Al publico en general,
El dia de hoy paso a la inmortalidad Adolfo Daniel Faistman, el autor de este blog.
Olaf, fue un tipo complicado. Pero a pesar de todas sus estructuras siempre dio todo por su familia.
En este ultimo mes el busco de forma arbitraria el autoconocimiento que le permitiera superar lo terrenal, y en el día de hoy cumplió su cometido.
Lo recordaremos con una sonrisa y muchísimo cariño ya que marcó nuestras vidas y la de tantos otros.
Salud Olaf! Gracias por tantos recuerdos maravillosos! Brindaremos por vos en cada reunión.
Te amamos
Alvaro Faistman
Narrativa breve de alto nivel expresivo; ficciones sorpredentes y algunos otros etceteras.
lunes, 19 de agosto de 2019
miércoles, 26 de diciembre de 2018
A LOS GOLPES
Hasta último momento piensa en esquivarlo, pero algo parecido al estallido de su rostro, le indica donde finaliza la trayectoria del golpe.
Quizás haberle dicho, puntualmente, tarado de mierda..., lo motivó a hacer tronar el escarmiento.
Aunque supone con mayor certidumbre, que se trata de una respuesta acumulativa a años de humillación, en los que lo menoscabó sostenidamente entre insultos y expresiones de desprecio.
¿Porqué tal proceder?..., piensa, mientras intenta con un pañuelo contener la efusión de sangre que proviene de su naríz lastimada.
Concluye que por el agobio que le provoca soportarlo, en estos tiempos difíciles.
Prevé un nuevo golpe: asiste a la génesis de su preparación y no evita el impacto. Se da cuenta que carece de actitud defensiva acorde.
Como el anterior, es un mazazo dado con las dos manos entrelazadas, sobre su cara.
Nota que las usuales formas que emplea para dirigirse a él, cesaron por completo.
Dolorido por el ataque, obvia el tratamiento de pelotudo, imbécil crónico, reverendo idiota...y otros términos insultantes, que le dispensa habitualmente por sus permanentes errores y fallas de apreciación, tanto en lo conceptual como en lo operativo.
Debe reconocer que esta actitud, se manifiesta aún ante situaciones nimias que no implican ninguna torpeza, como puede ser la caída de un papel al piso o un olvido circunstancial sin consecuencias.
Por supuesto, nunca ante testigos y siempre con voz pausada.
Esta vez, le quedó una hematoma sobre su pómulo derecho.
De todos modos, comprender el carácter de la situación no implica que esté dispuesto a tolerarla, más aún, cuando esta conlleva como consecuencia, lesiones visibles.
Casi debe ejercer un retorcimiento de la mano, para dar señales claras, determinantes, de su conducta disuasoria. De todos modos, no se siente seguro de lograr su propósito: sospecha que en cualquier momento, puede comenzar nuevamente a denigrarlo y provocar una reacción que ya demostró ser imprevisible en sus consecuencias.
Ante el espejo del baño, al notar el acrecentamiento del tono morado en la lesión del pómulo, percibe que una sensación de odio creciente tiende a desquiciarlo aún más.
-¡Maldito infeliz!..., le espeta al espejo,...¿Ya no te vasta con injuriarte que necesitás desfigurarte la geta de cretino que portás?...
No soporta mirarse y abandona prestamente el baño.
-¿Que te pasó?..., le pregunta su mujer en el living, con voz destemplada, producto de la impresión que le causan los estragos que presenta su rostro.
-Un tipo me atacó y me dejó así...
-¿Pero vos lo conocías?...
-Si..., pero no creí que llegara a esto...
FIN
Aunque supone con mayor certidumbre, que se trata de una respuesta acumulativa a años de humillación, en los que lo menoscabó sostenidamente entre insultos y expresiones de desprecio.
¿Porqué tal proceder?..., piensa, mientras intenta con un pañuelo contener la efusión de sangre que proviene de su naríz lastimada.
Concluye que por el agobio que le provoca soportarlo, en estos tiempos difíciles.
Prevé un nuevo golpe: asiste a la génesis de su preparación y no evita el impacto. Se da cuenta que carece de actitud defensiva acorde.
Como el anterior, es un mazazo dado con las dos manos entrelazadas, sobre su cara.
Nota que las usuales formas que emplea para dirigirse a él, cesaron por completo.
Dolorido por el ataque, obvia el tratamiento de pelotudo, imbécil crónico, reverendo idiota...y otros términos insultantes, que le dispensa habitualmente por sus permanentes errores y fallas de apreciación, tanto en lo conceptual como en lo operativo.
Debe reconocer que esta actitud, se manifiesta aún ante situaciones nimias que no implican ninguna torpeza, como puede ser la caída de un papel al piso o un olvido circunstancial sin consecuencias.
Por supuesto, nunca ante testigos y siempre con voz pausada.
Esta vez, le quedó una hematoma sobre su pómulo derecho.
De todos modos, comprender el carácter de la situación no implica que esté dispuesto a tolerarla, más aún, cuando esta conlleva como consecuencia, lesiones visibles.
Casi debe ejercer un retorcimiento de la mano, para dar señales claras, determinantes, de su conducta disuasoria. De todos modos, no se siente seguro de lograr su propósito: sospecha que en cualquier momento, puede comenzar nuevamente a denigrarlo y provocar una reacción que ya demostró ser imprevisible en sus consecuencias.
Ante el espejo del baño, al notar el acrecentamiento del tono morado en la lesión del pómulo, percibe que una sensación de odio creciente tiende a desquiciarlo aún más.
-¡Maldito infeliz!..., le espeta al espejo,...¿Ya no te vasta con injuriarte que necesitás desfigurarte la geta de cretino que portás?...
No soporta mirarse y abandona prestamente el baño.
-¿Que te pasó?..., le pregunta su mujer en el living, con voz destemplada, producto de la impresión que le causan los estragos que presenta su rostro.
-Un tipo me atacó y me dejó así...
-¿Pero vos lo conocías?...
-Si..., pero no creí que llegara a esto...
FIN
viernes, 7 de septiembre de 2018
EL VENDEDOR DE INTANGIBLES
-Buenos días, estimados pasajeros de este medio de transporte. Hoy tengo para presentarles algo único: un producto que no se consigue en el comercio porque es una verdadera primicia y aún no existe el rubro comercial establecido para su venta.
Reitero: único.
Solo pueden conseguirlo mediante mi intervención en esta línea de subterráneo, no en otra.
Me atrevo a decirles, respetables pasajeros, que se trata de algo autentico, inimitable porque no sabrían que imitar y..., el mejor, sin ninguna duda, dado que no es posible someterlo a comparaciones.
El vendedor ambulante, maduro, de cutis cetrino y abundante cabellera negra peinada hacia atrás, para resultar sujetada por una bandita elástica, se esfuerza por superar con su pregón el estrépito ambiental.
Viste con decoro demodé un traje de apariencia algo ajada, de moda décadas atrás, pero cuyo pantalón expone una raya tan perfecta como el filo de una navaja bien templada, sin duda, resultado de un singular esmero en el planchado. Los zapatos acordonados, parecen indicar muchos años de trajinadas caminatas, así como ingentes capas de betún para atenuar el deterioro generado por las mismas.
No usa corbata y la camisa a cuadros parece almidonada, como una pieza de altri tempi.
Los sonidos del entorno son de elevados decibeles: el vendedor amplifica su voz hasta los límites de la vocalización, exponiéndose a los peligros que conlleva esta práctica.
-Reitero: lo que ofrezco no posee réplicas, imitaciones, truchadas...
De última, símiles lamentables...
¡ No !..., señoras y señores, decididamente...¡ No !...
¿ Saben por qué ?...
Porque no sabrían que confeccionar de modo bastardo, dado que esto es...¡ Único !...
El vendedor, se pasa una mano sobre el cabello lacio, como si la esencialidad del producto que presenta le generara un agobio mental; una especie de cansancio superior al de sus cuerdas vocales sobreexigidas, en el pregón laudatorio de un producto hasta el momento desconocido.
La camisa de cuadros multicolores, resalta bajo el saco de tono oscuro y ofrece una imagen que remite a los gitanos, así como a otra gente afín al bullicio y el extrovertimiento. Curiosamente, el sujeto se caracteriza por un semblante adusto, que parecería más proclive a la actitud huraña que a la de exteriorizada alegría.
Es llamativo que sus manos estén libres: no solo no porta lo que vende, sino tampoco folletos o muestras promocionales..., piensa Claudio Cifuentes, veterano empleado administrativo, nada propenso a reparar en el entorno humano, que acompaña sus trayectos cotidianos a y desde la oficina en la que trabaja.
¿ Que carajo vende este tipo ?..., se pregunta con una curiosidad que de acuciante le resulta como malsana, dada su natural indiferencia hacia los contextos sociales que contornearon su vida pasada y presente, los que siempre consideró hostiles o potencialmente peligrosos.
Poco proclive al trato con los demás, pero sí, a escudriñarlos subrepticiamente y elaborar interpretaciones y conceptos en la soledad de su domicilio, Cifuentes se asume como un solterón meditabundo y retraído. Tangueramente, se considera desconfiado en la baraja y el amor.
También es consciente que la ingesta de alcohol, de modo solitario en la intimidad de su casa, le resulta un paliativo válido para afrontar sus carencias emocionales. Del mismo modo, sin autoengaños, comprende que esta práctica se está incrementando en cantidad y frecuencia, hecho que le genera una latente preocupación. Si bien la misma no le resulta tan apremiante como para requerir ayuda específica, el aumento en el consumo de los whiskys post-cena, mientras mira series vía Netflix, redunda en una reacción menos rápida para hacer cesar el timbre del despertador a las 07:00 hs. am de los días hábiles, tal como sucede desde el inicio de su vida adulta.
-Y como si esto fuera poco..., les comento, estimadas y estimados, que los beneficios del producto superan toda especulación sobre fecha de vencimiento, caducidad u otras variables referidas a la conservación y/o manipulación del mismo.
¿ Porqué ?..., le pregunta al anónimo pasaje. Como si la respuesta fuera harto improbable y sin dar tiempo a ninguna acción participativa del respetable, se contesta a si mismo: por la obsolescencia.
O mejor dicho, prosigue, por la ausencia de dicha condición, dado que este producto es eterno.
Sí, Sras. y Sres. : caducarán las leyes, se extinguirá la especie humana, se apagará el sol y el universo retornará al estadio previo al Bing Bang..., pero el producto seguirá existiendo.
Así es, distinguidos usuarios de este medio de transporte, este producto trasciende los límites de la materia.
Cifuentes estima que el vendedor padece alguna clase de delirio; no puede considerar que la verba rebuscada que emplea sirva para vender algo concreto, pero, por cierto, hasta ahora lo que ofrece es absolutamente insustancial..., agrega a sus pensamientos.
La somera observación que realiza de los otros pasajeros, le muestra sonrisas disimuladas y otras gestualidades, que suelen manifestarse ante la exteriorización de la locura, cuando la misma posee cierta extravagancia lindante con el humor bizarro.Otros integrantes del pasaje, parecen completamente ajenos a lo que dice quien se halla frente a ellos.
El vendedor -ya considerado por Cifuentes como el más cabal del ítem "intangibles"- parece no considerar la discreta socarronería de ese público obligado a escucharlo debido a las circunstancias, para proseguir con su apología del indescifrable producto que ofrece a la venta.
¿ Lo intenta vender ?..., se cuestiona Cifuentes, dado que hasta ahora solo ensalza las virtudes del mismo sin hablar de su precio y su utilidad.
Satisfecho con su razonamiento, Cifuentes, que es afecto a la lectura de temáticas poco prosaicas en la parte domiciliaria de su vida "de la casa al trabajo y del trabajo a la casa", interpreta que halló un dato clave sobre la verdadera intencionalidad del individuo que tiene ante sí.
Repara en que le restan dos estaciones antes de descender, mientras el sujeto prosigue con su parla.
-Señoras y señores pasajeros...
Aquí está lo que Vds. esperan ver desde el inicio de mi exposición oral.
O sea, no mentalicen más la expresión:
¿ Que mierda vende este tipo ?...
-Les presento lo que vendo..., dice, como para develar finalmente el misterio de ese producto de carácter casi críptico.
Pero sin proceder a mostrarlo, Cifuentes nota que el vendedor hace un extraño movimiento corporal que semeja un paso de baile, con un componente como agónico, tendiente al desequilibrio y la caída.
Observa con estupor, como pierde la vertical y se aferra a una pasajera sentada que profiere un alarido. De inmediato, se suelta de la mujer para quedar con su humanidad completamente extendida sobre el piso del vagón, acompañado por los gritos de los integrantes del pasaje, que fluctúan entre el horror y el desconcierto.
La llegada a la estación, evita que un joven accione el freno de emergencia. Cifuentes, al igual que otras personas, se incorpora de su asiento a los fines de auxiliar al caído.
Poco tendiente a menesteres solidarios, se queda rodeando al hombre yerto como otros curiosos que ya estaban en el vagón y se agolpan con quienes ingresan al mismo. Dado que el personal de la empresa de subterráneos fue avisado del suceso, la formación queda detenida mientras se activa el protocolo establecido para estos casos.
Un cincuentón que viste de elegante sport y luce modelada barba candado, lo encara como al pasar...
- No llegó a decir que era lo que vendía...
Ante el silencio de Cifuentes, reacio a entablar conversación con un extraño, se contesta a si mismo...
- O no pudo decirlo...
- O quizás..., el mismo no sabía exactamente que es lo que vendía...
Contrario a su actitud habitual poco o nada comunicativa, a la naturaleza hosca de su personalidad superficialmente cordial, Cifuentes le responde a su casual interlocutor en términos de interrogación:
-¿ Porqué Vd. piensa eso ?...
El sujeto parece sopesar la respuesta. Inicia un conato de contestación, que interrumpe bruscamente para dirigirse hacia la puerta y retirarse con premura.
Cifuentes, estupefacto, es testigo de como el desconocido cae sobre el andén apenas pisarlo, como si un rayo hubiera impactado su cuerpo con letal precisión.
Con largas zancadas recorre el breve trecho que lo separa del hombre caído. Detecta que parece hallarse muerto. Desde su boca, fluye un trazado de sangre que se termina espesando sobre un baldozón del andén.
Cifuentes, siente que su perplejidad se convierte en un sentimiento de alarma, ante algo con indefinido carácter de amenaza.
Algunas personas, en apariencia azoradas, se disponen a brindar ayuda a la nueva víctima de lo que se desconoce que es.
Cifuentes, prefiere no involucrarse en el contacto directo con quién se halla yacente. Estima que ya habrá habido profusos llamados a los números telefónicos de emergencias, lo que habrá activado los protocolos pertinentes para estos casos.
Con alivio, considera que está eximido de brindar primeros auxilios al caído, aunque de todos modos, desconoce como proceder al respecto.
Comienza a preocuparse cuando la anciana de aspecto inofensivo, que acompañó con una permanente sonrisa la perorata del vendedor, cae casi teatralmente sobre el piso del andén apenas pisarlo.
¿ Porqué pasa esto ?..., se pregunta mentalmente, atravesado por una manifiesta inquietud. Esta se incrementa al ver a un pasajero, que recuerda haber mantenido una actitud burlona, desdeñosa, durante el excéntrico discurso del vendedor, caer al dar un par de pasos sobre el andén.
Se trata de un hombre treinteañero, vestido de modo informal con ropa de calidad, cuyo aspecto saludable parece haberse convertido en cadavérico.
Como en paralelo al mismo, un adolescente de unos diez y siete años, parece desplazarse con dificultad sobre el andén,como si una deficiencia neurológica lo hubiera afectado súbitamente.
Cifuentes recuerda que el joven, parecía extremar su atención ante el discurso de venta, incluso, solicitándole a su vecino de asiento aclaraciones sobre palabras del vendedor que no llegó a escuchar con nitidez.
Con la celeridad de ciertas deducciones, establece mentalmente que quienes no fueron indiferentes a lo que expresaba el vendedor con su locuacidad, lo siguen en su resultado letal.
El hombre no llegó a explicitar lo que vendía, cuando cesó su speech de venta de modo abrupto, para caer derribado como si hubiera sufrido un infarto masivo de miocardio. Mismo final para quienes resultaron, de algún modo, magnetizados por su prédica entusiasta y pródiga en intangibilidad.
Por cierto..., reflexiona con acuciante inquietud, él es otro pasajero que reparó en las palabras del extravagante personaje. Le prestó plena atención.
Cifuentes, percibe un desasosiego de índole indeterminada: como si algo ominoso, ajeno al control de la razón, fuera impregnando su psiquis.
Se aleja embargado por un sentimiento de huida y asciende con prontitud al exterior, mediante la escalera fija.
Si bien los afectados no son muchos, el entorno de superficie de la estación parece apocalíptico. Aullar de sirenas de ambulancias y vehículos policiales, médicos, paramédicos..., contribuyen a establecer un contexto en apariencia caótico, que genera entre los curiosos el rumor de que se trató de un acto terrorista con sustancias tóxicas.
La infundada hipótesis, pasa a ser difundida por las redes sociales hasta convertirse rápidamente en viral. Ya llegan los primeros móviles periodísticos al lugar del hecho, cuando Cifuentes detecta un nuevo abatido por esa inconcebible onda de acción letal: un joven de aspecto desarrapado y marginal que posiblemente -piensa- se hallaba dispuesto a reparar en cualquier acontecimiento por mínimo que fuera, mientras tuviera carácter de gratuito.
Puede observar su faz, porque la sábana mortuoria que la cubre se corrió durante el ascenso por la escalera mecánica. Cuando se percatan, los camilleros nuevamente tapan esa cara de rasgos toscos, como burilados por una realidad afín a las privaciones y el desamor.
Entiende que ya es suficiente para él y decide alejarse con premura: poner la mayor distancia posible con el centro de los sucesos. Interpreta que puede hallarse en peligro.
Es consciente de que la situación se halla en un grado de exacerbación cuyos resultados están a la vista: aquellos que no se involucraron en el estrafalario discurso del vendedor, se salvan; quienes si lo hicieron, se convirtieron en víctimas del mismo. Esto ocurre, a su entender, por alguna proyección energética de índole inefable, activada por el carisma del vendedor.
Mientras apresura el paso, comprende que esto último no revela nada sobre la índole del acontecimiento, que -reconoce para si mismo- lo fascinó. También, lo ubicó en una situación de aparente peligro.
