la Tierra.
¿Porqué el Creador se iba a fijar particularmente en la suya?...
No tenía contestación a este interrogante, de modo que decidió peregrinar a la inversa para expresar su aflicción ante el sacro silencio, lo que estimaba era la respuesta habitual del Supremo para con sus atribuladas criaturas; esencialmente, con aquellas que poseían una fe no embotada, propensa a la distinción.
¿El precio de cierta soberbia, de querer destacarse del resto, cuando lo que se bendice es la humildad?...
Podría ser.
El hombre lo asume; también sabe que desde alguna óptica, resultaría ingenuo recurrir a estos recursos para que la deidad lo individualice.
Pero...
¿Y si su creativa formulación peregrinacional era la de preferencia, para aquel que dispensa castigos y establece recompensas eternas?...
Nada más lejos de su intensión, considerarse un elegido que puede interpretar el sublime silencio.
Ni siquiera era uno de los tantos alucinados, pseudo-iluminados y falsos profetas, que en profusión aparecieron y aparecen en todas las épocas y lugares.
Lo suyo se remitía a lo formal, como método de acceso al contacto personal con el Único.
Respecto a esta cuestión, entendía que la íntima fusión de su alma en la esfera divina, aunque sea durante una fracción de segundo, implicaba la experiencia directa que necesitaba para justificar su vida pasada y futura.
Una apetencia de encuentro superior con el todo, el uno, el absoluto.
El hombre que peregrinaba a la inversa era un místico, que por otra parte, conocía fehacientemente los peligros de esta condición, cuando colisiona con la índole de los demás. O sea, con el orden de quienes se hallan inmersos en mayor o menor grado en lo terrenal, en una realidad prosaica desvinculada del ámbito celestial.
Por estas consideraciones-a pesar de la incomodidad y el riesgo-decidió dejar de circular paralelamente al contrario de la procesión masiva, para desarrollar su recorrido atravesando el centro de la misma, siempre en la dirección inversa.
Eligió para la prueba magna, la de mayor concurrencia, la de apabullante masividad.
Jóvenes, mayores, enfermos en camillas, discapacitados en sillas de ruedas, niños y hasta bebés en brazos, avanzaban, recorriendo el diagrama circulatorio de la fe.
El hombre que peregrinaba a la inversa se desplazaba sin pedir permiso, abriéndose paso como podía, impertérrito ante las preguntas, la sorpresa ajena, incluso los insultos y las maldiciones, siempre mirando hacia abajo como los mansos o hacia arriba, buscando la divina señal.
Se desconoce que fue lo que generó la descomunal avalancha humana, que ocasionó centenares de víctimas afixiadas y pisoteadas, cuyo afán de elevación espiritual fue interrumpido del modo más atroz.
Antes de sentir-yacente sobre el pavimento-que su cabeza era aplastada por una multitud en desbandada por el pánico, el hombre que peregrinaba a la inversa pudo deducir que la entidad divina, seguía requiriendo sacrificios humanos como prueba de fidelidad de la especie; también, que alguien debía generarlos de algún modo, cuando ya estaban abolidos en el universo de la religiosidad.
Antes de perder el conocimiento, lo embargó una felicidad inconcebible, la prueba de un reconocimiento que superaba todo posible parámetro de evaluación aplicable. Quizo sonreír en señal de gratitud y elevar su vista, pero su boca destrozada se lo impidió, así como su cuello, que se hallaba fracturado.
FIN
EL PEREGRINO INVERTIDO
El hombre, peregrinaba a la inversa:
Desde el sitio sacro, al contrario, o sea, el del inicio de la formación devocional.
Hacía coincidir el tiempo de su partida solitaria y silenciosa, con el de la marcha multitudinaria y pródiga en fervor religioso.
¿Poseía este atributo?...
Sí. Lo sentía íntima, emotivamente, pero sus dificultades de integración a un colectivo social,lo invalidaban para ser uno más entre la multitud.
Por decirlo de algún modo, poseía-o padecía-una dificultad intrínseca para congregarse.
¿Porqué no acompañaba al conjunto, de modo ensimismado y no participativo con los demás, concentrado en su propia unción?...
Varias veces se contestó a sí mismo esta pregunta:
Porque necesitaba imperiosamente, que la divinidad se fijara en él.
Sabía que esta clase de contactos era espiritual, por lo que el Altísimo podría reconocerlo aún entre los siete mil millones de humanos que poblaban el mundo, pero..., pensaba que convenía exacerbar el requerimiento, ante aquel que todo lo puede.