A unos ciento veinte metros del ingreso al subte, comienza a correr esforzadamente, dada su tendencia de larga data a la vida sedentaria.
Con desesperación, incrementa esa carrera a sabiendas de su inutilidad, de que es imposible huir de algo no identificado y de sustancia inasible; como si sintiera que ese algo ya está sobre él para derribarlo e incluirlo en su impronta mortífera.
Como los otros.., que de acuerdo a lo que percibe, centraron particularmente su atención en la corriente verbal del vendedor, que cubría de palabras los exactos contornos del vacío.
Comienza a vislumbrar que el vendedor ofrecía acceder al no-ente, al abismo de vacuidad irreductible: a la nada que anonada. Recuerda juveniles cursillos sobre Heidegger, cuando se consideraba un solitario cultor del pensamiento reflexivo y se agobiaba intelectualmente, pensando en el connubio del humano con el infinito.
Se detiene, cuando una ambulancia hace lo mismo a su lado.
La dotación baja del vehículo y quién se identifica como médico, comienza a interrogarlo.
- Lo noto agitado...
¿ Que siente ?...
Se trata de un hombre joven de estetoscopio al cuello, baja estatura y semblante moreno. Sobre el impecable guardapolvo blanco, una placa plástica lo identifica como el Dr. Freddy Mamani.
Claudio Cifuentes, lo observa durante unos segundos. Como si sintiera que lo que podría resultar ominoso, se descomprimiera, así como la manifestación en si, lo reconocible y lo referencial, se desvanecieran en el entendimiento o se licuaran como fragmentos indefinidos sin descifrar, incluido su propio yo, le responde:
-Nada...
FIN
Reitero: único.
Solo pueden conseguirlo mediante mi intervención en esta línea de subterráneo, no en otra.
Me atrevo a decirles, respetables pasajeros, que se trata de algo autentico, inimitable porque no sabrían que imitar y..., el mejor, sin ninguna duda, dado que no es posible someterlo a comparaciones.
El vendedor ambulante, maduro, de cutis cetrino y abundante cabellera negra peinada hacia atrás, para resultar sujetada por una bandita elástica, se esfuerza por superar con su pregón el estrépito ambiental.
Viste con decoro demodé un traje de apariencia algo ajada, de moda décadas atrás, pero cuyo pantalón expone una raya tan perfecta como el filo de una navaja bien templada, sin duda, resultado de un singular esmero en el planchado. Los zapatos acordonados, parecen indicar muchos años de trajinadas caminatas, así como ingentes capas de betún para atenuar el deterioro generado por las mismas.
No usa corbata y la camisa a cuadros parece almidonada, como una pieza de altri tempi.
Los sonidos del entorno son de elevados decibeles: el vendedor amplifica su voz hasta los límites de la vocalización, exponiéndose a los peligros que conlleva esta práctica.
-Reitero: lo que ofrezco no posee réplicas, imitaciones, truchadas...
De última, símiles lamentables...
¡ No !..., señoras y señores, decididamente...¡ No !...
¿ Saben por qué ?...
Porque no sabrían que confeccionar de modo bastardo, dado que esto es...¡ Único !...
El vendedor, se pasa una mano sobre el cabello lacio, como si la esencialidad del producto que presenta le generara un agobio mental; una especie de cansancio superior al de sus cuerdas vocales sobreexigidas, en el pregón laudatorio de un producto hasta el momento desconocido.
La camisa de cuadros multicolores, resalta bajo el saco de tono oscuro y ofrece una imagen que remite a los gitanos, así como a otra gente afín al bullicio y el extrovertimiento. Curiosamente, el sujeto se caracteriza por un semblante adusto, que parecería más proclive a la actitud huraña que a la de exteriorizada alegría.
Es llamativo que sus manos estén libres: no solo no porta lo que vende, sino tampoco folletos o muestras promocionales..., piensa Claudio Cifuentes, veterano empleado administrativo, nada propenso a reparar en el entorno humano, que acompaña sus trayectos cotidianos a y desde la oficina en la que trabaja.
¿ Que carajo vende este tipo ?..., se pregunta con una curiosidad que de acuciante le resulta como malsana, dada su natural indiferencia hacia los contextos sociales que contornearon su vida pasada y presente, los que siempre consideró hostiles o potencialmente peligrosos.
Poco proclive al trato con los demás, pero sí, a escudriñarlos subrepticiamente y elaborar interpretaciones y conceptos en la soledad de su domicilio, Cifuentes se asume como un solterón meditabundo y retraído. Tangueramente, se considera desconfiado en la baraja y el amor.
También es consciente que la ingesta de alcohol, de modo solitario en la intimidad de su casa, le resulta un paliativo válido para afrontar sus carencias emocionales. Del mismo modo, sin autoengaños, comprende que esta práctica se está incrementando en cantidad y frecuencia, hecho que le genera una latente preocupación. Si bien la misma no le resulta tan apremiante como para requerir ayuda específica, el aumento en el consumo de los whiskys post-cena, mientras mira series vía Netflix, redunda en una reacción menos rápida para hacer cesar el timbre del despertador a las 07:00 hs. am de los días hábiles, tal como sucede desde el inicio de su vida adulta.
-Y como si esto fuera poco..., les comento, estimadas y estimados, que los beneficios del producto superan toda especulación sobre fecha de vencimiento, caducidad u otras variables referidas a la conservación y/o manipulación del mismo.
¿ Porqué ?..., le pregunta al anónimo pasaje. Como si la respuesta fuera harto improbable y sin dar tiempo a ninguna acción participativa del respetable, se contesta a si mismo: por la obsolescencia.
O mejor dicho, prosigue, por la ausencia de dicha condición, dado que este producto es eterno.
Sí, Sras. y Sres. : caducarán las leyes, se extinguirá la especie humana, se apagará el sol y el universo retornará al estadio previo al Bing Bang..., pero el producto seguirá existiendo.
Así es, distinguidos usuarios de este medio de transporte, este producto trasciende los límites de la materia.
Cifuentes estima que el vendedor padece alguna clase de delirio; no puede considerar que la verba rebuscada que emplea sirva para vender algo concreto, pero, por cierto, hasta ahora lo que ofrece es absolutamente insustancial..., agrega a sus pensamientos.
La somera observación que realiza de los otros pasajeros, le muestra sonrisas disimuladas y otras gestualidades, que suelen manifestarse ante la exteriorización de la locura, cuando la misma posee cierta extravagancia lindante con el humor bizarro.Otros integrantes del pasaje, parecen completamente ajenos a lo que dice quien se halla frente a ellos.
El vendedor -ya considerado por Cifuentes como el más cabal del ítem "intangibles"- parece no considerar la discreta socarronería de ese público obligado a escucharlo debido a las circunstancias, para proseguir con su apología del indescifrable producto que ofrece a la venta.
¿ Lo intenta vender ?..., se cuestiona Cifuentes, dado que hasta ahora solo ensalza las virtudes del mismo sin hablar de su precio y su utilidad.
Satisfecho con su razonamiento, Cifuentes, que es afecto a la lectura de temáticas poco prosaicas en la parte domiciliaria de su vida "de la casa al trabajo y del trabajo a la casa", interpreta que halló un dato clave sobre la verdadera intencionalidad del individuo que tiene ante sí.
Repara en que le restan dos estaciones antes de descender, mientras el sujeto prosigue con su parla.
-Señoras y señores pasajeros...
Aquí está lo que Vds. esperan ver desde el inicio de mi exposición oral.
O sea, no mentalicen más la expresión:
¿ Que mierda vende este tipo ?...
-Les presento lo que vendo..., dice, como para develar finalmente el misterio de ese producto de carácter casi críptico.
Pero sin proceder a mostrarlo, Cifuentes nota que el vendedor hace un extraño movimiento corporal que semeja un paso de baile, con un componente como agónico, tendiente al desequilibrio y la caída.
Observa con estupor, como pierde la vertical y se aferra a una pasajera sentada que profiere un alarido. De inmediato, se suelta de la mujer para quedar con su humanidad completamente extendida sobre el piso del vagón, acompañado por los gritos de los integrantes del pasaje, que fluctúan entre el horror y el desconcierto.
La llegada a la estación, evita que un joven accione el freno de emergencia. Cifuentes, al igual que otras personas, se incorpora de su asiento a los fines de auxiliar al caído.
Poco tendiente a menesteres solidarios, se queda rodeando al hombre yerto como otros curiosos que ya estaban en el vagón y se agolpan con quienes ingresan al mismo. Dado que el personal de la empresa de subterráneos fue avisado del suceso, la formación queda detenida mientras se activa el protocolo establecido para estos casos.
Un cincuentón que viste de elegante sport y luce modelada barba candado, lo encara como al pasar...
- No llegó a decir que era lo que vendía...
Ante el silencio de Cifuentes, reacio a entablar conversación con un extraño, se contesta a si mismo...
- O no pudo decirlo...
- O quizás..., el mismo no sabía exactamente que es lo que vendía...
Contrario a su actitud habitual poco o nada comunicativa, a la naturaleza hosca de su personalidad superficialmente cordial, Cifuentes le responde a su casual interlocutor en términos de interrogación:
-¿ Porqué Vd. piensa eso ?...
El sujeto parece sopesar la respuesta. Inicia un conato de contestación, que interrumpe bruscamente para dirigirse hacia la puerta y retirarse con premura.
Cifuentes, estupefacto, es testigo de como el desconocido cae sobre el andén apenas pisarlo, como si un rayo hubiera impactado su cuerpo con letal precisión.
Con largas zancadas recorre el breve trecho que lo separa del hombre caído. Detecta que parece hallarse muerto. Desde su boca, fluye un trazado de sangre que se termina espesando sobre un baldozón del andén.
Cifuentes, siente que su perplejidad se convierte en un sentimiento de alarma, ante algo con indefinido carácter de amenaza.
Algunas personas, en apariencia azoradas, se disponen a brindar ayuda a la nueva víctima de lo que se desconoce que es.
Cifuentes, prefiere no involucrarse en el contacto directo con quién se halla yacente. Estima que ya habrá habido profusos llamados a los números telefónicos de emergencias, lo que habrá activado los protocolos pertinentes para estos casos.
Con alivio, considera que está eximido de brindar primeros auxilios al caído, aunque de todos modos, desconoce como proceder al respecto.
Comienza a preocuparse cuando la anciana de aspecto inofensivo, que acompañó con una permanente sonrisa la perorata del vendedor, cae casi teatralmente sobre el piso del andén apenas pisarlo.
¿ Porqué pasa esto ?..., se pregunta mentalmente, atravesado por una manifiesta inquietud. Esta se incrementa al ver a un pasajero, que recuerda haber mantenido una actitud burlona, desdeñosa, durante el excéntrico discurso del vendedor, caer al dar un par de pasos sobre el andén.
Se trata de un hombre treinteañero, vestido de modo informal con ropa de calidad, cuyo aspecto saludable parece haberse convertido en cadavérico.
Como en paralelo al mismo, un adolescente de unos diez y siete años, parece desplazarse con dificultad sobre el andén,como si una deficiencia neurológica lo hubiera afectado súbitamente.
Cifuentes recuerda que el joven, parecía extremar su atención ante el discurso de venta, incluso, solicitándole a su vecino de asiento aclaraciones sobre palabras del vendedor que no llegó a escuchar con nitidez.
Con la celeridad de ciertas deducciones, establece mentalmente que quienes no fueron indiferentes a lo que expresaba el vendedor con su locuacidad, lo siguen en su resultado letal.
El hombre no llegó a explicitar lo que vendía, cuando cesó su speech de venta de modo abrupto, para caer derribado como si hubiera sufrido un infarto masivo de miocardio. Mismo final para quienes resultaron, de algún modo, magnetizados por su prédica entusiasta y pródiga en intangibilidad.
Por cierto..., reflexiona con acuciante inquietud, él es otro pasajero que reparó en las palabras del extravagante personaje. Le prestó plena atención.
Cifuentes, percibe un desasosiego de índole indeterminada: como si algo ominoso, ajeno al control de la razón, fuera impregnando su psiquis.
Se aleja embargado por un sentimiento de huida y asciende con prontitud al exterior, mediante la escalera fija.
Si bien los afectados no son muchos, el entorno de superficie de la estación parece apocalíptico. Aullar de sirenas de ambulancias y vehículos policiales, médicos, paramédicos..., contribuyen a establecer un contexto en apariencia caótico, que genera entre los curiosos el rumor de que se trató de un acto terrorista con sustancias tóxicas.
La infundada hipótesis, pasa a ser difundida por las redes sociales hasta convertirse rápidamente en viral. Ya llegan los primeros móviles periodísticos al lugar del hecho, cuando Cifuentes detecta un nuevo abatido por esa inconcebible onda de acción letal: un joven de aspecto desarrapado y marginal que posiblemente -piensa- se hallaba dispuesto a reparar en cualquier acontecimiento por mínimo que fuera, mientras tuviera carácter de gratuito.
Puede observar su faz, porque la sábana mortuoria que la cubre se corrió durante el ascenso por la escalera mecánica. Cuando se percatan, los camilleros nuevamente tapan esa cara de rasgos toscos, como burilados por una realidad afín a las privaciones y el desamor.
Entiende que ya es suficiente para él y decide alejarse con premura: poner la mayor distancia posible con el centro de los sucesos. Interpreta que puede hallarse en peligro.
Es consciente de que la situación se halla en un grado de exacerbación cuyos resultados están a la vista: aquellos que no se involucraron en el estrafalario discurso del vendedor, se salvan; quienes si lo hicieron, se convirtieron en víctimas del mismo. Esto ocurre, a su entender, por alguna proyección energética de índole inefable, activada por el carisma del vendedor.
Mientras apresura el paso, comprende que esto último no revela nada sobre la índole del acontecimiento, que -reconoce para si mismo- lo fascinó. También, lo ubicó en una situación de aparente peligro.
A unos ciento veinte metros del ingreso al subte, comienza a correr esforzadamente, dada su tendencia de larga data a la vida sedentaria.
Con desesperación, incrementa esa carrera a sabiendas de su inutilidad, de que es imposible huir de algo no identificado y de sustancia inasible; como si sintiera que ese algo ya está sobre él para derribarlo e incluirlo en su impronta mortífera.
Como los otros.., que de acuerdo a lo que percibe, centraron particularmente su atención en la corriente verbal del vendedor, que cubría de palabras los exactos contornos del vacío.
Comienza a vislumbrar que el vendedor ofrecía acceder al no-ente, al abismo de vacuidad irreductible: a la nada que anonada. Recuerda juveniles cursillos sobre Heidegger, cuando se consideraba un solitario cultor del pensamiento reflexivo y se agobiaba intelectualmente, pensando en el connubio del humano con el infinito.
Se detiene, cuando una ambulancia hace lo mismo a su lado.
La dotación baja del vehículo y quién se identifica como médico, comienza a interrogarlo.
- Lo noto agitado...
¿ Que siente ?...
Se trata de un hombre joven de estetoscopio al cuello, baja estatura y semblante moreno. Sobre el impecable guardapolvo blanco, una placa plástica lo identifica como el Dr. Freddy Mamani.
Claudio Cifuentes, lo observa durante unos segundos. Como si sintiera que lo que podría resultar ominoso, se descomprimiera, así como la manifestación en si, lo reconocible y lo referencial, se desvanecieran en el entendimiento o se licuaran como fragmentos indefinidos sin descifrar, incluido su propio yo, le responde:
-Nada...
FIN
jueves, 17 de mayo de 2018
COLEGAS IN EXTREMIS
- ¡Estoy harto de envejecer!...
Juan Carlos Aguirre, cómico septuagenario de los años sesenta cuya trayectoria fue escueta en reconocimiento y pródiga en olvido, se sienta con dificultad ante la mesa del bar, soportando con estoicismo sus dolores articulares.
Su seudónimo artístico era "Garrafita" y remitía a su baja estatura.
Hoy es "El Viejo", como chofer de auto ajeno en la remisería Unión, ubicada en un barrio periférico de Merlo.
Algunos parroquianos lo miran con curiosidad, dado lo altisonante de la expresión proferida.
La misma se acentúa con alarma, al extraer el susodicho un revólver del 38 largo de su ajado portafolios de cuero.
"El Viejo"..., amartilla el arma y la coloca sobre su sien derecha. Frente a él se halla Alfredo Bustamante, de su misma edad y colega profesional de los 60 y 70, cuyo apodo escénico era "Titopica". Es cierto que ni "Titopica" ni "Garrafita" frecuentaron escenarios: lo suyo era entretener al respetable en restaurantes y hoteles sindicales a la hora de la cena.
Nunca fueron ni innovadores ni creativos; lo de ambos era el remedo de los capocómicos de la época.
El humor que practicaban siempre se hallaba vinculado a la ingesta alimentaria.
-¡Cheeee!..., le responde "Titopica" haciendo una mueca " josémarroneana ", mientras aferra con aprensión su bastón de tres patas, consecuencia de un superado ACV.
El estruendo del disparo, clausura ese encuentro amistoso en un café.
Juan Carlos Aguirre se desploma aparatosamente, acompañado por las exclamaciones de horror de los presentes.
- Era en serio..., musita "Titopica", ante el cadáver de quién fue su colega.
El patrón del modesto bar, las manos en la cabeza, le pregunta como testigo privilegiado del suceso:
- Vd. lo conocía...¿ Que cree que le pasó ?...
"Titopica", responde con seriedad, como en un acotado homenaje al compañero yacente y al menester que los marcó:
- ¡ Patapufete !..., dice. Acompaña la " pepebiondiana " exclamación, con el acto de persignarse en fugaz recogimiento.
FIN
Juan Carlos Aguirre, cómico septuagenario de los años sesenta cuya trayectoria fue escueta en reconocimiento y pródiga en olvido, se sienta con dificultad ante la mesa del bar, soportando con estoicismo sus dolores articulares.
Su seudónimo artístico era "Garrafita" y remitía a su baja estatura.
Hoy es "El Viejo", como chofer de auto ajeno en la remisería Unión, ubicada en un barrio periférico de Merlo.
Algunos parroquianos lo miran con curiosidad, dado lo altisonante de la expresión proferida.
La misma se acentúa con alarma, al extraer el susodicho un revólver del 38 largo de su ajado portafolios de cuero.
"El Viejo"..., amartilla el arma y la coloca sobre su sien derecha. Frente a él se halla Alfredo Bustamante, de su misma edad y colega profesional de los 60 y 70, cuyo apodo escénico era "Titopica". Es cierto que ni "Titopica" ni "Garrafita" frecuentaron escenarios: lo suyo era entretener al respetable en restaurantes y hoteles sindicales a la hora de la cena.
Nunca fueron ni innovadores ni creativos; lo de ambos era el remedo de los capocómicos de la época.
El humor que practicaban siempre se hallaba vinculado a la ingesta alimentaria.
-¡Cheeee!..., le responde "Titopica" haciendo una mueca " josémarroneana ", mientras aferra con aprensión su bastón de tres patas, consecuencia de un superado ACV.
El estruendo del disparo, clausura ese encuentro amistoso en un café.
Juan Carlos Aguirre se desploma aparatosamente, acompañado por las exclamaciones de horror de los presentes.
- Era en serio..., musita "Titopica", ante el cadáver de quién fue su colega.
El patrón del modesto bar, las manos en la cabeza, le pregunta como testigo privilegiado del suceso:
- Vd. lo conocía...¿ Que cree que le pasó ?...
"Titopica", responde con seriedad, como en un acotado homenaje al compañero yacente y al menester que los marcó:
- ¡ Patapufete !..., dice. Acompaña la " pepebiondiana " exclamación, con el acto de persignarse en fugaz recogimiento.
FIN
jueves, 21 de septiembre de 2017
TERCER CORDÓN DEL CONURBANO
- ¡ Andá a hacerte gárgaras con la menstruación de tu puta madre!...
El insulto, de altísimo contenido soez, toma por sorpresa a Brian Ezequiel González, quién apenas sabe proferir como fórmula intimidatoria en un entrevero...¡Eh!...Gato..., para ahora hallarse azorado ante el otro, su supuesta víctima.
Entiende que esta es la condición del sujeto al que encañona en la parada de colectivos próxima a la ruta, transitada por esporádicos vehículos que parecen horadar la noche con sus focos. La modesta pistola Tala del veintidós largo, con numeración limada, es la más barata que consiguió en alquiler en la villa de José León Suarez. Brian, la porta con proyectil en la recámara y sin seguro.
El otro avanza hacia él.
- ¡ Estás robado !...¡ Quedáte donde estás o te quemo, gato !..., le grita con desesperación.
Pero algo no se corresponde con lo que debería ser: la actitud de la víctima..., del solitario intento de robo a mano armada realizado al más precario voleo.
Si bien se trata de un individuo entrado en años, por lo que le pareció a Brian presa fácil, no responde a sus órdenes y prosigue su avance hacia él, como si menoscabara su idea de que la posesión del arma le confiere poder.
-¿ Y ?...¡ Tirá conchudo sifilítico !...¡ Tirale a uno que comió empanadas en Sierra Chica con los Doce Apóstoles !...
Brian, a sus próximos 16 años, no tiene muy claro lo que es un sifilítico -apenas concluyó una primaria más que elemental y su déficit en comprensión de textos es enorme - pero conoce la historia de la antropofagia en Sierra Chica, dado que en su familia malamente ensamblada proliferan las historias de presidio.
Como en un relampagueo mental, visualiza el cuadro dantesco de los fogones de Sierra Chica, durante la toma del penal por los reclusos, en 1996.
¿ Este tipo de pelo blanco, que renguea de una pata y sigue avanzando, estuvo allí ?..., elucubra con la velocidad del pensamiento y la mínima morosidad de la vacilación: ni accionar el arma ni salir corriendo. Comprende que perdió: el que dice ser caníbal carcelario, le aferra el brazo del arma con su mano izquierda y lo desplaza con violencia hacia un lado, mientras le propina un rodillazo en los testículos y dirige dos dedos de su diestra hacia sus ojos, cegándolo de inmediato , sin llegar a la perforación por milagro.
Brian suelta la pistola, que cae al suelo sin accionarse.
Con los ojos estragados por la agresión y doblándose de dolor, acomete una fuga desordenada por el medio de la ruta, siendo esquivado por los pocos vehículos que la transitan entre bocinazos e insultos de los conductores. En sus oídos, registra los gritos de quién debió ser su víctima y se apropió de la pistola:
- No te tiro a la médula, porque me da asco dejar inválido a un pendejo tan idiota...
No servís para esto..., infelíz: fuiste cagado en vez de parido...
Brian corre a los trompicones, cayendo y levantándose agónicamente. Piensa que ese veterano de Sierra Chica acertó:
¿ Para que sirve ?...
Hace tiempo que ese interrogante lo lacera más que el dolor de huevos que siente por el rodillazo del otro. La respuesta que vislumbra le resulta tan poco nítida, como su visión luego del ataque sufrido por sus ojos.
FIN
Entiende que esta es la condición del sujeto al que encañona en la parada de colectivos próxima a la ruta, transitada por esporádicos vehículos que parecen horadar la noche con sus focos. La modesta pistola Tala del veintidós largo, con numeración limada, es la más barata que consiguió en alquiler en la villa de José León Suarez. Brian, la porta con proyectil en la recámara y sin seguro.
El otro avanza hacia él.
- ¡ Estás robado !...¡ Quedáte donde estás o te quemo, gato !..., le grita con desesperación.
Pero algo no se corresponde con lo que debería ser: la actitud de la víctima..., del solitario intento de robo a mano armada realizado al más precario voleo.
Si bien se trata de un individuo entrado en años, por lo que le pareció a Brian presa fácil, no responde a sus órdenes y prosigue su avance hacia él, como si menoscabara su idea de que la posesión del arma le confiere poder.
-¿ Y ?...¡ Tirá conchudo sifilítico !...¡ Tirale a uno que comió empanadas en Sierra Chica con los Doce Apóstoles !...
Brian, a sus próximos 16 años, no tiene muy claro lo que es un sifilítico -apenas concluyó una primaria más que elemental y su déficit en comprensión de textos es enorme - pero conoce la historia de la antropofagia en Sierra Chica, dado que en su familia malamente ensamblada proliferan las historias de presidio.
Como en un relampagueo mental, visualiza el cuadro dantesco de los fogones de Sierra Chica, durante la toma del penal por los reclusos, en 1996.
¿ Este tipo de pelo blanco, que renguea de una pata y sigue avanzando, estuvo allí ?..., elucubra con la velocidad del pensamiento y la mínima morosidad de la vacilación: ni accionar el arma ni salir corriendo. Comprende que perdió: el que dice ser caníbal carcelario, le aferra el brazo del arma con su mano izquierda y lo desplaza con violencia hacia un lado, mientras le propina un rodillazo en los testículos y dirige dos dedos de su diestra hacia sus ojos, cegándolo de inmediato , sin llegar a la perforación por milagro.
Brian suelta la pistola, que cae al suelo sin accionarse.
Con los ojos estragados por la agresión y doblándose de dolor, acomete una fuga desordenada por el medio de la ruta, siendo esquivado por los pocos vehículos que la transitan entre bocinazos e insultos de los conductores. En sus oídos, registra los gritos de quién debió ser su víctima y se apropió de la pistola:
- No te tiro a la médula, porque me da asco dejar inválido a un pendejo tan idiota...
No servís para esto..., infelíz: fuiste cagado en vez de parido...
Brian corre a los trompicones, cayendo y levantándose agónicamente. Piensa que ese veterano de Sierra Chica acertó:
¿ Para que sirve ?...
Hace tiempo que ese interrogante lo lacera más que el dolor de huevos que siente por el rodillazo del otro. La respuesta que vislumbra le resulta tan poco nítida, como su visión luego del ataque sufrido por sus ojos.
FIN
martes, 19 de septiembre de 2017
TECLADO PREDICTIVO
Intenta enviar un w.app a su mejor amiga, la de su pueblo natal en Jujuy, para comunicarle, con angustia, lo que ocurrió hace minutos. Por su estado nervioso, equivoca el diagrama en cruz -el signo de su devoción- que habilita la prestación del celular.
EL PATRÓN ES INCORRECTO, aparece en la pantalla de su smartphone de baja gama.
Piensa que la advertencia ya es tardía: el patrón yace en un charco de sangre en el depósito trasero del maxikiosco suburbano, al lado del arma homicida, el cuchillo Tramontina con el que lo degolló desde atrás y por sorpresa, cuando lo halló en conversación telefónica con su esposa.
Intenta nuevamente y envía el mensaje a Gisela, de 18 años al igual que ella, residente en San José de Perico: no voy a abortar creí en su amor
FIN
jueves, 24 de noviembre de 2016
EL ECO DEL ÉXTASIS
La oscuridad se establece súbitamente en el interior del vehículo. El mismo, se halla afectado al servicio semirápido por autopista y circula por la traza del Metrobus de la 9 de Julio.
Justamente, al descender por el túnel que descomprime el tráfico a la altura de Constitución, se produce el abrupto cese de la luminosidad solar, intensa en el mediodía primaveral porteño, para ingresar en un estado de tinieblas espesas, como si un manto de trama ajustada envolviera el interior del vehículo de transporte colectivo.
El conductor, podría encender las luces internas para recorrer el trayecto que le insume apenas treinta segundos, pero no lo hace.Solo las pantallas de los celulares encendidos que manipulan los viajeros, proporciona alguna referencia visual.
El escueto lapso penumbroso, le depara al pasaje ser testigo auditivo de un crescendo de gemidos femeninos de inconfundible índole sexual. Tal eclosión, finaliza en una consagración orgásmica con inflexiones verbales presumibles en una mujer madura -no en una jovencita- coincidente con la irrupción de la luz solar, al emerger el rodado de las profundidades a la superficie.
Los pocos pasajeros transportados en horario no central rumbo al Sur -todos sentados- observan altamente sorprendidos, como la única mujer presente se incorpora del primer asiento con notoria dificultad. Parecería obvio que es consecuencia de la edad que representa: señora de las ocho décadas con problemas articulares motrices.
La anciana dama, solicita al chofer que la deje descender en la próxima parada, la última antes de la autopista, que a su vez, corresponde a la Estación Constitución.
Parece airada, pero por motivos ajenos al servicio de transporte.
Esgrime su bastón de mango esculpido como una cabeza de cisne, en dirección a quién conduce, como si se tratara de un apéndice de si misma de carácter acusatorio.
-Lo que me hizo es indecente..., le espeta con furor, como agraviada por una ofensa a su dignidad.
El chofer, de mediana edad y actitud circunspecta, parece más preocupado por cumplir con los horarios estipulados para su vuelta que por la recriminación que recibe.
-¿ De que habla, Sra. ?..., es la respuesta que profiere.
-Se muy bien de lo que hablo.
Vd. disfraza su poder tras la imagen de un simple colectivero, pero me provocó un climax sexual de forma no consensuada sin siquiera tocarme. Hay referencias de que Gurdjieff lo lograba mediante la aplicación de su voluntad extrema, entrenada en lo abarcativo.
¿ Quién es Vd. ?...chofer...
El resto del pasaje, consiste en un reducido coro de varones inmerso en el estupor ante lo que escucha.
La mujer, de baja estatura y cabello aún abundante, teñido en un tono ceniza y peinado con esmero, se alisa el conjunto de pantalón y casaca de color rosa que viste, con la mano que le queda libre; con la otra, sostiene el bastón y una pequeña cartera de cuero blanco, que combina con sus zapatos.
Evidencia una presencia pulcra y coqueta, pendiente de los detalles estéticos y de presumible nivel cultural calificado, no deteriorado por la edad.
-Sra., descienda por favor, está impidiendo que suban pasajeros por la puerta delantera.
La voz del conductor del vehículo suena imperativa, como si pretendiera concluir un asunto decididamente bizarro.
-No hay nadie para subir. Vd. me debe una explicación porque me utilizó sin mi consentimiento en una práctica indigna.
El chofer, parece iniciar un cambio de actitud en su trato con la señora de la tercera edad.
-Podría ser, inapropiada..., pero parece que Vd. la disfrutó intensamente...
-No sea guaso...
Le dice ella, sonrojándose, como si repentinamente una pátina de rejuvenecimiento, desdibujara las arrugas de un rostro que lleva muchas décadas de presencia cutánea en el mundo.
Incluso, una sonrisa no exenta de picardía distiende sus labios ajados, otorgándole a los mismos cierto fulgor de índole juvenil.
La anciana, semeja adquirir una lozanía ajena a cuando se incorporó del asiento que ocupaba, lo que ocurrió con escasa anterioridad.
-Estimo que el goce fue compartido...
Le dice al chofer mientras eleva el busto, que parece exponer una turgencia extemporánea a los años acumulados en esos senos.
Martín Nazareno Beltri, sentado en un asiento cercano a la puerta delantera del lado opuesto al de la señora, se halla próximo a recibirse de licenciado en periodismo por una prestigiosa universidad privada. Tan azorado como los demás ante el cariz que adopta el asunto, decide bajar a la par de la mujer con el objeto de entrevistarla, por lo que se coloca tras ella para descender por adelante.
Observa que el chofer, responde la afirmación femenina con una sonrisa enigmática, que podría significar un reconocimiento así como un gesto referido a un poder inescrutable, dispensado con discreción.
Pero lo que incrementa su asombro, de un modo que le genera íntima repugnancia, es el unto que detecta extendido sobre la bragueta del chofer, como si la textura de la tela no bastara para contener tamaño desborde seminal.
Absorto ante el hecho, intenta descender luego de que lo hace la añosa señora.
Pero el chofer cierra bruscamente las puertas, debiendo retroceder con premura para que no lo golpeen.
-Se desciende por las puertas de atrás, caballero. Lo de la señora es una excepción debido a la edad, tal como establece el reglamento.
Martín, desconcertado, ve alejarse a la aludida con paso rápido, sin que el bastón tome contacto con las baldosas de la vereda.
Sin deseos de discutir se sienta nuevamente. Aunque su destino es Lanús, tiene una vaga idea de seguir viaje hasta la finalización del recorrido, en Escalada, para entrevistar al chofer en relación al prodigio de sexo casual ultravirtual -así lo define mentalmente- del que fue testigo aleatorio.
Lamentablemente, no se siente seguro de poder hacerlo: el tipo le provoca un oscuro sentimiento de temor; como si el individuo se hallara en el rol laboral que ocupa, por motivos totalmente ajenos al universo del trabajo.
A la vez, piensa que la cobardía, no es precisamente una virtud periodística y si ya comienza así..., pero, al cruzar nuevamente su mirada con la del chofer mediante el espejo retrovisor interno, se siente motivado a descender en la próxima parada, Estación Avellaneda, sin esperar llegar a Lanús y mucho menos al final del recorrido.
FIN
Los pocos pasajeros transportados en horario no central rumbo al Sur -todos sentados- observan altamente sorprendidos, como la única mujer presente se incorpora del primer asiento con notoria dificultad. Parecería obvio que es consecuencia de la edad que representa: señora de las ocho décadas con problemas articulares motrices.
La anciana dama, solicita al chofer que la deje descender en la próxima parada, la última antes de la autopista, que a su vez, corresponde a la Estación Constitución.
Parece airada, pero por motivos ajenos al servicio de transporte.
Esgrime su bastón de mango esculpido como una cabeza de cisne, en dirección a quién conduce, como si se tratara de un apéndice de si misma de carácter acusatorio.
-Lo que me hizo es indecente..., le espeta con furor, como agraviada por una ofensa a su dignidad.
El chofer, de mediana edad y actitud circunspecta, parece más preocupado por cumplir con los horarios estipulados para su vuelta que por la recriminación que recibe.
-¿ De que habla, Sra. ?..., es la respuesta que profiere.
-Se muy bien de lo que hablo.
Vd. disfraza su poder tras la imagen de un simple colectivero, pero me provocó un climax sexual de forma no consensuada sin siquiera tocarme. Hay referencias de que Gurdjieff lo lograba mediante la aplicación de su voluntad extrema, entrenada en lo abarcativo.
¿ Quién es Vd. ?...chofer...
El resto del pasaje, consiste en un reducido coro de varones inmerso en el estupor ante lo que escucha.
La mujer, de baja estatura y cabello aún abundante, teñido en un tono ceniza y peinado con esmero, se alisa el conjunto de pantalón y casaca de color rosa que viste, con la mano que le queda libre; con la otra, sostiene el bastón y una pequeña cartera de cuero blanco, que combina con sus zapatos.
Evidencia una presencia pulcra y coqueta, pendiente de los detalles estéticos y de presumible nivel cultural calificado, no deteriorado por la edad.
-Sra., descienda por favor, está impidiendo que suban pasajeros por la puerta delantera.
La voz del conductor del vehículo suena imperativa, como si pretendiera concluir un asunto decididamente bizarro.
-No hay nadie para subir. Vd. me debe una explicación porque me utilizó sin mi consentimiento en una práctica indigna.
El chofer, parece iniciar un cambio de actitud en su trato con la señora de la tercera edad.
-Podría ser, inapropiada..., pero parece que Vd. la disfrutó intensamente...
-No sea guaso...
Le dice ella, sonrojándose, como si repentinamente una pátina de rejuvenecimiento, desdibujara las arrugas de un rostro que lleva muchas décadas de presencia cutánea en el mundo.
Incluso, una sonrisa no exenta de picardía distiende sus labios ajados, otorgándole a los mismos cierto fulgor de índole juvenil.
La anciana, semeja adquirir una lozanía ajena a cuando se incorporó del asiento que ocupaba, lo que ocurrió con escasa anterioridad.
-Estimo que el goce fue compartido...
Le dice al chofer mientras eleva el busto, que parece exponer una turgencia extemporánea a los años acumulados en esos senos.
Martín Nazareno Beltri, sentado en un asiento cercano a la puerta delantera del lado opuesto al de la señora, se halla próximo a recibirse de licenciado en periodismo por una prestigiosa universidad privada. Tan azorado como los demás ante el cariz que adopta el asunto, decide bajar a la par de la mujer con el objeto de entrevistarla, por lo que se coloca tras ella para descender por adelante.
Observa que el chofer, responde la afirmación femenina con una sonrisa enigmática, que podría significar un reconocimiento así como un gesto referido a un poder inescrutable, dispensado con discreción.
Pero lo que incrementa su asombro, de un modo que le genera íntima repugnancia, es el unto que detecta extendido sobre la bragueta del chofer, como si la textura de la tela no bastara para contener tamaño desborde seminal.
Absorto ante el hecho, intenta descender luego de que lo hace la añosa señora.
Pero el chofer cierra bruscamente las puertas, debiendo retroceder con premura para que no lo golpeen.