Lo que a su vez, era un modo de singularizar su presencia y su acercamiento a Él.
¿Cual era su requerimiento y súplica?...
Simplemente..., atención.
Atención.
Lo que era mucho pedir.
Consideraba que desde el albor de la humanidad entendida como tal, doscientas mil millones de almas-por arriesgar una cifra-poblaron la Tierra.
¿Porqué el Creador se iba a fijar particularmente en la suya?...
No tenía contestación a este interrogante, de modo que decidió peregrinar a la inversa para expresar su aflicción ante el sacro silencio, lo que estimaba era la respuesta habitual del Supremo para con sus atribuladas criaturas; esencialmente, con aquellas que poseían una fe no embotada, propensa a la distinción.
¿El precio de cierta soberbia, de querer destacarse del resto, cuando lo que se bendice es la humildad?...
Podría ser.
El hombre lo asume; también sabe que desde alguna óptica, resultaría ingenuo recurrir a estos recursos para que la deidad lo individualice.
Pero...
¿Y si su creativa formulación peregrinacional era la de preferencia, para aquel que dispensa castigos y establece recompensas eternas?...
Nada más lejos de su intensión, considerarse un elegido que puede interpretar el sublime silencio.
Ni siquiera era uno de los tantos alucinados, pseudo-iluminados y falsos profetas, que en profusión aparecieron y aparecen en todas las épocas y lugares.
Lo suyo se remitía a lo formal, como método de acceso al contacto personal con el Único.
Respecto a esta cuestión, entendía que la íntima fusión de su alma en la esfera divina, aunque sea durante una fracción de segundo, implicaba la experiencia directa que necesitaba para justificar su vida pasada y futura.
Una apetencia de encuentro superior con el todo, el uno, el absoluto.
El hombre que peregrinaba a la inversa era un místico, que por otra parte, conocía fehacientemente los peligros de esta condición, cuando colisiona con la índole de los demás. O sea, con el orden de quienes se hallan inmersos en mayor o menor grado en lo terrenal, en una realidad prosaica desvinculada del ámbito celestial.
Por estas consideraciones-a pesar de la incomodidad y el riesgo-decidió dejar de circular paralelamente al contrario de la procesión masiva, para desarrollar su recorrido atravesando el centro de la misma, siempre en la dirección inversa.
Eligió para la prueba magna, la de mayor concurrencia, la de apabullante masividad.
Jóvenes, mayores, enfermos en camillas, discapacitados en sillas de ruedas, niños y hasta bebés en brazos, avanzaban, recorriendo el diagrama circulatorio de la fe.
El hombre que peregrinaba a la inversa se desplazaba sin pedir permiso, abriéndose paso como podía, impertérrito ante las preguntas, la sorpresa ajena, incluso los insultos y las maldiciones, siempre mirando hacia abajo como los mansos o hacia arriba, buscando la divina señal.
Se desconoce que fue lo que generó la descomunal avalancha humana, que ocasionó centenares de víctimas afixiadas y pisoteadas, cuyo afán de elevación espiritual fue interrumpido del modo más atroz.
Antes de sentir-yacente sobre el pavimento-que su cabeza era aplastada por una multitud en desbandada por el pánico, el hombre que peregrinaba a la inversa pudo deducir que la entidad divina, seguía requiriendo sacrificios humanos como prueba de fidelidad de la especie; también, que alguien debía generarlos de algún modo, cuando ya estaban abolidos en el universo de la religiosidad.
Antes de perder el conocimiento, lo embargó una felicidad inconcebible, la prueba de un reconocimiento que superaba todo posible parámetro de evaluación aplicable. Quizo sonreír en señal de gratitud y elevar su vista, pero su boca destrozada se lo impidió, así como su cuello, que se hallaba fracturado.
FIN
viernes, 11 de noviembre de 2011
Sensibles lectores...¿Alguna vez recuerdan que somos la especie dominante?...
¿QUIÉN SOS?...
Los gritos de la tía Thelma resonaban estridentes:
-¿Quién sos?...¡Decí quien sos!...
Parecía presa del terror...¿O del asco?..., quizás de una mezcla de ambos sentimientos.
La emotividad desbordada de la tía Thelma, proseguía manifestándose con pocos cambios de entonación.
Se trataba de un interrogatorio alterado, donde quien exigía información se hallaba en evidente posición de inferioridad.
Nosotros-sus sobrinos-conocedores de la reacción de la tía ante la aparición de ciertos desconocidos, estallábamos en carcajadas tan estentóreas como sus "¿Quién sos?".
Nuestros padres nos acompañaban en las risas.
Esto parecía exacerbar los pedidos de identificación que formulaba la tía, ahora con voz trémula:
-¿Quién sos, alma transfigurada?...
Esto era nuevo.
A mis diez y siete años, podía interpretar humorísticamente la orientación de sus preguntas habituales, pero al incorporar el tema de la transmigración de las almas, mi risa se convirtió en estrépito.
Quizás para prolongar la situación jocosa, nadie pisó a la inmunda cucaracha negra, objeto de su requerimiento.
El bicho parecía adormecido, como borracho de insecticida, intentando torpemente camuflarse detrás de la pata de una mesa a la que casi no podía llegar, quedando completamente vulnerable.
Cuando el "¿Quién sos?" de la tía pareció evidenciar angustia, mi primo Javier destruyó al invertebrado mediante un tacazo, que resonó sobre el parquet como un tiro de gracia.
En ese momento, al quedar al descubierto esa pasta desventrada e inmunda en que se había convertido el insecto, la tía exclamó como para sí, ahogada por un llanto que pugnaba por aflorar:
-¿Quién eras?...
No llegó a acallarse el sonido de su voz, cuando la fotografía enmarcada del tío Alberto-de quien la tía era viuda desde hacía unos pocos meses-se estrello contra el piso esparciendo el vidrio que la cubría, tomando contacto la foto en primer plano del tío, con los restos informes de la cucaracha.
En el repentino silencio que se generó en el living, Javier y yo nos miramos como si detectaramos que estábamos pensando lo mismo:
La tía Thelma nos refirió alguna vez que de recién casados, con el tío Alberto tuvieron una pequeña empresa de desinsectación, durante algunos meses.
A pesar de que les reportaba buenas ganancias, el tío no quiso proseguir con la actividad, sin explicitarle el motivo de su determinación.
Ante su insistencia, luego de un prolongado lapso de silencio al respécto, solo le dijo:
La capacidad de venganza de las cucarachas, nos aventaja en millones de años...
Cuando volvimos la mirada hacia la tía, la vimos llorar amargamente, sin atreverse a barrer el estropicio que quedó en el piso.
FIN
Los gritos de la tía Thelma resonaban estridentes:
-¿Quién sos?...¡Decí quien sos!...
Parecía presa del terror...¿O del asco?..., quizás de una mezcla de ambos sentimientos.
La emotividad desbordada de la tía Thelma, proseguía manifestándose con pocos cambios de entonación.
Se trataba de un interrogatorio alterado, donde quien exigía información se hallaba en evidente posición de inferioridad.
Nosotros-sus sobrinos-conocedores de la reacción de la tía ante la aparición de ciertos desconocidos, estallábamos en carcajadas tan estentóreas como sus "¿Quién sos?".
Nuestros padres nos acompañaban en las risas.
Esto parecía exacerbar los pedidos de identificación que formulaba la tía, ahora con voz trémula:
-¿Quién sos, alma transfigurada?...
Esto era nuevo.
A mis diez y siete años, podía interpretar humorísticamente la orientación de sus preguntas habituales, pero al incorporar el tema de la transmigración de las almas, mi risa se convirtió en estrépito.
Quizás para prolongar la situación jocosa, nadie pisó a la inmunda cucaracha negra, objeto de su requerimiento.
El bicho parecía adormecido, como borracho de insecticida, intentando torpemente camuflarse detrás de la pata de una mesa a la que casi no podía llegar, quedando completamente vulnerable.
Cuando el "¿Quién sos?" de la tía pareció evidenciar angustia, mi primo Javier destruyó al invertebrado mediante un tacazo, que resonó sobre el parquet como un tiro de gracia.
En ese momento, al quedar al descubierto esa pasta desventrada e inmunda en que se había convertido el insecto, la tía exclamó como para sí, ahogada por un llanto que pugnaba por aflorar:
-¿Quién eras?...
No llegó a acallarse el sonido de su voz, cuando la fotografía enmarcada del tío Alberto-de quien la tía era viuda desde hacía unos pocos meses-se estrello contra el piso esparciendo el vidrio que la cubría, tomando contacto la foto en primer plano del tío, con los restos informes de la cucaracha.