-Se desciende por las puertas de atrás, caballero. Lo de la señora es una excepción debido a la edad, tal como establece el reglamento.
Martín, desconcertado, ve alejarse a la aludida con paso rápido, sin que el bastón tome contacto con las baldosas de la vereda.
Sin deseos de discutir se sienta nuevamente. Aunque su destino es Lanús, tiene una vaga idea de seguir viaje hasta la finalización del recorrido, en Escalada, para entrevistar al chofer en relación al prodigio de sexo casual ultravirtual -así lo define mentalmente- del que fue testigo aleatorio.
Lamentablemente, no se siente seguro de poder hacerlo: el tipo le provoca un oscuro sentimiento de temor; como si el individuo se hallara en el rol laboral que ocupa, por motivos totalmente ajenos al universo del trabajo.
A la vez, piensa que la cobardía, no es precisamente una virtud periodística y si ya comienza así..., pero, al cruzar nuevamente su mirada con la del chofer mediante el espejo retrovisor interno, se siente motivado a descender en la próxima parada, Estación Avellaneda, sin esperar llegar a Lanús y mucho menos al final del recorrido.
FIN
viernes, 29 de julio de 2016
ASUNTO DE SOMBRAS
Pudo ver, sombras..., en la pared que contorneaba en su caminata por esa calle solitaria del conurbano, con el paso cansino que le proporcionaban siete décadas de vida no precisamente luminosas, como si fueran otra sombra, bajo un sol inclemente hasta la exasperación.
Vio como una brusca sombra, se acoplaba a la suya y la derrumbaba desde atrás, tras el ataque artero de un puñal contra su carne. El dolor lacerante le provocó un rápido desvanecimiento, que en la fracción de segundo anterior, estimó que podría resultar fatal.
En la misma secuencia fugaz de pensamiento, recordó sus estadías penitenciarias y su condición de traidor. También, llegó a interpretar que hay venganzas que acumulan lustros hasta su consumación, vía contratación de un sicario.
Pero antes del óbito, percibió cierta tenue esperanza de que todo fuera un asunto de sombras, como en la alegoría de la caverna de Platón, que leyó siendo muy joven en la biblioteca del penal de Sierra Chica y al que pudo sobrevivir, justamente, convirtiéndose en una sombra delatora al servicio de la autoridad.
FIN
FIN
jueves, 23 de junio de 2016
EL ACOMODADOR Y SU LINTERNA
Azorado, sin habla, inmerso en el estupor que le produce ese ámbito oscuro en demasía, cuando su último recuerdo es el de hallarse acostado en su cama aquejado por un brusco dolor en el pecho, percibe que la oscuridad circundante se disipa ante el haz de luz de una linterna.
Quién la porta, vestido con un remedo de smoking similar al de los acomodadores cinematográficos de su infancia, tan alejada en el tiempo, le indica que lo acompañe con modales sumamente correctos...
-Disculpe que lo apure, Sr., pero la tarea de acomodar esta cantidad enorme prácticamente me excede. Le diría que el número se incrementa minuto a minuto y desborda mi capacidad.
Ante tales palabras se apresura diligente, pero detecta con pavor, que no está en un cine con la función comenzada y que el gentío que lo rodea esta desnudo, al igual que él. También, que el rostro del acomodador le resulta conocido: esa barbita modelada..., esos rasgos afilados que contribuyen a resaltar un semblante inconfundible, caracterizado por una sonrisa convertida en adjetivo..., incluso, dos protuberancias parecen insinuarse en su cabeza bajo el cabello morocho aplanado con abundante gel.
Su primer impulso es huir, pero de inmediato, descarta esta opción que de todos modos parece imposible.
Justamente, esta comprobación le depara una rara tranquilidad, que quizás sea extensiva a quienes lo rodean.
Interpreta, al igual que como aparentemente lo hacen los demás, que toda resistencia es inútil. Por su parte, estima que el acomodador los ubica en relación al grado de maldad que han dispensado.
De resultar así, espera que las condiciones no le sean tan adversas: siempre se consideró un hijo de puta moderado..., no fue un Nabucodonosor con sus pirámides de cráneos, un Atila que por donde cabalgaba no volvía a crecer el pasto, un genocida como Hitler o Stalin... o un torturador del Proceso de Reorganización Nacional argentino.
Con estos pensamientos esperanzados, prosigue la caminata; emite un suspiro y se apresta con resignación a vivir esta nueva etapa de su vida, que podría durar una eternidad..., mientras pasa por alto el descubrimiento de un resplandor ígneo, que estima muy distante.
FIN
Su primer impulso es huir, pero de inmediato, descarta esta opción que de todos modos parece imposible.
Justamente, esta comprobación le depara una rara tranquilidad, que quizás sea extensiva a quienes lo rodean.
Interpreta, al igual que como aparentemente lo hacen los demás, que toda resistencia es inútil. Por su parte, estima que el acomodador los ubica en relación al grado de maldad que han dispensado.
De resultar así, espera que las condiciones no le sean tan adversas: siempre se consideró un hijo de puta moderado..., no fue un Nabucodonosor con sus pirámides de cráneos, un Atila que por donde cabalgaba no volvía a crecer el pasto, un genocida como Hitler o Stalin... o un torturador del Proceso de Reorganización Nacional argentino.
Con estos pensamientos esperanzados, prosigue la caminata; emite un suspiro y se apresta con resignación a vivir esta nueva etapa de su vida, que podría durar una eternidad..., mientras pasa por alto el descubrimiento de un resplandor ígneo, que estima muy distante.
FIN
martes, 31 de mayo de 2016
CUCHILLEROS EN PENUMBRAS
El crepúsculo otoñal, comenzaba a sombrear el barrio con un marco de luz atenuada, al paso de las fabriqueras que finalizaban el turno en el taller cercano.
Los dos compadrones, se miraban de reojo en la esquina de pared descascarada. Sabían que solo uno, debía quedar en ese escenario de exhibición viril, de piropeada seducción de las muchachas que trabajaban en la fábrica de cuellos duros; los que no usaban ellos, taitas de lengue corrido y aceitada melena.
-Haceme caquita en el pecho y escribime: te quiero...
El piropo coprofílico, impactó tanto en la sensibilidad de Eloísa, la hija del tano Genaro, el de la fragua, que era la destinataria del mismo, como en la del Pardo Gutierrez. Recostado contra el muro a la par del otro, no pudo menos que abrir la boca de indignación, con caída del cigarrillo encendido.
Como hombre cabal que se consideraba, interpretó que lo escuchado superaba la verba más grosera.
Mientras la adolescente -recién cumplidos los catorce- apresuraba el paso rumbo al conventillo que era su habitat, Gutierrez encaró al otro con actitud agresiva.
-Vd. no piropea..., Vd. agravia a la hembra con sus pensamientos degenerados.
Vd. no es un varón, es un muñeco hecho con la mierda que tanto le gusta...
Un insulto fuerte. Entre guapos, solo la violencia podía ser la respuesta del aludido.
El otro no se hizo esperar...
-Saque el cuchillo, afeminado. Vd. se comporta como una estudiante del normal.
Si no tiene daga, le presto una...
Gutierrez fue rápido en la réplica, finta declamatoria previa al duelo.
-Dígame su gracia. Para mí es de práctica conocer la filiación de quienes voy a difuntear...
El otro, le contestó con displicencia.
-Simplemente, poeta; bardo del arrabal con sus miserias, del sexo desasosegado, de lo que se esconde tras la laya de los virtuosos, incluso, la reputación de su reputísima madre...
Fue demasiado. Gutierrez arremetió con su acero desnudo contra el otro, el cual se hallaba, a la vista, desarmado.
Como si esperara el arrebato del Pardo, el otro lo esquivó lateralmente con pericia, dejándolo fuera de ángulo para aplicar el tajo del resarcimiento.
Detectó el estupor de Gutierrez en fracción de segundos. Ese instante de vacilación ante lo imprevisto, le permitió extraer su propia arma, apretada contra el cinto en la zona sacro lumbar, como facón de gaucho.
-Así que Vd., defensor del pudor femenino, ataca a traición..., le espetó al Pardo, cuyo rostro moreno pareció arrebolarse por la vergüenza, al reconocer tácitamente que no le indicó a su rival el equivalente al... ¡En garde!, propio del combate académico.
Gutierrez sabía que la emoción violenta como reacción ante una injuria, no justificaba pasar por alto las leyes no escritas de la esgrima cuchillera.
Cometí una infracción..., pensó el Pardo, para detectar en el momento, que el otro se hallaba presto a ensartarlo producto de un veloz avance.
Sus reflejos reaccionaron adecuadamente: con un quiebre de cintura consiguió evitar el puntazo.
Interpretó que lo anterior se hallaba superado y ahora el lance, era un legítimo mano a mano.
Observó a su adversario a los ojos, que le parecieron ostentar el brillo de las brasas.
Este no se va a conformar con primera sangre, sea quién sea el que la haga surgir..., conjeturó mentalmente. Su sentido de la prudencia, le indicó que tampoco era cuestión de perder la vida por una mocosita que le gustaba más que otras, pero no como para desgraciarse o morir en el pleito, por el piropo soez con el que la basureó un degenerado.
Encima, pensó, el guaso se dice poeta para tapar su vicio verdaderamente de mierda.
Las últimas trabajadoras ya habían pasado y esa esquina del suburbio no demasiado alejado del centro, se había convertido en oscura.
Sin detectar testigos a la vista, el Pardo decidió detener el enfrentamiento, a sabiendas de que tal actitud equivalía a claudicación.
-¡Espere!..., gritó con desesperación al eludir una sableada feroz, destinada a provocar un feite profundo en su rostro.
El otro, disminuyó su furor con deleite evidente, en el disfrute pausado de la cobardía del Pardo, que de eso se trataba cuando se pedía cuartel.
-Yo sabía que a Vd. le faltaban agallas..., le dijo el otro en clara muestra de menosprecio.
- Le digo más: a Vd. las mujeres lo asustan...o quizás, las envidia...
El Pardo trató de pasar por alto esos términos injuriantes, pero percibió que el miedo al otro le estaba provocando deseos de mear. Tenía miedo a morir malamente, con las entrañas perforadas por el filo del arma blanca o con la garganta abierta para ahogarse con su propia sangre.
Guardó el puñal bajo su saco entallado, como para dar por finalizada la pendencia.
-Le dejo la esquina...
Le dijo al otro, en inequívoca muestra de rendición incondicional.
De todos modos, por un ya degradado pundonor orillero, constató que no hubiera testigos de su deshonra, pero...,la vio a ella.
Eloísa, la hija del tano Genaro, el de la fragua, lo miraba frunciendo la naricita, como con asco, parada a pocos metros de distancia.
El cabello negro ala de cuervo recogido en un prolijo rodete, el rostro muy blanco de boca pequeña y tentadora, como si resaltara en la noche que se iniciaba. Eloísa le pareció al Pardo una efigie aporcelanada, ajena al barro del callejón y al modesto percal que vestía.
Gutierrez sintió que la vergüenza, parecía cubrirlo como si se tratara de un manto, pero de todos modos, algo en la mujercita le generó extrañeza.
¿Porqué volvió?..., se interrogó a si mismo.
Notó que el otro, no parecía sorprendido por la presencia de esa niña de formas plenas, insinuadas bajo el vestido de humilde factura.
Le pareció entender que Eloísa, no era una chiruzita de orillas del Maldonado cercano, previsible en todo, sino una hembrita que respondía a oscuras apetencias, quizás aún desconocidas para ella.
Decidió apurar el paso para irse..., en su interpretación, el otro podría llegar a impedírselo, para florearse ante esa conquista conseguida mediante un piropo inmundo.
El otro, confirmó su presunción: le aplicó un golpe de furca, como siempre, desde atrás y traicionero, que lo hizo caer próximo al desvanecimiento, debido a la presión asfixiante del antebrazo derecho sobre su nuez de Adán. Resultó desarmado con facilidad y su cuchillo, arrojado con desprecio al barro circundante.
El Pardo, intentó recuperarse con espasmódicas inhalaciones de aire; hacía esfuerzos denodados para incorporarse y a la vez, que el chambergo gris oscuro siguiera encasquetado en su cabeza.
Cuando lo consiguió, recibió un planazo sobre la frente que produjo un nuevo derribo de su humanidad.
-¿ A donde quiere ir señor guapo ?..., le espetó el otro, risueño.
-Esto no termina así..., le dijo al Pardo, que al detectar su ropa sucia por los revolcones, sintió incrementada la ignominia de su situación.
También, la extraña sensación de que el otro transgredía los códigos implícitos; las normas válidas entre los orilleros en cuanto al reconocimiento de vencedores y vencidos, así como las prerrogativas que les cabían a quienes triunfaban en el duelo criollo.
Tal percepción, se impuso sobre el dolor corporal y el moral, para acrecentar su ya indisimulable sentimiento de miedo.
Temía el comportamiento imprevisible del otro; el carácter que interpretaba demencial, manifestado en sus actitudes y procederes.
El Pardo Gutierrez se irguió nuevamente, algo tambaleante, la frente enrojecida debido al impacto del arma del otro aplicada de plano.
A punta de cuchillo, el otro lo arreó hasta el baldío lindante. A Eloísa, solo le dijo : vení...
En el terreno penumbroso, cubierto de alta vegetación y basura, mediante otro planazo lo obligo a acostarse sobre la tierra y la mugre; esta vez, un par de cortes dejaron trazos de sangre en la frente del Pardo.
Gutierrez, tendido boca arriba sobre los yuyos elevados, decidió que el mutismo era lo que le convenía, con la esperanza de que el otro se cansara de someterlo al oprobio.
-Quítese el pañuelo..., le dijo el otro en tono terminante.
El Pardo lo obedeció, las manos temblorosas ante la presunción de recibir una cuchillada de índole letal.
No llevaba camisa bajo el lengue, sino una camiseta de frisa, que el otro rasgó con su acero dejándole el pecho al descubierto. Llamó a la muchacha que se hallaba expectante.
-Cagalo.
Le dijo con autoridad, mientras se reclinaba y colocaba el filo de su daga sobre la garganta del Pardo.
-Si se llega a mover le rajo el cogote..., le advirtió al yacente, impartiéndole presión al elemento de corte para otorgarle mayor poder de convicción a la frase.
El Pardo asintió en silencio, completamente entregado a lo que en su estima, eran los desvaríos de un loco peligroso que lo tenía sumido en el espanto.
Le resultaba dificultoso respirar, dado que no quería ejercer el menor movimiento que provocara la acción del filo sobre su cuello, al que sentía aguzado como el de una navaja.
La daga se la afiló el demonio..., conjeturó con terror.
Cuando vio a Eloísa acuclillada, las piernas enfundadas en medias oscuras de muselina prendidas a sus muslos con ligas negras, separadas sobre su pecho, supo lo que iba a ocurrir. Intentó alguna vana resistencia motivada por el asco y la humillación, pero la posibilidad del degüello lo devolvió a la mansedumbre.
-Yo sabía que ibas a volver sin calzones..., le dijo el otro a la adolescente, quien sonrió de modo enigmático. El Pardo, entre el asombro y el pavor, recibió sobre su pecho una andanada de tibia materia fecal, acompañada de un borboteo intestinal que podría ser considerado como discreto en su sonoridad.
-Lo está cagando una virgen..., le mencionó al oído el otro, sin disminuir la presión del arma blanca mediante la que lo sometía a cautiverio.
-Limpiate con esas hojas de diario..., le ordenó a Eloísa, que se dirigió, meneando las nalgas al aire, a cumplir con lo encomendado donde se hallaba un ejemplar reciente de La Prensa, al que la intemperie le generó un evidente deterioro. Opresor y cautivo, acompañaron con sus miradas el desplazamiento de la jóven fémina.
Luego de la precaria higiene, volvió a donde se encontraban los dos hombres.
-Ahora, escribile con esa ramita: CAGÓN, sobre la mierda con la que le decoraste el pecho.
Fue la nueva indicación imperativa del otro, que observó la deposición algo chirle y la consideró ideal para su propósito.
-Tratá de hacer mejor letra..., le dijo a la adolescente empeñada en la tarea que difundía el olor de su caca.
-Tengo hasta tercer grado..., fue la respuesta justificatoria, no exenta de un velado sentimiento de afirmación personal.
El otro no respondió y el Pardo, creyó llegado el momento de la apertura de su garganta.
Comenzó a gimotear quedamente, cuando el otro, lo liberó de la amenaza de la daga, se irguió y le dijo...
-¡Corra!..., pedazo de cagón...
El Pardo se enderezó con premura, inmerso en el asco y la humillación. Comenzó a correr para alejarse del otro y la mocita que se hallaba bajo su dominio, al punto de compartir con ella su locura.
Su huída fue acompañada por las carcajadas de la pareja, que él las padeció como la marcha ceremonial que coronaba su escarnio.
Transitados escasos metros desde que abandonó el perimetro del baldío, el Pardo se enfrentó a una presencia inquietante: el tano Genaro, el de la fragua, impidiéndole proseguir su carrera.
En la mano izquierda llevaba el calzón, que sin duda, Eloísa dejó por el camino, mientras que en su diestra, portaba una masa de hierro con mango de tosca madera, quizás el emblema de su menester.
El Pardo, detectó que sus ojos parecían brazas refulgentes en la penumbra, como los del otro y Eloísa.
Con terror, cubierto de mugre y mierda, observó el avance del tano que elevaba la maza como herramienta del escarmiento. Retrocedió, mientras intentaba hilvanar una explicación ante el padre de la muchacha, pero entendía que la maldita pareja autora de su deshonra ya debía hallarse lejos, dado que el baldío disponía de otra salida por calle lateral.
Genaro no se hacía una idea de lo ocurrido, más ante ese sujeto roñoso y embadurnado de excrementos, solo podía pensar en el término: abominación.
-La mala pécora se fue de la mía casa a buscar a este canaglia..., fue la expresión que emitió con voz aguardentosa, en los momentos previos a descargar el primer golpe.
El Pardo, también llegó a escuchar: mazcalzone, furfante, farabute..., entre otras palabras tamizadas de cocoliche, antes de caer hacia atrás con hundimiento de la base del cráneo.
FIN
-Haceme caquita en el pecho y escribime: te quiero...
El piropo coprofílico, impactó tanto en la sensibilidad de Eloísa, la hija del tano Genaro, el de la fragua, que era la destinataria del mismo, como en la del Pardo Gutierrez. Recostado contra el muro a la par del otro, no pudo menos que abrir la boca de indignación, con caída del cigarrillo encendido.
Como hombre cabal que se consideraba, interpretó que lo escuchado superaba la verba más grosera.
Mientras la adolescente -recién cumplidos los catorce- apresuraba el paso rumbo al conventillo que era su habitat, Gutierrez encaró al otro con actitud agresiva.
-Vd. no piropea..., Vd. agravia a la hembra con sus pensamientos degenerados.
Vd. no es un varón, es un muñeco hecho con la mierda que tanto le gusta...
Un insulto fuerte. Entre guapos, solo la violencia podía ser la respuesta del aludido.
El otro no se hizo esperar...
-Saque el cuchillo, afeminado. Vd. se comporta como una estudiante del normal.
Si no tiene daga, le presto una...
Gutierrez fue rápido en la réplica, finta declamatoria previa al duelo.
-Dígame su gracia. Para mí es de práctica conocer la filiación de quienes voy a difuntear...
El otro, le contestó con displicencia.
-Simplemente, poeta; bardo del arrabal con sus miserias, del sexo desasosegado, de lo que se esconde tras la laya de los virtuosos, incluso, la reputación de su reputísima madre...
Fue demasiado. Gutierrez arremetió con su acero desnudo contra el otro, el cual se hallaba, a la vista, desarmado.
Como si esperara el arrebato del Pardo, el otro lo esquivó lateralmente con pericia, dejándolo fuera de ángulo para aplicar el tajo del resarcimiento.
Detectó el estupor de Gutierrez en fracción de segundos. Ese instante de vacilación ante lo imprevisto, le permitió extraer su propia arma, apretada contra el cinto en la zona sacro lumbar, como facón de gaucho.
-Así que Vd., defensor del pudor femenino, ataca a traición..., le espetó al Pardo, cuyo rostro moreno pareció arrebolarse por la vergüenza, al reconocer tácitamente que no le indicó a su rival el equivalente al... ¡En garde!, propio del combate académico.
Gutierrez sabía que la emoción violenta como reacción ante una injuria, no justificaba pasar por alto las leyes no escritas de la esgrima cuchillera.
Cometí una infracción..., pensó el Pardo, para detectar en el momento, que el otro se hallaba presto a ensartarlo producto de un veloz avance.
Sus reflejos reaccionaron adecuadamente: con un quiebre de cintura consiguió evitar el puntazo.
Interpretó que lo anterior se hallaba superado y ahora el lance, era un legítimo mano a mano.
Observó a su adversario a los ojos, que le parecieron ostentar el brillo de las brasas.
Este no se va a conformar con primera sangre, sea quién sea el que la haga surgir..., conjeturó mentalmente. Su sentido de la prudencia, le indicó que tampoco era cuestión de perder la vida por una mocosita que le gustaba más que otras, pero no como para desgraciarse o morir en el pleito, por el piropo soez con el que la basureó un degenerado.
Encima, pensó, el guaso se dice poeta para tapar su vicio verdaderamente de mierda.
Las últimas trabajadoras ya habían pasado y esa esquina del suburbio no demasiado alejado del centro, se había convertido en oscura.
Sin detectar testigos a la vista, el Pardo decidió detener el enfrentamiento, a sabiendas de que tal actitud equivalía a claudicación.
-¡Espere!..., gritó con desesperación al eludir una sableada feroz, destinada a provocar un feite profundo en su rostro.
El otro, disminuyó su furor con deleite evidente, en el disfrute pausado de la cobardía del Pardo, que de eso se trataba cuando se pedía cuartel.
-Yo sabía que a Vd. le faltaban agallas..., le dijo el otro en clara muestra de menosprecio.
- Le digo más: a Vd. las mujeres lo asustan...o quizás, las envidia...
El Pardo trató de pasar por alto esos términos injuriantes, pero percibió que el miedo al otro le estaba provocando deseos de mear. Tenía miedo a morir malamente, con las entrañas perforadas por el filo del arma blanca o con la garganta abierta para ahogarse con su propia sangre.
Guardó el puñal bajo su saco entallado, como para dar por finalizada la pendencia.
-Le dejo la esquina...
Le dijo al otro, en inequívoca muestra de rendición incondicional.
De todos modos, por un ya degradado pundonor orillero, constató que no hubiera testigos de su deshonra, pero...,la vio a ella.
Eloísa, la hija del tano Genaro, el de la fragua, lo miraba frunciendo la naricita, como con asco, parada a pocos metros de distancia.
El cabello negro ala de cuervo recogido en un prolijo rodete, el rostro muy blanco de boca pequeña y tentadora, como si resaltara en la noche que se iniciaba. Eloísa le pareció al Pardo una efigie aporcelanada, ajena al barro del callejón y al modesto percal que vestía.
Gutierrez sintió que la vergüenza, parecía cubrirlo como si se tratara de un manto, pero de todos modos, algo en la mujercita le generó extrañeza.
¿Porqué volvió?..., se interrogó a si mismo.
Notó que el otro, no parecía sorprendido por la presencia de esa niña de formas plenas, insinuadas bajo el vestido de humilde factura.
Le pareció entender que Eloísa, no era una chiruzita de orillas del Maldonado cercano, previsible en todo, sino una hembrita que respondía a oscuras apetencias, quizás aún desconocidas para ella.
Decidió apurar el paso para irse..., en su interpretación, el otro podría llegar a impedírselo, para florearse ante esa conquista conseguida mediante un piropo inmundo.
El otro, confirmó su presunción: le aplicó un golpe de furca, como siempre, desde atrás y traicionero, que lo hizo caer próximo al desvanecimiento, debido a la presión asfixiante del antebrazo derecho sobre su nuez de Adán. Resultó desarmado con facilidad y su cuchillo, arrojado con desprecio al barro circundante.
El Pardo, intentó recuperarse con espasmódicas inhalaciones de aire; hacía esfuerzos denodados para incorporarse y a la vez, que el chambergo gris oscuro siguiera encasquetado en su cabeza.
Cuando lo consiguió, recibió un planazo sobre la frente que produjo un nuevo derribo de su humanidad.
-¿ A donde quiere ir señor guapo ?..., le espetó el otro, risueño.
-Esto no termina así..., le dijo al Pardo, que al detectar su ropa sucia por los revolcones, sintió incrementada la ignominia de su situación.
También, la extraña sensación de que el otro transgredía los códigos implícitos; las normas válidas entre los orilleros en cuanto al reconocimiento de vencedores y vencidos, así como las prerrogativas que les cabían a quienes triunfaban en el duelo criollo.
Tal percepción, se impuso sobre el dolor corporal y el moral, para acrecentar su ya indisimulable sentimiento de miedo.
Temía el comportamiento imprevisible del otro; el carácter que interpretaba demencial, manifestado en sus actitudes y procederes.
El Pardo Gutierrez se irguió nuevamente, algo tambaleante, la frente enrojecida debido al impacto del arma del otro aplicada de plano.
A punta de cuchillo, el otro lo arreó hasta el baldío lindante. A Eloísa, solo le dijo : vení...
En el terreno penumbroso, cubierto de alta vegetación y basura, mediante otro planazo lo obligo a acostarse sobre la tierra y la mugre; esta vez, un par de cortes dejaron trazos de sangre en la frente del Pardo.
Gutierrez, tendido boca arriba sobre los yuyos elevados, decidió que el mutismo era lo que le convenía, con la esperanza de que el otro se cansara de someterlo al oprobio.
-Quítese el pañuelo..., le dijo el otro en tono terminante.
El Pardo lo obedeció, las manos temblorosas ante la presunción de recibir una cuchillada de índole letal.
No llevaba camisa bajo el lengue, sino una camiseta de frisa, que el otro rasgó con su acero dejándole el pecho al descubierto. Llamó a la muchacha que se hallaba expectante.
-Cagalo.
Le dijo con autoridad, mientras se reclinaba y colocaba el filo de su daga sobre la garganta del Pardo.
-Si se llega a mover le rajo el cogote..., le advirtió al yacente, impartiéndole presión al elemento de corte para otorgarle mayor poder de convicción a la frase.
El Pardo asintió en silencio, completamente entregado a lo que en su estima, eran los desvaríos de un loco peligroso que lo tenía sumido en el espanto.
Le resultaba dificultoso respirar, dado que no quería ejercer el menor movimiento que provocara la acción del filo sobre su cuello, al que sentía aguzado como el de una navaja.
La daga se la afiló el demonio..., conjeturó con terror.
Cuando vio a Eloísa acuclillada, las piernas enfundadas en medias oscuras de muselina prendidas a sus muslos con ligas negras, separadas sobre su pecho, supo lo que iba a ocurrir. Intentó alguna vana resistencia motivada por el asco y la humillación, pero la posibilidad del degüello lo devolvió a la mansedumbre.
-Yo sabía que ibas a volver sin calzones..., le dijo el otro a la adolescente, quien sonrió de modo enigmático. El Pardo, entre el asombro y el pavor, recibió sobre su pecho una andanada de tibia materia fecal, acompañada de un borboteo intestinal que podría ser considerado como discreto en su sonoridad.
-Lo está cagando una virgen..., le mencionó al oído el otro, sin disminuir la presión del arma blanca mediante la que lo sometía a cautiverio.
-Limpiate con esas hojas de diario..., le ordenó a Eloísa, que se dirigió, meneando las nalgas al aire, a cumplir con lo encomendado donde se hallaba un ejemplar reciente de La Prensa, al que la intemperie le generó un evidente deterioro. Opresor y cautivo, acompañaron con sus miradas el desplazamiento de la jóven fémina.
Luego de la precaria higiene, volvió a donde se encontraban los dos hombres.
-Ahora, escribile con esa ramita: CAGÓN, sobre la mierda con la que le decoraste el pecho.
Fue la nueva indicación imperativa del otro, que observó la deposición algo chirle y la consideró ideal para su propósito.
-Tratá de hacer mejor letra..., le dijo a la adolescente empeñada en la tarea que difundía el olor de su caca.
-Tengo hasta tercer grado..., fue la respuesta justificatoria, no exenta de un velado sentimiento de afirmación personal.
El otro no respondió y el Pardo, creyó llegado el momento de la apertura de su garganta.
Comenzó a gimotear quedamente, cuando el otro, lo liberó de la amenaza de la daga, se irguió y le dijo...
-¡Corra!..., pedazo de cagón...
El Pardo se enderezó con premura, inmerso en el asco y la humillación. Comenzó a correr para alejarse del otro y la mocita que se hallaba bajo su dominio, al punto de compartir con ella su locura.
Su huída fue acompañada por las carcajadas de la pareja, que él las padeció como la marcha ceremonial que coronaba su escarnio.
Transitados escasos metros desde que abandonó el perimetro del baldío, el Pardo se enfrentó a una presencia inquietante: el tano Genaro, el de la fragua, impidiéndole proseguir su carrera.
En la mano izquierda llevaba el calzón, que sin duda, Eloísa dejó por el camino, mientras que en su diestra, portaba una masa de hierro con mango de tosca madera, quizás el emblema de su menester.
El Pardo, detectó que sus ojos parecían brazas refulgentes en la penumbra, como los del otro y Eloísa.
Con terror, cubierto de mugre y mierda, observó el avance del tano que elevaba la maza como herramienta del escarmiento. Retrocedió, mientras intentaba hilvanar una explicación ante el padre de la muchacha, pero entendía que la maldita pareja autora de su deshonra ya debía hallarse lejos, dado que el baldío disponía de otra salida por calle lateral.
Genaro no se hacía una idea de lo ocurrido, más ante ese sujeto roñoso y embadurnado de excrementos, solo podía pensar en el término: abominación.
-La mala pécora se fue de la mía casa a buscar a este canaglia..., fue la expresión que emitió con voz aguardentosa, en los momentos previos a descargar el primer golpe.
El Pardo, también llegó a escuchar: mazcalzone, furfante, farabute..., entre otras palabras tamizadas de cocoliche, antes de caer hacia atrás con hundimiento de la base del cráneo.
FIN
sábado, 16 de abril de 2016
¡COMECHINGÓN!...
El grito se reiteraba con sonoridad gutural, asemejándose a un rugido.
Tristán de Allende, capitán de medio centenar de hombres provenientes de Córdoba de la Nueva Andalucía, lo percibía como el alarido que acompañaría a su muerte, vislumbrada en la maza de piedra que el salvaje con el que se enfrentaba en duelo de campeones, desplazaba con increible habilidad y fuerza.
Su yelmo, deformado por un impacto certero, era una muestra fidedigna de la peligrosidad de su contendiente en sus embestidas feroces, alentado por los suyos en ese terreno despojado, cercano al río.
No bastaban sus estocadas con la espada forjada en Toledo, sus fintas y arremetidas. El jefe Olayón no le temía al metal de corte, ni parecía impresionado por el peto que acorazaba su pecho así como la púa enhiesta en el centro de su escudo.
¿Porqué acepté este combate insensato?..., se interrogaba, cuando ya se sentía agotado por el esfuerzo de intentar abatir a su adversario sin resultado.
Porque pequé de soberbio..., se respondía interiormente; subestimé la bravura de mi contrincante al pensar que una rápida victoria individual, me favorecería ante mi tropa y la suya.
El grito de guerra del señor de los henia parecía ensordecerlo, ya aturdido por el golpe recibido del que consiguió recuperarse tambaleante.
Sabía lo que significaba ese alarido brutal: matar al enemigo...y ese adversario diferente a otra gente vista en Indias, parecía presto a cumplirlo.
Los ojos verdosos de Olayón, el ser barbado y de tez clara, le recordaron a Tristán de Allende lo que decían las crónicas sobre el aspecto de los guanches vencidos durante la conquista de las Canarias. Esto a pesar del cráneo deformado desde recién nacido, con procedimientos que le generaban un aspecto como tubular.
Pero un nuevo avance peligroso del que no conocía el metal, lo llevó a abandonar cierta extrañeza malsana que le provocaba la apariencia del otro, para emplear sus habilidades de espadachín rodelero en su máxima expresión.
¡Santiago y cierra, España!..., gritaban sus hombres dispuestos a la vera del río, para apresurar la faena beligerante de su jefe en esa contienda de comandancias.
Y el hispano, al ver un claro en la defensa del guerrero salvaje, solo cubierto por un taparrabos y sandalias de cuero de guanaco, lo embiste con el espolón de su rodela en un esfuerzo de violenta aproximación.
El orgullo de ser quién era, de su casta e hidalguía, le parecían reducir el pecado de soberbia, dado que así pelea un español: por la gloria de Cristo y España.
Y también para impedir el menoscabo de ese orgullo...
Oyalón, en segundos, también logra percibir luz entre la faz y el escudo de su enemigo.
Un golpe definitorio de su pétrea maza sobre el otro..., le genera la percepción de que responde al imperativo de preservar a su tierra y su gente de los cristianos invasores, con sus malditas armas de metal.
También, al de preservar su orgullo combatiente de señor de las sierras y de su pueblo, que vive en cuevas y caza guanacos desde que se abrió la oscuridad y todo se iluminó por el sol de los orígenes.
Pero el capitán peninsular consigue penetrar con su acero el pecho desnudo de Oyalón, mientras cae con su cara destrozada sin llegar a emitir un grito.
Muy cerca suyo, el jefe serrano se desangra por la herida fatal, sin que los suyos puedan detener la hemorragia mediante la aplicación de hierbas cicatrizantes.
Los españoles, nada pueden hacer por su adalid, que muere con el cerebro horadado por sus propios huesos...
Las huestes de ambos yacentes, parecen unidas en el estupor, así como ambos cadáveres, semejan la conclusión de una coreografía común de coraje y mandato, ya ajena a resultados y consecuencias.
FIN
Tristán de Allende, capitán de medio centenar de hombres provenientes de Córdoba de la Nueva Andalucía, lo percibía como el alarido que acompañaría a su muerte, vislumbrada en la maza de piedra que el salvaje con el que se enfrentaba en duelo de campeones, desplazaba con increible habilidad y fuerza.
Su yelmo, deformado por un impacto certero, era una muestra fidedigna de la peligrosidad de su contendiente en sus embestidas feroces, alentado por los suyos en ese terreno despojado, cercano al río.
No bastaban sus estocadas con la espada forjada en Toledo, sus fintas y arremetidas. El jefe Olayón no le temía al metal de corte, ni parecía impresionado por el peto que acorazaba su pecho así como la púa enhiesta en el centro de su escudo.
¿Porqué acepté este combate insensato?..., se interrogaba, cuando ya se sentía agotado por el esfuerzo de intentar abatir a su adversario sin resultado.
Porque pequé de soberbio..., se respondía interiormente; subestimé la bravura de mi contrincante al pensar que una rápida victoria individual, me favorecería ante mi tropa y la suya.
El grito de guerra del señor de los henia parecía ensordecerlo, ya aturdido por el golpe recibido del que consiguió recuperarse tambaleante.
Sabía lo que significaba ese alarido brutal: matar al enemigo...y ese adversario diferente a otra gente vista en Indias, parecía presto a cumplirlo.
Los ojos verdosos de Olayón, el ser barbado y de tez clara, le recordaron a Tristán de Allende lo que decían las crónicas sobre el aspecto de los guanches vencidos durante la conquista de las Canarias. Esto a pesar del cráneo deformado desde recién nacido, con procedimientos que le generaban un aspecto como tubular.
Pero un nuevo avance peligroso del que no conocía el metal, lo llevó a abandonar cierta extrañeza malsana que le provocaba la apariencia del otro, para emplear sus habilidades de espadachín rodelero en su máxima expresión.
¡Santiago y cierra, España!..., gritaban sus hombres dispuestos a la vera del río, para apresurar la faena beligerante de su jefe en esa contienda de comandancias.
Y el hispano, al ver un claro en la defensa del guerrero salvaje, solo cubierto por un taparrabos y sandalias de cuero de guanaco, lo embiste con el espolón de su rodela en un esfuerzo de violenta aproximación.
El orgullo de ser quién era, de su casta e hidalguía, le parecían reducir el pecado de soberbia, dado que así pelea un español: por la gloria de Cristo y España.
Y también para impedir el menoscabo de ese orgullo...
Oyalón, en segundos, también logra percibir luz entre la faz y el escudo de su enemigo.
Un golpe definitorio de su pétrea maza sobre el otro..., le genera la percepción de que responde al imperativo de preservar a su tierra y su gente de los cristianos invasores, con sus malditas armas de metal.