En el repentino silencio que se generó en el living, Javier y yo nos miramos como si detectaramos que estábamos pensando lo mismo:
La tía Thelma nos refirió alguna vez que de recién casados, con el tío Alberto tuvieron una pequeña empresa de desinsectación, durante algunos meses.
A pesar de que les reportaba buenas ganancias, el tío no quiso proseguir con la actividad, sin explicitarle el motivo de su determinación.
Ante su insistencia, luego de un prolongado lapso de silencio al respécto, solo le dijo:
La capacidad de venganza de las cucarachas, nos aventaja en millones de años...
Cuando volvimos la mirada hacia la tía, la vimos llorar amargamente, sin atreverse a barrer el estropicio que quedó en el piso.
FIN
jueves, 10 de noviembre de 2011
Ávidas lectoras y lectores, desciendan sus miradas...
UN HUECO QUE REFULGE
El hombre llegaba al final de su largo viaje, con evidente fatiga.
No pudo dormir durante la noche, sintió frió a pesar del abrigo de la manta y su inquietud hizo el resto.
Exhibía un semblante abotagado, ornado por oscuras ojeras que contrastaban con la palidez de su piel.
Al pisar el andén, trató de mejorar el aspecto de su vestimenta con algunos golpecitos como para plancharla, en un intento por recuperar el empaque que mostraba al salir.
Se ajustó el cuello duro, al que el roce de la barba aún sin afeitar, opacaba el albor que presentaba al inicio de la travesía.
Como individuo atildado que era, se atuzó el profuso bigote, algo caído por no haber usado la bigotera nocturna y se requintó el sombrero, ladeándolo con elegancia.
Su equipaje, era una pequeña valija de cuero marrón que siempre estuvo al alcance de su mano y una manta, adosada a la misma mediante un correaje.
Aferrándola con la diestra, avanzó sin contestar los requerimientos de changarines, niños que voceaban diarios, vendedores ambulantes con bandola, muchachos que ofrecían alojamiento y otros servicios; todo proferido a viva voz, en una cacofonía donde el castellano adoptaba diferentes tonadas, incluso, se confundía con el cocoliche de los inmigrantes italianos.
Pensó que esto era lógico, dado que la mitad de la población de Buenos Aires era extranjera.
Los pocos años que pasó fuera de la ciudad ya le deparaban sorpresas: la Estación Constitución contaba con nuevas plataformas, numeradas 8 y 9.
Al lado de la Nº 1, numerosos carruajes aguardaban a pasajeros recién arribados, ansiosos por llegar a sus destinos.
Pudo ver dos automóviles taxímetros, detenidos con el motor en marcha; generaban tanto estrépito como las locomotoras.
En el grandioso hall central, la gente se desplazaba presurosa, confundiéndose los que llegaban y los que iban a abordar formaciones tanto de los servicios generales como de los suburbanos, todos inmersos en la gelidez de esa mañana destemplada, que comenzaba a despuntar.
Cada uno portando su propia inmediatez...,o sea, la suma de una historia personal -reflexionaba mientras se hallaba próximo a salir de la estación- conjugada con un futuro que cada segundo convertía en presente, para de inmediato transmutarlo en pasado...
Pero para él, todo tenía otro cariz: el de una misión encomendada y asumida.
Lo suyo, era abarcativo de un modo que nadie podría suponer: los incluía a todos ellos, aunque no lo supieran.
El malestar, se instaló en su espíritu al trasponer el umbral que daba a la calle Brasil.
No la vio. La demolieron.
No llegó a tiempo.
La información recibida en Bahía Blanca, fue imprecisa en cuanto a la fecha.
Absorto ante lo infausto, casi es derribado por el cadenero de una chata de Francisco Viacaba cargada de bolsas, de esas que vienen del puerto. El carrero lo miró con desprecio, el cigarrillo colgando de sus labios, quizás pensaba en la idiotez de ese pisaverde distraido.
Como en un pantallazo mental, recordó que esos carros solían utilizar la Avenida Belgrano para su trayecto.
Era curioso, reflexionaba, mientras esquivaba a un tranvía y luego a un camión con ruedas de madera repleto de baúles posiblemente de inmigrantes, como las cuestiones nimias se mezclan con la preocupación trascendente.
Quizás era propio de la naturaleza humana tamizar con lo prosaico lo más elevado, para atenuar el concepto de infinito en la mente.
¿Sino como asimilar ideas de eternidad y sumisión superior?...
O condena de proyección inconcebible...
Ese, ahora era su caso.
No rescató a tiempo el secreto de la Gran Rocalla, escondido en el hueco que refulge.
Aquello que transmitió el Ingeniero Courtois en 1887, disimulado entre el hierro y el cemento de la gruta considerada un adefesio por la población.
¿Torcuato de Alvear, primer intendente, lo sabía?...
No estaba seguro.
La gruta, ya comenzó a derrumbarse al primer año de construida. La ruina del castillo en ruinas que construyó Courtois, junto a un lago artificial en medio del vacío, dado que eso era la plaza en el siglo anterior.
Individuos de mala catadura, lo miraban dirigirse hacia los escombros de los escombros, donde hasta hacía muy poco aún estaban en pie los restos de lo que fue edificado como un castillo derruido.
Siempre la destrucción, esa clave.
Hablaba en voz baja, como para sí, mientras el paisaje se convertía en un cenagal hediondo, donde iban a comenzar los trabajos del subterráneo de la Anglo-Argentina.
Un par de vigilantes a caballo que circulaban por el lugar, lo observaban perplejos.
Estimaba que su aspecto de caballero, de bombín y abrigo con esclavina, no era coherente con caminar por un barrial que enlodaba sus botines.
Ya ni gatos había..., estos habían sido los habitantes de la ruina de la gruta, los últimos veintitantos años, alimentados por las buenas señoras del barrio.
Pero también había visitantes nocturnos subrepticios, él fue uno de ellos, que franqueaban el vallado y accedían peligrosamente a la zona más oculta de la mole ruinosa, donde se hallaba el hueco que refulge,conocido por unos pocos.
Al contacto con su luz fría, él se sometió varias veces durante la última década, siempre por mandato de los que le encargaron velar por su secreto y preservar su índole inefable.
No estuvo a la altura de su misión. Llegó tarde.
Se distrajo en Bahía Blanca y subestimó cierta información telegráfica, esto generó la catástrofe: una cuestión de tiempo.
Los restos de la Gran Rocalla fueron demolidos con dinamita, por lo que dudaba en poder reconocer donde se hallaba el hueco que refulge.
Cuando llegó a lo que ya era un extenso túmulo de escombros desperdigados, los policías montados decidieron acercarse.
Encaramado entre los restos, sabía que le sería imposible hallar aquello que debía preservar.
Hurgó febrilmente con sus manos hasta destrozarse las cuidadas uñas y estropear su ropa; la valija quedó olvidada como un despojo en el lodazal.
_¿Qué busca?...
Le preguntó uno de los chanfles, con tono rudo.
-El hueco que refulge...
Lo enunció sin ánimo ni enjundia; todo estaba perdido y la locura era apta para mantener el hermetismo sobre aquello.
-Se desayunó con ginebra el hombre...
Dijo el otro policía, entre risotadas contestadas por su compañero, hasta que vieron como el cajetilla ya de aspecto astroso, se postraba y comenzaba a recitar una letanía, algo así como...
Mimmio, athesa,eoio...
intercalado con frases tales como gases tóxicos, muerte en escala industrial, trincheras hediondas; bayonetas que horadan la carne, cieno y porquería, vehículos blindados,aerostatos, bombardeos aéreos, una guerra nunca vista...
Todo acompañado por espumarajos, toses, flemas...
-No está mamado -dijo el que llevaba jinetas de cabo- está loco.
Uno se quedó en custodia, mientras el otro se dirigía a dar aviso a la asistencia pública.
El médico, observaba la tarea de los enfermeros que le colocaban un chaleco de mangas anudadas entre sí, con frialdad profesional. Llevaba un diario bajo el brazo.
-Este es carne de electroshock ..., le dijo al vigilante, que no sabía exactamente que era eso, pero no debía ser nada bueno; había oído hablar de la silla eléctrica.
Antes que lo introdujeran en la ambulancia arrastrada por dos caballos, el hombre considerado alucinado, pudo leer el titular de La Nación bajo la fecha del día:
29 de junio de 1914
MATARON EN SARAJEVO AL ARCHIDUQUE DE AUSTRIA
FRANCISCO FERNANDO
O sea que lo mataron ayer, pensaba, mientras cerraban las puertas del vehículo.