También, al de preservar su orgullo combatiente de señor de las sierras y de su pueblo, que vive en cuevas y caza guanacos desde que se abrió la oscuridad y todo se iluminó por el sol de los orígenes.
Pero el capitán peninsular consigue penetrar con su acero el pecho desnudo de Oyalón, mientras cae con su cara destrozada sin llegar a emitir un grito.
Muy cerca suyo, el jefe serrano se desangra por la herida fatal, sin que los suyos puedan detener la hemorragia mediante la aplicación de hierbas cicatrizantes.
Los españoles, nada pueden hacer por su adalid, que muere con el cerebro horadado por sus propios huesos...
Las huestes de ambos yacentes, parecen unidas en el estupor, así como ambos cadáveres, semejan la conclusión de una coreografía común de coraje y mandato, ya ajena a resultados y consecuencias.
FIN
martes, 8 de marzo de 2016
EN EL RECINTO DE LA DUCHA
Como siempre, bañarse en el cubículo sobre el que se halla instalada la ducha, le resulta complicado.
Hombre de contextura robusta, sufre la incomodidad de enjabonarse meticulosamente, como lo hace desde los lejanos años de su infancia, con la cortina que cuelga del barral curvo para evitar que se empape el piso, literalmente pegada a su piel.
Este contacto vinílico le genera una sensación opresiva, manifiestamente desagradable, que se acrecienta a medida que la tela plástica decorada con rombos de alegres colores parece ir envolviéndolo con fines adhesivos.
La diferencia con las demás veces, es que en esta ocasión, no puede deshacerse de ella.
La cortina va ciñendo su cuerpo como la boa constrictor con sus víctimas, mediante un abrazo cuya presión conduce a la asfixia.
Con esfuerzos denodados intenta desprenderse de lo que ya considera un ataque, sin resultados favorables. Estima que por algún proceso indescifrable, lo inerte cobró vida...y quizás necesita alimentarse.
Comienza a gritar desesperado, aunque sabe que vivir solo en ese departamento interno no facilita que alguien lo escuche; con horror, siente que el plástico le cubre la boca y los orificios nasales. Como en un relampagueo fugaz, alcanza a lamentar mentalmente su desidia: hace años que decidió comprar una mampara de acrílico para reemplazar la maldita cortina...y nunca lo hizo.
FIN
Con esfuerzos denodados intenta desprenderse de lo que ya considera un ataque, sin resultados favorables. Estima que por algún proceso indescifrable, lo inerte cobró vida...y quizás necesita alimentarse.
Comienza a gritar desesperado, aunque sabe que vivir solo en ese departamento interno no facilita que alguien lo escuche; con horror, siente que el plástico le cubre la boca y los orificios nasales. Como en un relampagueo fugaz, alcanza a lamentar mentalmente su desidia: hace años que decidió comprar una mampara de acrílico para reemplazar la maldita cortina...y nunca lo hizo.
FIN
jueves, 3 de marzo de 2016
BRAZOS HACIA EL CIELO
Hacía alrededor de media hora, que se hallaba en la esquina muy transitada recostado contra la pared, ensimismado, como si acumulara cierto íntimo fervor conducente a un estallido.
El bullicio de transeúntes y vehículos, el tráfago urbano habitual pródigo en su cacofonía de voces y de escapes, de bocinas y chirridos de frenos, no parecían alterar el carácter casi extático de su presencia.
En determinados momentos, se mecía la barba de cuidado recorte y tonalidad enteramente blanca, en actitud de considerar si se trataba del instante apropiado para la realización de un acto trascendente.
El traje que vestía, negro, de buen corte, parecía realzar la palidez de su rostro de hombre maduro de porte elegante, delgado sin exageración, de semblante armónicamente anguloso. No usaba corbata y la camisa de cuello desprendido lucía un color blanco inmaculado.
Recreaba en su mente la antigua canción de Serrat: harto ya de estar harto ya me cansé, de preguntarle al mundo por qué y por qué...
Decidió elevar el nivel de la interrogación, que su experiencia de vida próxima a las siete décadas, le daba a entender que carecía de respuesta humana.
Con el semáforo en rojo, se situó en el centro de la avenida, lo que provocó un caos vehicular de acciones elusivas y puteadas de conductores iracundos, que reaccionaban con la mayor violencia verbal.
-¡Elohim!...
El grito resultaba monumental en su sonoridad. Como si quién lo emitiera, hubiera desgarrado sus pulmones con el único fin de interpelar al creador de modo definitivo, en un intento de horadar su silencio con la estridencia de una vocalización de índole primordial.
Arrodillado en medio de esa avenida transitada por profusión de vehículos, el individuo que pronunció el sacro nombre con intensidad desmesurada elevaba sus brazos al cielo, en actitud de implorar una señal que implicara respuesta y potestad.
Lo hacía con los ojos cerrados como en trance, ante el estupor de los peatones, que rápidamente prorrumpieron en un coro de expresiones tales como loco de mierda, unidas a la de los automovilistas y choferes de colectivos preocupados por no embestirlo y no colisionar entre ellos.
Un pequeño automóvil de tres puertas, conducido por un joven posiblemente inexperto, al pretender evitar llevarlo por delante salió de su carril con rumbo errático, para culminar su derrotero incrustándose contra un negocio de ochava, entre estrépito de vidrios rotos y sonidos de desastre.
Inmediatamente, se generó un tumulto que obligó al sujeto de la garganta estragada a escudarse tras un par de policías, para no ser víctima de un conato de linchamiento dirigido a su persona.
Hablaban de la muerte de un inocente, pero el hombre del traje negro semejaba hallarse complacido.
Pensaba que el seguir con vida, comprobaba que la divinidad se había manifestado.
Consideraba que así como los jueces se expresaban a través de sus fallos, el del juicio final, lo hacía en relación a las circunstancias que le depara a los individuos y se añaden a la sustancia de la vida.
-En mi caso -le dijo con un hilo de voz al policía que lo protegía de la ira del gentío- me apartó de la pena capital porque yo debía comprender. Es gesto de potestad que evalúo como respuesta, dado que al llevarse un alma inocente me indica que sus propósitos siempre serán inescrutables; ajenos a la evaluación humana con parámetros de dicha y desdicha, ya que él distribuye los destinos sin explicaciones.
Por lo cual, oficial, debemos asumir nuestra categoría de insectos con amplias prerrogativas, entre las que no se halla interrogarlo.
El uniformado, decide esposarlo, a pesar de que el caballero entrado en años no exhibía conducta agresiva alguna.
-No aguanto su sonrisa. Pedí asistencia psiquiátrica.
Le comentó a su compañero que manipulaba el handy.
Sentado en el cordón de la vereda, esposado por la espalda como un delincuente, el hombre del traje negro ostentaba una sonrisa beatífica, a pesar de los insultos de la multitud y algún escupitajo que quedó prendido en su ropa.
Nada de esto me importa, pensaba, es el precio a pagar por haber accedido al contacto superior.
Su satisfacción, parecía enardecer a la muchedumbre que lo rodeaba, pero él se sentía ajeno a la indignación popular, solo, inmerso en su flamante condición de elegido.
FIN
En determinados momentos, se mecía la barba de cuidado recorte y tonalidad enteramente blanca, en actitud de considerar si se trataba del instante apropiado para la realización de un acto trascendente.
El traje que vestía, negro, de buen corte, parecía realzar la palidez de su rostro de hombre maduro de porte elegante, delgado sin exageración, de semblante armónicamente anguloso. No usaba corbata y la camisa de cuello desprendido lucía un color blanco inmaculado.
Recreaba en su mente la antigua canción de Serrat: harto ya de estar harto ya me cansé, de preguntarle al mundo por qué y por qué...
Decidió elevar el nivel de la interrogación, que su experiencia de vida próxima a las siete décadas, le daba a entender que carecía de respuesta humana.
Con el semáforo en rojo, se situó en el centro de la avenida, lo que provocó un caos vehicular de acciones elusivas y puteadas de conductores iracundos, que reaccionaban con la mayor violencia verbal.
-¡Elohim!...
El grito resultaba monumental en su sonoridad. Como si quién lo emitiera, hubiera desgarrado sus pulmones con el único fin de interpelar al creador de modo definitivo, en un intento de horadar su silencio con la estridencia de una vocalización de índole primordial.
Arrodillado en medio de esa avenida transitada por profusión de vehículos, el individuo que pronunció el sacro nombre con intensidad desmesurada elevaba sus brazos al cielo, en actitud de implorar una señal que implicara respuesta y potestad.
Lo hacía con los ojos cerrados como en trance, ante el estupor de los peatones, que rápidamente prorrumpieron en un coro de expresiones tales como loco de mierda, unidas a la de los automovilistas y choferes de colectivos preocupados por no embestirlo y no colisionar entre ellos.
Un pequeño automóvil de tres puertas, conducido por un joven posiblemente inexperto, al pretender evitar llevarlo por delante salió de su carril con rumbo errático, para culminar su derrotero incrustándose contra un negocio de ochava, entre estrépito de vidrios rotos y sonidos de desastre.
Inmediatamente, se generó un tumulto que obligó al sujeto de la garganta estragada a escudarse tras un par de policías, para no ser víctima de un conato de linchamiento dirigido a su persona.
Hablaban de la muerte de un inocente, pero el hombre del traje negro semejaba hallarse complacido.
Pensaba que el seguir con vida, comprobaba que la divinidad se había manifestado.
Consideraba que así como los jueces se expresaban a través de sus fallos, el del juicio final, lo hacía en relación a las circunstancias que le depara a los individuos y se añaden a la sustancia de la vida.
-En mi caso -le dijo con un hilo de voz al policía que lo protegía de la ira del gentío- me apartó de la pena capital porque yo debía comprender. Es gesto de potestad que evalúo como respuesta, dado que al llevarse un alma inocente me indica que sus propósitos siempre serán inescrutables; ajenos a la evaluación humana con parámetros de dicha y desdicha, ya que él distribuye los destinos sin explicaciones.
Por lo cual, oficial, debemos asumir nuestra categoría de insectos con amplias prerrogativas, entre las que no se halla interrogarlo.
El uniformado, decide esposarlo, a pesar de que el caballero entrado en años no exhibía conducta agresiva alguna.
-No aguanto su sonrisa. Pedí asistencia psiquiátrica.
Le comentó a su compañero que manipulaba el handy.
Sentado en el cordón de la vereda, esposado por la espalda como un delincuente, el hombre del traje negro ostentaba una sonrisa beatífica, a pesar de los insultos de la multitud y algún escupitajo que quedó prendido en su ropa.
Nada de esto me importa, pensaba, es el precio a pagar por haber accedido al contacto superior.
Su satisfacción, parecía enardecer a la muchedumbre que lo rodeaba, pero él se sentía ajeno a la indignación popular, solo, inmerso en su flamante condición de elegido.
FIN
sábado, 30 de enero de 2016
FUERA DEL OUTLET
La música era para Federico Baldizzone, sosiego y calma; al menos, la música clásica, la que transmitía FM Amadeus y que él escuchaba dentro de su auto estacionado, sumido en un estado de relajación que lo ajenizaba del mundo y sus conflictos..., hasta que algo concitó su atención.
Por cierto, no era la tardanza de su mujer que se hallaba desde hacía una hora en esa zona de oulets. Esto era usual. Su mujer era una compradora de pronunciada exigencia en sus elecciones adquisitivas, obstinada en la búsqueda de la relación calidad-precio que consideraba adecuada.
Todo lo contrario a su perfil de comprador, caracterizado por la inmediatez y celeridad en las decisiones.
Este era el motivo por el que hacía una hora que la esperaba, aparcado en esa calle lateral, a dos cuadras de la sucesión de locales abiertos a recibir un tráfago de ávidos buscadores de ofertas.
Durante esa hora, el individuo que se hallaba a unos veinte metros, sentado sobre el umbral de un comercio cerrado por ser sábado por la tarde, no dejó en ningún momento de hablar por su celular.
Lo hacía de modo calmo, con parsimonia, por lo que Federico solo le dedicó una mirada inicialmente, de lógica prevención dada la inseguridad urbana.
Pero cuándo él ya se acercaba a la hora de espera conyugal, el sujeto pareció sufrir una transformación que destacó inquietantemente su presencia.
Comenzó a gesticular con la mano que le quedaba libre mientras elevaba el tono de voz hasta extremos destemplados, que interrumpían el embelezo con la música que mantenía Federico Baldizzone.
Alarmado, el hombre bajó el volumen de su stereo en el preciso momento, en el que una motocicleta ocupada por dos varones jóvenes -ambos cubiertos por cascos con visera polarizada- se detuvo frente al vociferante telefónico los segundos necesarios, para que el que iba atrás le efectuara una ráfaga de disparos mediante una pistola automática provista de silenciador.
El del celular, apenas alcanzó a incorporarse cuando vio a los motociclistas, para caer ampulosamente sobre la acera que comenzó a cubrirse de sangre.
Su victimario, guardó el arma y fotografió al abatido, antes de darle la orden al que conducía de que acelerara el vehículo tipo enduro, el cual partió raudamente para virar en la primera esquina.
Todo resultó muy rápido. Fugaz.
Federico, llegó a suponer que los de la moto no repararon en su presencia.
Distinguió que el celular de la víctima, había impactado con fuerza contra las baldosas; al abrirse, mostraba la batería no del todo desprendida como si se tratara de un organismo con las vísceras expuestas.
Absorto por lo ocurrido, en plena conmoción emocional, observó a su mujer como petrificada ante el cuerpo yacente. De sus brazos, colgaban un par de bolsas que exhibían los logos de marcas de indumentaria notoriamente posicionadas.
Federico abandonó el auto y la abrazó con desesperación.
-Gabriela..., te salvaste de milagro. Si llegabas unos minutos antes te hubieran matado.
Por estar en el sitio equivocado en el momento equivocado..., le dijo con voz alterada, apropiándose de la frase ya convertida en un lugar común de la crónica policial.
Gabriela comenzó a sollozar tenuemente, con un gimoteo casi infantil.
Federico, enternecido, decidió consolarla mediante la apelación al civismo, que correspondía evidenciar ante sucesos luctuosos como el homicidio del que eran testigos.
-Ahora llamamos al 911 y no nos quedará otra que dar testimonio. Es carga pública.
Ella comenzó a llorar destempladamente, como si se liberara de un sentimiento opresivo.
Federico le acarició el cabello en un intento de calmarla.
-Bueno..., bueno..., no podemos hacer nada.
La mujer silenció su llanto con brusquedad, mirándolo desafiante.
-¿Como que no?..., yo vuelvo al outlet. Tengo que cambiar el jean turquesa que compré sin estar convencida, apurada por no hacerte esperar y que me empieces a joder llamándome al celular para que me apresure, poniéndome nerviosa y haciendo que me equivoque al elegir.
Federico, atribulado, vio como Gabriela se volvía al centro comercial, ofuscada por lo del jean turquesa.
Al divisar que ya eran varias las personas que rodeaban al abatido y comentaban entre ellas, interpretó que ya habrían llamado al 911.
Tuvo ganas de ascender a su automóvil, partir veloz y que Gabriela se tomara un taxi, pero ya se acercaba velozmente el primer patrullero, con sirena y destellador activados.
Estimó que seguramente habría cámaras de seguridad en la cuadra, donde la patente de su vehículo figuraría en las filmaciones. Tendría que someterse a todas las molestias y ulterioridades que le deparara su condición de testigo presencial.
Miró el cadáver con aprensión. Reflexionó en torno a ese hombre y su extensa conversación...
¿Que cuentas no se habrían cerrado como debían?...¿La víctima era un acreedor al que era conveniente suprimir o un deudor sobre el que había que hacer tronar el escarmiento?...
Ya se enteraría por los medios, cuando el abrupto final de este hombre pasara a convertirse en noticia.
De todos modos, pensó, no era asunto suyo. Llamó a su mujer, celular-celular, con la idea de decirle que se apurara, pero el teléfono sonaba sin ser atendido.
Si bien tal hecho no le resultó extraño, le produjo un raro sentimiento de desasosiego. Vio que llegaba el furgón de Policía Científica y se disponían a acordonar la zona, mientras otros efectivos ya se acercaban para interrogarlo.
Nuevamente llamó a Gabriela. Ahora el teléfono había sido apagado.
FIN
Por cierto, no era la tardanza de su mujer que se hallaba desde hacía una hora en esa zona de oulets. Esto era usual. Su mujer era una compradora de pronunciada exigencia en sus elecciones adquisitivas, obstinada en la búsqueda de la relación calidad-precio que consideraba adecuada.
Todo lo contrario a su perfil de comprador, caracterizado por la inmediatez y celeridad en las decisiones.
Este era el motivo por el que hacía una hora que la esperaba, aparcado en esa calle lateral, a dos cuadras de la sucesión de locales abiertos a recibir un tráfago de ávidos buscadores de ofertas.
Durante esa hora, el individuo que se hallaba a unos veinte metros, sentado sobre el umbral de un comercio cerrado por ser sábado por la tarde, no dejó en ningún momento de hablar por su celular.
Lo hacía de modo calmo, con parsimonia, por lo que Federico solo le dedicó una mirada inicialmente, de lógica prevención dada la inseguridad urbana.
Pero cuándo él ya se acercaba a la hora de espera conyugal, el sujeto pareció sufrir una transformación que destacó inquietantemente su presencia.
Comenzó a gesticular con la mano que le quedaba libre mientras elevaba el tono de voz hasta extremos destemplados, que interrumpían el embelezo con la música que mantenía Federico Baldizzone.
Alarmado, el hombre bajó el volumen de su stereo en el preciso momento, en el que una motocicleta ocupada por dos varones jóvenes -ambos cubiertos por cascos con visera polarizada- se detuvo frente al vociferante telefónico los segundos necesarios, para que el que iba atrás le efectuara una ráfaga de disparos mediante una pistola automática provista de silenciador.
El del celular, apenas alcanzó a incorporarse cuando vio a los motociclistas, para caer ampulosamente sobre la acera que comenzó a cubrirse de sangre.
Su victimario, guardó el arma y fotografió al abatido, antes de darle la orden al que conducía de que acelerara el vehículo tipo enduro, el cual partió raudamente para virar en la primera esquina.
Todo resultó muy rápido. Fugaz.
Federico, llegó a suponer que los de la moto no repararon en su presencia.
Distinguió que el celular de la víctima, había impactado con fuerza contra las baldosas; al abrirse, mostraba la batería no del todo desprendida como si se tratara de un organismo con las vísceras expuestas.