Se durmió inmerso en un sueño apocalíptico: años de matanza descomunal con armas inconcebibles y luego, una prodigiosa epidemia de gripe, que completaría las decenas de millones de víctimas.
Lo gritó con todas sus fuerzas al llegar al establecimiento de la calle Vieytes, pero un guardia lo hizo callar a golpes de porra.
-Aquí tenés que estar tranquilo ..., le dijo, pero él ya comenzaba a estarlo, porque sabía que ya no era él y eso le iba a resultar beneficioso.
FIN
El hombre llegaba al final de su largo viaje, con evidente fatiga.
No pudo dormir durante la noche, sintió frió a pesar del abrigo de la manta y su inquietud hizo el resto.
Exhibía un semblante abotagado, ornado por oscuras ojeras que contrastaban con la palidez de su piel.
Al pisar el andén, trató de mejorar el aspecto de su vestimenta con algunos golpecitos como para plancharla, en un intento por recuperar el empaque que mostraba al salir.
Se ajustó el cuello duro, al que el roce de la barba aún sin afeitar, opacaba el albor que presentaba al inicio de la travesía.
Como individuo atildado que era, se atuzó el profuso bigote, algo caído por no haber usado la bigotera nocturna y se requintó el sombrero, ladeándolo con elegancia.
Su equipaje, era una pequeña valija de cuero marrón que siempre estuvo al alcance de su mano y una manta, adosada a la misma mediante un correaje.
Aferrándola con la diestra, avanzó sin contestar los requerimientos de changarines, niños que voceaban diarios, vendedores ambulantes con bandola, muchachos que ofrecían alojamiento y otros servicios; todo proferido a viva voz, en una cacofonía donde el castellano adoptaba diferentes tonadas, incluso, se confundía con el cocoliche de los inmigrantes italianos.
Pensó que esto era lógico, dado que la mitad de la población de Buenos Aires era extranjera.
Los pocos años que pasó fuera de la ciudad ya le deparaban sorpresas: la Estación Constitución contaba con nuevas plataformas, numeradas 8 y 9.
Al lado de la Nº 1, numerosos carruajes aguardaban a pasajeros recién arribados, ansiosos por llegar a sus destinos.
Pudo ver dos automóviles taxímetros, detenidos con el motor en marcha; generaban tanto estrépito como las locomotoras.
En el grandioso hall central, la gente se desplazaba presurosa, confundiéndose los que llegaban y los que iban a abordar formaciones tanto de los servicios generales como de los suburbanos, todos inmersos en la gelidez de esa mañana destemplada, que comenzaba a despuntar.
Cada uno portando su propia inmediatez...,o sea, la suma de una historia personal -reflexionaba mientras se hallaba próximo a salir de la estación- conjugada con un futuro que cada segundo convertía en presente, para de inmediato transmutarlo en pasado...
Pero para él, todo tenía otro cariz: el de una misión encomendada y asumida.
Lo suyo, era abarcativo de un modo que nadie podría suponer: los incluía a todos ellos, aunque no lo supieran.
El malestar, se instaló en su espíritu al trasponer el umbral que daba a la calle Brasil.
No la vio. La demolieron.
No llegó a tiempo.
La información recibida en Bahía Blanca, fue imprecisa en cuanto a la fecha.
Absorto ante lo infausto, casi es derribado por el cadenero de una chata de Francisco Viacaba cargada de bolsas, de esas que vienen del puerto. El carrero lo miró con desprecio, el cigarrillo colgando de sus labios, quizás pensaba en la idiotez de ese pisaverde distraido.
Como en un pantallazo mental, recordó que esos carros solían utilizar la Avenida Belgrano para su trayecto.
Era curioso, reflexionaba, mientras esquivaba a un tranvía y luego a un camión con ruedas de madera repleto de baúles posiblemente de inmigrantes, como las cuestiones nimias se mezclan con la preocupación trascendente.
Quizás era propio de la naturaleza humana tamizar con lo prosaico lo más elevado, para atenuar el concepto de infinito en la mente.
¿Sino como asimilar ideas de eternidad y sumisión superior?...
O condena de proyección inconcebible...
Ese, ahora era su caso.
No rescató a tiempo el secreto de la Gran Rocalla, escondido en el hueco que refulge.
Aquello que transmitió el Ingeniero Courtois en 1887, disimulado entre el hierro y el cemento de la gruta considerada un adefesio por la población.
¿Torcuato de Alvear, primer intendente, lo sabía?...