Absorto por lo ocurrido, en plena conmoción emocional, observó a su mujer como petrificada ante el cuerpo yacente. De sus brazos, colgaban un par de bolsas que exhibían los logos de marcas de indumentaria notoriamente posicionadas.
Federico abandonó el auto y la abrazó con desesperación.
-Gabriela..., te salvaste de milagro. Si llegabas unos minutos antes te hubieran matado.
Por estar en el sitio equivocado en el momento equivocado..., le dijo con voz alterada, apropiándose de la frase ya convertida en un lugar común de la crónica policial.
Gabriela comenzó a sollozar tenuemente, con un gimoteo casi infantil.
Federico, enternecido, decidió consolarla mediante la apelación al civismo, que correspondía evidenciar ante sucesos luctuosos como el homicidio del que eran testigos.
-Ahora llamamos al 911 y no nos quedará otra que dar testimonio. Es carga pública.
Ella comenzó a llorar destempladamente, como si se liberara de un sentimiento opresivo.
Federico le acarició el cabello en un intento de calmarla.
-Bueno..., bueno..., no podemos hacer nada.
La mujer silenció su llanto con brusquedad, mirándolo desafiante.
-¿Como que no?..., yo vuelvo al outlet. Tengo que cambiar el jean turquesa que compré sin estar convencida, apurada por no hacerte esperar y que me empieces a joder llamándome al celular para que me apresure, poniéndome nerviosa y haciendo que me equivoque al elegir.
Federico, atribulado, vio como Gabriela se volvía al centro comercial, ofuscada por lo del jean turquesa.
Al divisar que ya eran varias las personas que rodeaban al abatido y comentaban entre ellas, interpretó que ya habrían llamado al 911.
Tuvo ganas de ascender a su automóvil, partir veloz y que Gabriela se tomara un taxi, pero ya se acercaba velozmente el primer patrullero, con sirena y destellador activados.
Estimó que seguramente habría cámaras de seguridad en la cuadra, donde la patente de su vehículo figuraría en las filmaciones. Tendría que someterse a todas las molestias y ulterioridades que le deparara su condición de testigo presencial.
Miró el cadáver con aprensión. Reflexionó en torno a ese hombre y su extensa conversación...
¿Que cuentas no se habrían cerrado como debían?...¿La víctima era un acreedor al que era conveniente suprimir o un deudor sobre el que había que hacer tronar el escarmiento?...
Ya se enteraría por los medios, cuando el abrupto final de este hombre pasara a convertirse en noticia.
De todos modos, pensó, no era asunto suyo. Llamó a su mujer, celular-celular, con la idea de decirle que se apurara, pero el teléfono sonaba sin ser atendido.
Si bien tal hecho no le resultó extraño, le produjo un raro sentimiento de desasosiego. Vio que llegaba el furgón de Policía Científica y se disponían a acordonar la zona, mientras otros efectivos ya se acercaban para interrogarlo.
Nuevamente llamó a Gabriela. Ahora el teléfono había sido apagado.
FIN
domingo, 11 de octubre de 2015
INFORMACIÓN SENSIBLE
Los presentes en el transporte de pasajeros no superaban la docena, sumados quién conducía y un vendedor ambulante que cesó en su espiche, para escuchar atentamente lo que hablaba por celular un individuo sentado en los asientos posteriores del colectivo.
Se trataba de un hombre muy gordo de mediana edad, profusa barba renegrida y tez cetrina, ataviado con ropa sport que denotaba calidad. Hablaba con voz tan estentórea, que parecía amplificada por algún dispositivo electrónico.
El pasaje, parecía detentar un buen nivel socioeconómico y cultural, lo que podía justificar el estupor general ante lo que refería el gordo, aunque lo que exclamaba a viva voz, era proclive a concitar la atención incluso de la persona más desinformada sobre los asuntos actuales de la geopolítica.
-¿Siguen bombardeando?...¿Cuantas rondas?...¿Cincuenta?...
El gordo parecía conversar con alguién que se hallaba en el centro de los acontecimientos, por cierto, de inequívoca índole bélica.
-Si..., sin duda, sus operaciones aéreas resultan tan masivas, que es inevitable un incidente de proporciones con la aviación militar turca, o sea, con la OTAN.
En ese momento, el gordo prorrumpió en estridentes carcajadas, siniestras, por la connotación que adquirían en el marco de esa conversación telefónica móvil.
-Claro: el peligro de la tercera guerra mundial..., superada la Guerra Fría del siglo pasado.
Nuevamente, su risa retumbó en el colectivo como si sonaran las trompetas del apocalipsis. Estas jocosas intercalaciones, apenas interrumpían el dialogo con un interlocutor, que parecía testimoniar desde la geografía donde se desarrollaban los hechos mencionados.
-¿Me decís que acaban de impactar formaciones de Al Nusra?..., maravilloso, que se jodan por no haber aceptado, como los de Ahrar al Sham, nuestra supremacía operativa y difusora de la verdadera fe.
-¿Como?...¿Puede ser que lo hallan matado?..., de ser así, una gran noticia. Hassan Haj Ali, jefe de Liwa Suqour al-Jabal, fue entrenado por la CIA para combatir al dictador.
Con algunos de nuestros enemigos, solo coincidimos en tener un enemigo común.
Bueno, hermano, voy a concluir la comunicación porque debo proceder. Como te imaginarás, estoy rodeado de cruzados y de idólatras: todos son culpables aunque no lo sepan y ajenos a lo que será universal.
Ustedes..., deben resistir en Al Shadadi y toda la provincia de Hasaka. Estoy con Ustedes, aunque me traslade por Quilmes, en una bella zona residencial.
Dicho esto, accionó el timbre y descendió raudamente, en una demostración de agilidad que contrastaba con el sobrepeso que exhibía.
Los integrantes del pasaje se miraron absortos, al divisar que el gordo ascendió a un automóvil que lo esperaba con el motor en marcha y que partió veloz, con chirrido de neumáticos.
El colectivo apenas había reiniciado su recorrido, cuando un pasajero observó con inquietud rápidamente convertida en pavor, que el gordo dejó un envoltorio sobre el asiento que había ocupado; no le pareció casual, por lo que se abalanzó hacia la parte delantera del vehículo gritándole al chofer que lo detenga y accione la apertura de las puertas. El conductor, atento a la reglamentación de su trabajo, le respondió que faltaban cien metros para la siguiente parada.
FIN
Se trataba de un hombre muy gordo de mediana edad, profusa barba renegrida y tez cetrina, ataviado con ropa sport que denotaba calidad. Hablaba con voz tan estentórea, que parecía amplificada por algún dispositivo electrónico.
El pasaje, parecía detentar un buen nivel socioeconómico y cultural, lo que podía justificar el estupor general ante lo que refería el gordo, aunque lo que exclamaba a viva voz, era proclive a concitar la atención incluso de la persona más desinformada sobre los asuntos actuales de la geopolítica.
-¿Siguen bombardeando?...¿Cuantas rondas?...¿Cincuenta?...
El gordo parecía conversar con alguién que se hallaba en el centro de los acontecimientos, por cierto, de inequívoca índole bélica.
-Si..., sin duda, sus operaciones aéreas resultan tan masivas, que es inevitable un incidente de proporciones con la aviación militar turca, o sea, con la OTAN.
En ese momento, el gordo prorrumpió en estridentes carcajadas, siniestras, por la connotación que adquirían en el marco de esa conversación telefónica móvil.
-Claro: el peligro de la tercera guerra mundial..., superada la Guerra Fría del siglo pasado.
Nuevamente, su risa retumbó en el colectivo como si sonaran las trompetas del apocalipsis. Estas jocosas intercalaciones, apenas interrumpían el dialogo con un interlocutor, que parecía testimoniar desde la geografía donde se desarrollaban los hechos mencionados.
-¿Me decís que acaban de impactar formaciones de Al Nusra?..., maravilloso, que se jodan por no haber aceptado, como los de Ahrar al Sham, nuestra supremacía operativa y difusora de la verdadera fe.
-¿Como?...¿Puede ser que lo hallan matado?..., de ser así, una gran noticia. Hassan Haj Ali, jefe de Liwa Suqour al-Jabal, fue entrenado por la CIA para combatir al dictador.
Con algunos de nuestros enemigos, solo coincidimos en tener un enemigo común.
Bueno, hermano, voy a concluir la comunicación porque debo proceder. Como te imaginarás, estoy rodeado de cruzados y de idólatras: todos son culpables aunque no lo sepan y ajenos a lo que será universal.
Ustedes..., deben resistir en Al Shadadi y toda la provincia de Hasaka. Estoy con Ustedes, aunque me traslade por Quilmes, en una bella zona residencial.
Dicho esto, accionó el timbre y descendió raudamente, en una demostración de agilidad que contrastaba con el sobrepeso que exhibía.
Los integrantes del pasaje se miraron absortos, al divisar que el gordo ascendió a un automóvil que lo esperaba con el motor en marcha y que partió veloz, con chirrido de neumáticos.
El colectivo apenas había reiniciado su recorrido, cuando un pasajero observó con inquietud rápidamente convertida en pavor, que el gordo dejó un envoltorio sobre el asiento que había ocupado; no le pareció casual, por lo que se abalanzó hacia la parte delantera del vehículo gritándole al chofer que lo detenga y accione la apertura de las puertas. El conductor, atento a la reglamentación de su trabajo, le respondió que faltaban cien metros para la siguiente parada.
FIN
jueves, 17 de septiembre de 2015
EL OCASO SE ENCIENDE
-Nunca tendrás un macho que por vos se haga chorro...
Le dijo Valentín, parafraseando el poema de Carlos de la Pua que ella no conocía, mientras la lluvia profusa repiqueteaba contra el ventanal.
Daisy sonrió, poniendo en evidencia el albor de su dentadura perfecta, los hoyuelos que se formaban en sus mejillas y la plenitud de esa imagen facial que generaba fascinación en el hombre; más aún, lo obsesionaba.
Morena, de cabello largo recogido en un elaborado rodete, de formas rotundas y baja estatura, la mujer se había convertido para Valentín en una gloria distante; en un tesoro carnal al que solo consideraba poder acceder, exponiéndose por ella a situaciones que otros no podrían emular.
Daisy, nacida en Villa Rita, Paraguay, era totalmente ajena a las inquietudes del caballero, que le resultaban obra del desvarío y a las que respondía con risueño desdén.
En buena medida, le parecía graciosa la pasión de Valentín hacia su persona. Esa insistencia que semejaba superar la mera carnalidad, para proyectarse en lo que ella entendía por enamoramiento.
En este caso, no correspondido por las manifiestas inequivalencias entre ambos, marcadas a partir de la diferencia de edad.
Pero lo humorístico, se interrumpió cuando el octogenario postrado, le exhibió la cadenita de oro de Mirta, propietaria del geriátrico, para luego ofrecérsela como el obsequio de un galán a la diva que anhela seducir.
Daisy, auxiliar del establecimiento sin ningún título habilitante, reconoció con estupor la joya más preciada de su patrona, recuerdo de la madre fallecida una década atrás.
¿ Como la tiene él ?..., fue su pensamiento inicial, al ver refulgir la alhaja en la diestra deformada por la artritis de Valentín, pensionado de la residencia para adultos mayores desde hacía un par de años y receptivo de escasas visitas familiares.
La muchacha, recordó lo que le había dicho el viejo minutos antes.
La robó..., dedujo, mientras se dirigió con premura al cuarto designado pomposamente como ADMINISTRACIÓN, de acuerdo al cartel sujeto con cinta scotch a la puerta.
Golpeó dos veces, tal como establecían las directivas de Mirta al respecto. Al no obtener respuesta, ingresó mientras solicitaba permiso.
En el interior de la habitación, el cuerpo yacente de Mirta -su cabeza rodeada por un charco de sangre- parecía exponer un cuadro de muerte violenta propio de manual forense.
La mató para robarle la cadenita..., fue la inmediata conclusión de Daisy, horrorizada por lo que veía, antes de emitir un grito destemplado que se impuso sobre el sonido de la lluvia, al golpetear los cristales con intensidad de temporal.
Al lado de Mirta, una maza de hierro, seguramente propiedad de los albañiles que estaban construyendo un nuevo baño, evidenciaba que el autor del hecho no se preocupó en ocultar el arma empleada.
La joven, con mano temblorosa llamó al 911, cuando escuchó la voz cascada de Valentín, al que dejó en la silla de ruedas que no podía abandonar...
-¡Lo hice por vos, Daisy!...¡Me mandé una macana por tu amor!...
El comisario de la PFA Federico N. Berroni, tenía todo claro.
El anciano que se hallaba en silla de ruedas ante su presencia, era autoconfeso.
Había aprovechado una citación de la occisa, Mirta Berdiales, argentina nativa, 58 años, divorciada, que se produjo en el despacho de la señora, para blandir arma impropia -la maza, circunstancialmente a su alcance- y hundirle la base del cráneo.
Tal como mencionó el homicida, actuó cuando Berdiales se situó próxima a su alcance, al recoger el documento que le había hecho firmar previamente, convirtiéndola en apoderada de su jubilación y pensión.
Ella le había informado que el motivo, era el atraso en los pagos que registraba el sobrino que lo tenía a cargo.
Luego del golpe mortal propinado con alevosía, el geronte sujetó a la víctima para desprenderle la cadena de oro que llevaba al cuello y proceder al robo de la pieza.
De todos modos, a pesar de que el caso estaba resuelto, no pudo resistirse a preguntarle a Valentín Carranza, 86 años, nacido en Valladolid, España, naturalizado argentino, porqué cometió un acto de tal gravedad.
El comisario, ya había constatado la carencia de antecedentes penales del autor del hecho, así como que en su ficha médica no se mencionaba la demencia senil.
Mostrándose resignado, como si visualizara ese impulso que perdió a muchos de su generación, Don Valentín habló en tono humilde, entregado a la desgracia de una pulsión tantas veces maldita...
-Porque un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes...
FIN
Daisy sonrió, poniendo en evidencia el albor de su dentadura perfecta, los hoyuelos que se formaban en sus mejillas y la plenitud de esa imagen facial que generaba fascinación en el hombre; más aún, lo obsesionaba.
Morena, de cabello largo recogido en un elaborado rodete, de formas rotundas y baja estatura, la mujer se había convertido para Valentín en una gloria distante; en un tesoro carnal al que solo consideraba poder acceder, exponiéndose por ella a situaciones que otros no podrían emular.
Daisy, nacida en Villa Rita, Paraguay, era totalmente ajena a las inquietudes del caballero, que le resultaban obra del desvarío y a las que respondía con risueño desdén.
En buena medida, le parecía graciosa la pasión de Valentín hacia su persona. Esa insistencia que semejaba superar la mera carnalidad, para proyectarse en lo que ella entendía por enamoramiento.
En este caso, no correspondido por las manifiestas inequivalencias entre ambos, marcadas a partir de la diferencia de edad.
Pero lo humorístico, se interrumpió cuando el octogenario postrado, le exhibió la cadenita de oro de Mirta, propietaria del geriátrico, para luego ofrecérsela como el obsequio de un galán a la diva que anhela seducir.
Daisy, auxiliar del establecimiento sin ningún título habilitante, reconoció con estupor la joya más preciada de su patrona, recuerdo de la madre fallecida una década atrás.
¿ Como la tiene él ?..., fue su pensamiento inicial, al ver refulgir la alhaja en la diestra deformada por la artritis de Valentín, pensionado de la residencia para adultos mayores desde hacía un par de años y receptivo de escasas visitas familiares.
La muchacha, recordó lo que le había dicho el viejo minutos antes.
La robó..., dedujo, mientras se dirigió con premura al cuarto designado pomposamente como ADMINISTRACIÓN, de acuerdo al cartel sujeto con cinta scotch a la puerta.
Golpeó dos veces, tal como establecían las directivas de Mirta al respecto. Al no obtener respuesta, ingresó mientras solicitaba permiso.
En el interior de la habitación, el cuerpo yacente de Mirta -su cabeza rodeada por un charco de sangre- parecía exponer un cuadro de muerte violenta propio de manual forense.
La mató para robarle la cadenita..., fue la inmediata conclusión de Daisy, horrorizada por lo que veía, antes de emitir un grito destemplado que se impuso sobre el sonido de la lluvia, al golpetear los cristales con intensidad de temporal.
Al lado de Mirta, una maza de hierro, seguramente propiedad de los albañiles que estaban construyendo un nuevo baño, evidenciaba que el autor del hecho no se preocupó en ocultar el arma empleada.
La joven, con mano temblorosa llamó al 911, cuando escuchó la voz cascada de Valentín, al que dejó en la silla de ruedas que no podía abandonar...
-¡Lo hice por vos, Daisy!...¡Me mandé una macana por tu amor!...
El comisario de la PFA Federico N. Berroni, tenía todo claro.
El anciano que se hallaba en silla de ruedas ante su presencia, era autoconfeso.
Había aprovechado una citación de la occisa, Mirta Berdiales, argentina nativa, 58 años, divorciada, que se produjo en el despacho de la señora, para blandir arma impropia -la maza, circunstancialmente a su alcance- y hundirle la base del cráneo.
Tal como mencionó el homicida, actuó cuando Berdiales se situó próxima a su alcance, al recoger el documento que le había hecho firmar previamente, convirtiéndola en apoderada de su jubilación y pensión.
Ella le había informado que el motivo, era el atraso en los pagos que registraba el sobrino que lo tenía a cargo.
Luego del golpe mortal propinado con alevosía, el geronte sujetó a la víctima para desprenderle la cadena de oro que llevaba al cuello y proceder al robo de la pieza.
De todos modos, a pesar de que el caso estaba resuelto, no pudo resistirse a preguntarle a Valentín Carranza, 86 años, nacido en Valladolid, España, naturalizado argentino, porqué cometió un acto de tal gravedad.
El comisario, ya había constatado la carencia de antecedentes penales del autor del hecho, así como que en su ficha médica no se mencionaba la demencia senil.
Mostrándose resignado, como si visualizara ese impulso que perdió a muchos de su generación, Don Valentín habló en tono humilde, entregado a la desgracia de una pulsión tantas veces maldita...
-Porque un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes...
FIN
lunes, 31 de agosto de 2015
¿ LO DE SIEMPRE ?...
Tony, comenzó a preparar la Caipiroska, sin esperar la respuesta del parroquiano acodado en la barra.
Sabía que la pregunta era un mero formulismo.