No estaba seguro.
La gruta, ya comenzó a derrumbarse al primer año de construida. La ruina del castillo en ruinas que construyó Courtois, junto a un lago artificial en medio del vacío, dado que eso era la plaza en el siglo anterior.
Individuos de mala catadura, lo miraban dirigirse hacia los escombros de los escombros, donde hasta hacía muy poco aún estaban en pie los restos de lo que fue edificado como un castillo derruido.
Siempre la destrucción, esa clave.
Hablaba en voz baja, como para sí, mientras el paisaje se convertía en un cenagal hediondo, donde iban a comenzar los trabajos del subterráneo de la Anglo-Argentina.
Un par de vigilantes a caballo que circulaban por el lugar, lo observaban perplejos.
Estimaba que su aspecto de caballero, de bombín y abrigo con esclavina, no era coherente con caminar por un barrial que enlodaba sus botines.
Ya ni gatos había..., estos habían sido los habitantes de la ruina de la gruta, los últimos veintitantos años, alimentados por las buenas señoras del barrio.
Pero también había visitantes nocturnos subrepticios, él fue uno de ellos, que franqueaban el vallado y accedían peligrosamente a la zona más oculta de la mole ruinosa, donde se hallaba el hueco que refulge,conocido por unos pocos.
Al contacto con su luz fría, él se sometió varias veces durante la última década, siempre por mandato de los que le encargaron velar por su secreto y preservar su índole inefable.
No estuvo a la altura de su misión. Llegó tarde.
Se distrajo en Bahía Blanca y subestimó cierta información telegráfica, esto generó la catástrofe: una cuestión de tiempo.
Los restos de la Gran Rocalla fueron demolidos con dinamita, por lo que dudaba en poder reconocer donde se hallaba el hueco que refulge.
Cuando llegó a lo que ya era un extenso túmulo de escombros desperdigados, los policías montados decidieron acercarse.
Encaramado entre los restos, sabía que le sería imposible hallar aquello que debía preservar.
Hurgó febrilmente con sus manos hasta destrozarse las cuidadas uñas y estropear su ropa; la valija quedó olvidada como un despojo en el lodazal.
_¿Qué busca?...
Le preguntó uno de los chanfles, con tono rudo.
-El hueco que refulge...
Lo enunció sin ánimo ni enjundia; todo estaba perdido y la locura era apta para mantener el hermetismo sobre aquello.
-Se desayunó con ginebra el hombre...
Dijo el otro policía, entre risotadas contestadas por su compañero, hasta que vieron como el cajetilla ya de aspecto astroso, se postraba y comenzaba a recitar una letanía, algo así como...
Mimmio, athesa,eoio...
intercalado con frases tales como gases tóxicos, muerte en escala industrial, trincheras hediondas; bayonetas que horadan la carne, cieno y porquería, vehículos blindados,aerostatos, bombardeos aéreos, una guerra nunca vista...
Todo acompañado por espumarajos, toses, flemas...
-No está mamado -dijo el que llevaba jinetas de cabo- está loco.
Uno se quedó en custodia, mientras el otro se dirigía a dar aviso a la asistencia pública.
El médico, observaba la tarea de los enfermeros que le colocaban un chaleco de mangas anudadas entre sí, con frialdad profesional. Llevaba un diario bajo el brazo.
-Este es carne de electroshock ..., le dijo al vigilante, que no sabía exactamente que era eso, pero no debía ser nada bueno; había oído hablar de la silla eléctrica.
Antes que lo introdujeran en la ambulancia arrastrada por dos caballos, el hombre considerado alucinado, pudo leer el titular de La Nación bajo la fecha del día:
29 de junio de 1914
MATARON EN SARAJEVO AL ARCHIDUQUE DE AUSTRIA
FRANCISCO FERNANDO
O sea que lo mataron ayer, pensaba, mientras cerraban las puertas del vehículo.
Se durmió inmerso en un sueño apocalíptico: años de matanza descomunal con armas inconcebibles y luego, una prodigiosa epidemia de gripe, que completaría las decenas de millones de víctimas.
Lo gritó con todas sus fuerzas al llegar al establecimiento de la calle Vieytes, pero un guardia lo hizo callar a golpes de porra.
-Aquí tenés que estar tranquilo ..., le dijo, pero él ya comenzaba a estarlo, porque sabía que ya no era él y eso le iba a resultar beneficioso.
FIN
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