Desde hacía más de un año, ese cliente solo bebía el cóctel mencionado repetido tres veces, todos los viernes, entre las nueve y media y las once de la noche.
Invariablemente, como si obedeciera a una prescripción religiosa.
Nunca hablaba. Las primeras veces que concurrió al establecimiento, señalaba la bebida en una cartilla promocional que se hallaba a su alcance.
Tampoco consumía los snacks que acompañaban al trago. Palitos salados, papas fritas, trocitos de queso y salchichitas calientes, quedaban abandonados en el triolet copetinero como un componente superfluo, para ese bebedor semanal al que en el bar céntrico, apodaban "el mudo".
Es que el individuo que respondía al apelativo parecía carecer de habla, además de ser marcadamente inexpresivo en su actitud comunicacional.
Sentado ante el vaso, parecía ensimismado, ajeno a todo lo circundante, solo concentrado en beber una Capiroska cada treinta minutos, hacer el gesto de pedido de adición, abonar con una discreta propina y retirarse.
Por supuesto, dado que su comportamiento no importunaba a nadie, los mozos y el encargado del local no reparaban demasiado en su presencia, lo mismo que el barman, que lo servía de modo casi automático.
Por otra parte, el sujeto era difícil de definir en su rango etario, sociocultural y económico. Su modo de vestir, era ampliamente variado a pesar de lo standard y nunca exhibía accesorios que pudieran demostrar un determinado nivel social; de todos modos, a ningún integrante del staff del bar le interesaba averiguar algo sobre esa persona, que parecía inmersa en una acentuada desconexión.
Cuando Tony le acercó el usual tercer vaso, lo que implicaba la última media hora de permanencia, notó algo ajeno a lo de siempre.
Quizás por algún movimiento no previsto, la remera con escote en v que vestía el hombre, se había desplazado y dejaba a la vista indisimulables electrodos, un visor aparentemente plástico ubicado sobre el plexo, así como partes metálicas expuestas donde debería haber carne.
Como si hubiera detectado que un error, centró la atención del bartender en su aspecto, se incorporó, pagó con tres billetes sin esperar el vuelto y se dirigió hacia la salida con paso ágil.
Próximo a la calle, volvió sobre sus pasos para beber de un trago la tercera Caipiroska y partió definitivamente.
Tony, asombrado por el descubrimiento, lo siguió con premura.
Pudo ver como lo elevaban, mediante una plataforma similar a la que se emplea en algunos colectivos para el ascenso de las sillas de ruedas, a una Trafic negra -furgón- estacionada en doble fila con el motor en marcha.
El bebedor parecía rígido, como despojado de voluntad autónoma.
Absorto, Tony observó la rauda partida del vehículo, que giró en la primera esquina habilitada.
El viernes siguiente, "el mudo" no se presentó en el bar.
A este suceso singular, se adosó el sorpresivo telegrama de renuncia de Tony, quién, a su vez, desapareció de los lugares que solía frecuentar. Familiares y amigos del barman, efectuaron la denuncia correspondiente.
Uno de los mozos, reemplazó provisoriamente a Tony en la barra. Pero cuando un hombre de mediana edad y traza correcta, se acomodó frente a la misma y solicitó una Caipiroska mediante el diseño impreso en la cartilla, el camarero decidió consultar al encargado que se hallaba en la cocina.
De inmediato, ambos se acercaron a la barra: el cliente ya no estaba.
Corrieron a la calle..., pero no vieron nada diferente a lo de siempre.
FIN
Es que el individuo que respondía al apelativo parecía carecer de habla, además de ser marcadamente inexpresivo en su actitud comunicacional.
Sentado ante el vaso, parecía ensimismado, ajeno a todo lo circundante, solo concentrado en beber una Capiroska cada treinta minutos, hacer el gesto de pedido de adición, abonar con una discreta propina y retirarse.
Por supuesto, dado que su comportamiento no importunaba a nadie, los mozos y el encargado del local no reparaban demasiado en su presencia, lo mismo que el barman, que lo servía de modo casi automático.
Por otra parte, el sujeto era difícil de definir en su rango etario, sociocultural y económico. Su modo de vestir, era ampliamente variado a pesar de lo standard y nunca exhibía accesorios que pudieran demostrar un determinado nivel social; de todos modos, a ningún integrante del staff del bar le interesaba averiguar algo sobre esa persona, que parecía inmersa en una acentuada desconexión.
Cuando Tony le acercó el usual tercer vaso, lo que implicaba la última media hora de permanencia, notó algo ajeno a lo de siempre.
Quizás por algún movimiento no previsto, la remera con escote en v que vestía el hombre, se había desplazado y dejaba a la vista indisimulables electrodos, un visor aparentemente plástico ubicado sobre el plexo, así como partes metálicas expuestas donde debería haber carne.
Como si hubiera detectado que un error, centró la atención del bartender en su aspecto, se incorporó, pagó con tres billetes sin esperar el vuelto y se dirigió hacia la salida con paso ágil.
Próximo a la calle, volvió sobre sus pasos para beber de un trago la tercera Caipiroska y partió definitivamente.
Tony, asombrado por el descubrimiento, lo siguió con premura.
Pudo ver como lo elevaban, mediante una plataforma similar a la que se emplea en algunos colectivos para el ascenso de las sillas de ruedas, a una Trafic negra -furgón- estacionada en doble fila con el motor en marcha.
El bebedor parecía rígido, como despojado de voluntad autónoma.
Absorto, Tony observó la rauda partida del vehículo, que giró en la primera esquina habilitada.
El viernes siguiente, "el mudo" no se presentó en el bar.
A este suceso singular, se adosó el sorpresivo telegrama de renuncia de Tony, quién, a su vez, desapareció de los lugares que solía frecuentar. Familiares y amigos del barman, efectuaron la denuncia correspondiente.
Uno de los mozos, reemplazó provisoriamente a Tony en la barra. Pero cuando un hombre de mediana edad y traza correcta, se acomodó frente a la misma y solicitó una Caipiroska mediante el diseño impreso en la cartilla, el camarero decidió consultar al encargado que se hallaba en la cocina.
De inmediato, ambos se acercaron a la barra: el cliente ya no estaba.
Corrieron a la calle..., pero no vieron nada diferente a lo de siempre.
FIN
martes, 25 de agosto de 2015
EL CAMIONERO Y LA DICHA
Sos un tipo destartalado
que no tiene salvación
Sos un tipo maltratado
por la vida y el amor
La música estridente, potenciaba la letra de esa marchita desconocida que le martillaba los oídos, desde la radio con amplificador ubicada en un extremo del salón.
Benigno Ortega, daba cuenta de su desayuno compuesto por café con leche y ensaimada, en ese parador de la ruta, junto a otros camioneros dispersos.
Una copita de caña, también formaba parte de esa ingesta temprana.
El estribillo le resultaba ensordecedor, pero no lo suficiente como para tornar ininteligible su texto.
Andá gilún
tiráte a la banquina...
Andá gilún
tiráte a la banquina...
El ritmo machacón y la letra despectiva le parecían intolerables, aunque una mirada a los demás parroquianos y al de la caja, le evidenció semblantes sonrientes, de complacidos radioescuchas.
Yo que vos
me abrazo a la botella
Yo que vos
no la busco más a ella
Pensó en pedirle al patrón que apagara el receptor o cambiara la sintonía, pero rápidamente detuvo su impulso, al considerar que eso lo exhibiría ante los presentes como un otario que se da por aludido.
Luego del consabido estribillo, la letra seguía ensañándose con el personaje, que interpretó como que podría asimilarse a su persona.
Siempre anduviste
como gaucho sin el flete
si ganás la lotería
perdiste el billete
Eso nunca.., Benigno estimó que él no jugaba, porque carecía aún de esa mínima fe triunfal.
Andá gilún...
Cuando carajo termina esta basura..., dijo en voz muy baja.
No sabés de cariño ni alegría
sos un desastre
amargo
¡ Una porquería !...
Ya era insoportable, por lo que se dispuso a pedir la cuenta y volver a su camión, para reanudar el viaje por las poceadas rutas bonaerenses y los caminos vecinales de tierra.
No cabe el amor
en tu corazón
si afilás a una piba
¡ Hacés un papelón !...
La canción cesó bruscamente.
Noticia de último momento..., anunció la voz de un speacker.
Se interrumpe la transmisión habitual de esta broadcasting, continuó, para informar que Francia y el Reino Unido le han declarado la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia ocurrida anteayer.
La maldita canción ya no se escucha..., musitó Benigno, con íntimo regocijo.
La guerra es una tragedia colectiva que empequeñece las individuales y las torna insignificantes, reflexionó.
Al percibir que disfrutaba un recóndito goce, sonrió levemente.
Sus pensamientos lo llevaban a estimar, que asistía, de modo informativo, al inicio de un conflicto bélico de alcances insospechados. Quizás sería el brutal generador de felicidades amputadas y horrores nunca vistos.
Prosiguiendo con sus cavilaciones, estableció que la guerra podría crear multitudes de infelices, que de saber de su existencia, seguramente lo convertirían en motivo de envidia.
Cuando se percató que los demás lo miraban con cierta severidad, hizo esfuerzos para atenuar la sonrisa que distendía sus labios, en una muestra de satisfacción plena.
FIN
Benigno Ortega, daba cuenta de su desayuno compuesto por café con leche y ensaimada, en ese parador de la ruta, junto a otros camioneros dispersos.
Una copita de caña, también formaba parte de esa ingesta temprana.
El estribillo le resultaba ensordecedor, pero no lo suficiente como para tornar ininteligible su texto.
Andá gilún
tiráte a la banquina...
Andá gilún
tiráte a la banquina...
El ritmo machacón y la letra despectiva le parecían intolerables, aunque una mirada a los demás parroquianos y al de la caja, le evidenció semblantes sonrientes, de complacidos radioescuchas.
Yo que vos
me abrazo a la botella
Yo que vos
no la busco más a ella
Pensó en pedirle al patrón que apagara el receptor o cambiara la sintonía, pero rápidamente detuvo su impulso, al considerar que eso lo exhibiría ante los presentes como un otario que se da por aludido.
Luego del consabido estribillo, la letra seguía ensañándose con el personaje, que interpretó como que podría asimilarse a su persona.
Siempre anduviste
como gaucho sin el flete
si ganás la lotería
perdiste el billete
Eso nunca.., Benigno estimó que él no jugaba, porque carecía aún de esa mínima fe triunfal.
Andá gilún...
Cuando carajo termina esta basura..., dijo en voz muy baja.
No sabés de cariño ni alegría
sos un desastre
amargo
¡ Una porquería !...
Ya era insoportable, por lo que se dispuso a pedir la cuenta y volver a su camión, para reanudar el viaje por las poceadas rutas bonaerenses y los caminos vecinales de tierra.
No cabe el amor
en tu corazón
si afilás a una piba
¡ Hacés un papelón !...
La canción cesó bruscamente.
Noticia de último momento..., anunció la voz de un speacker.
Se interrumpe la transmisión habitual de esta broadcasting, continuó, para informar que Francia y el Reino Unido le han declarado la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia ocurrida anteayer.
La maldita canción ya no se escucha..., musitó Benigno, con íntimo regocijo.
La guerra es una tragedia colectiva que empequeñece las individuales y las torna insignificantes, reflexionó.
Al percibir que disfrutaba un recóndito goce, sonrió levemente.
Sus pensamientos lo llevaban a estimar, que asistía, de modo informativo, al inicio de un conflicto bélico de alcances insospechados. Quizás sería el brutal generador de felicidades amputadas y horrores nunca vistos.
Prosiguiendo con sus cavilaciones, estableció que la guerra podría crear multitudes de infelices, que de saber de su existencia, seguramente lo convertirían en motivo de envidia.
Cuando se percató que los demás lo miraban con cierta severidad, hizo esfuerzos para atenuar la sonrisa que distendía sus labios, en una muestra de satisfacción plena.
FIN
lunes, 3 de agosto de 2015
MOZOS INTERCEPTORES
Quizás, aprovechó un descuido en el sistema establecido para proceder ante estos casos, una debilidad del mismo o la humana laxitud de disminuir la atención, cuando se trata de actividades cotidianas sin usuales inconvenientes. Lo cierto es que el intruso comenzó a recorrer la elegante confitería palermitana ubicada sobre la avenida Santa Fe, mientras interpelaba a los parroquianos mediante un lenguaje soez.
Presuntamente, se trataba de un vendedor ambulante que ofrecía su imprecisa propuesta mercantil de modo desconsiderado, pero el aspecto del mismo daba a suponer algo aún más inquietante. Cubierta su testa por la capucha de un jogging oscuro, su rostro aparecía lo suficientemente sombreado, como para acrecentar la mueca desdentada y feroz que era su impronta.
El individuo, golpeaba las mesas con sus manos plenas de mugre, mientras vociferaba frases aisladas imposibles de descifrar en su significación.
Los clientes amagaban con protestar, pero la mirada del sujeto les indicaba que ante la locura, la razón se rinde, de no hallarse respaldada por la suficiente fuerza disuasoria.
La que no se hallaba cerca, dado que los mozos, estaban distribuyendo comandas en el amplio local y los de la caja y el mostrador, no se percataban de lo que ocurría tras un recodo del salón.
Fernando Bermudez Ciocca, sentado ante un café que no concluyó de beber, percibió el sentimiento de indefensión que suele impregnar la sensibilidad de los cuerdos, cuando detectan que su estructura cartesiana se enfrenta al discurso del orate; a ese esquema, que franqueó los límites del raciocinio y la lógica para exponer la permeabilidad que les cabe.
Miedo..., pensó el hombre que disfrutaba de la negra infusión en soledad: la locura ajena genera miedo. Es dable interpretar que la propia, también puede producirlo en quién la padece o afronta, agregó a su reflexión.
Cuando el loco se bajo la capucha y lo miró con fijeza, Fernando entendió que estaba perdido. El insano ya no hablaba, pero su mirada desorbitada parecía expresar un propósito homicida, como si estuviera recibiendo un mandato mental, que lo urgía a proceder a la eliminación de ese desconocido que bebía café.
Fernando gritó con toda la fuerza que sus pulmones le pudieron proporcionar, por lo que que los mozos abandonaran bandejas y pedidos y concurrieran raudos en su auxilio. Pero a pesar de desplegar un operativo de interceptación del demente, el mismo se escabulló con ligereza y logró acceder a la calle para perderse en el tráfago urbano.
El encargado del sitio, lo asistió solícito y lo dispensó, debido al mal rato pasado, de abonar la consumición.
Bermudez Ciocca, se sintió reconfortado por la actitud adoptada por el responsable del establecimiento, que le pareció una muestra de respeto hacia el cliente propia de la época de su niñez y juventud, varias décadas atrás.
Después de estrechar la mano del hombre que se mostró tan gentil, salió del lugar con el paso cansino que le proporcionaba su artrosis de rodillas de larga data, causa de molestias y dolores al caminar.
Pero las dificultades para desplazarse, no eran el motivo de su preocupación al retirarse del café, sino el recuerdo de los ojos que estuvieron enfocados en los suyos. Estimó que nunca podría olvidar la mirada del loco, que pareció identificarlo como el objetivo a eliminar a pesar de ser ambos dos desconocidos.
Su domicilio era cercano, pero una sensación de malestar íntimo, lo motivó a detener el primer taxi libre a su alcance, para que lo trasladara las pocas cuadras que lo separaban de su casa.
Intentó relajarse durante el breve trayecto, pero el recuerdo de esa mirada de depredador primitivo fija en la suya, pareció trastornarlo y le generó un pavor visceral. Incluso, la descubrió en el espejo retrovisor del vehículo: pertenecía al chofer, que cubrió su cabeza con la capucha del jogging oscuro que vestía y aceleró la marcha del automóvil pintado de amarillo y negro.
Bermudez Ciocca, pasó ante su casa sin que el conductor finalizara el viaje. De nada valieron sus gritos y amenazas de denuncia.
Cuando intentó obligarlo a detenerse propinándole golpes, no llegó a aplicar siquiera el primero, porque los ojos a través del espejo lo inmovilizaron como la cobra al pequeño roedor, quitándole la voluntad de proceder.
El tipo no habló en ningún momento, pero si evidenció un rudimento de sonrisa en su boca desdentada.
Fue cuando Bermudez Ciocca, intentó en su desesperación arrojarse del auto en marcha, para descubrir que las puertas se hallaban trabadas sin que pudiera abrirlas.
También sonrió cuando con un manotazo, hizo volar el celular del pasajero que se disponía a solicitar ayuda, mientras la otra mano siguió aferrada al volante.
Cuando el agredido sintió que su ánimo de resistir comenzaba a flaquear, así como su corazón a palpitar descoordinadamente, lo que a su edad podría implicar riesgo cardíaco, el conductor del taxi viró hasta retomar el camino ya andado.
Al poco tiempo, se detuvo ante su casa, en la vereda de enfrente.
Fernando escuchó el sonido del seguro de la puertas al destrabarse. Con la celeridad que pudo conseguir dada su patología articular, abandonó el vehículo para cruzar la calzada y buscar refugio en su domicilio.
La locura es imprevisible..., pensó, por lo que ser rehén de un loco, quizás depara más posibilidades de salvación, que las que implica hallarse cautivo de quienes proyectan una finalidad racional a su acto. Esta fugaz reflexión, le provocó un sentimiento de alivio mientras se hallaba en medio del asfalto, rumbo a su vivienda ubicada a pocos metros.
Ese fue el momento en el que el taxi, arrancó bruscamente al darle paso el semáforo. Quién lo conducía, embistió de modo intencional al hombre que por sus dolores de rodillas, aún no había podido acceder a la vereda de enfrente.
Antes de colisionar con su cuerpo lesionado por el golpe, el parabrisas del auto, Fernando Bermudez Ciocca pudo distinguir con horror la mirada del orate clavada en la suya. Parecía confirmarle lo imprevisible de la locura, de un proceder que anula toda decodificación conceptual.
A diferencia de los mozos interceptores, la policía capturó al alienado antes de que se diera a la fuga luego de la consumación del hecho.Ya estaba siendo buscado por el reciente homicidio de un taxista -mediante ataque con una llave inglesa de hierro- al que le había sustraído el vehículo para de inmediato huir con el mismo.
Testigos presenciales de lo ocurrido, manifestaron que entre un cúmulo de incoherencias, balbuceaba que tenía una urgente misión por cumplir.
FIN
.
Presuntamente, se trataba de un vendedor ambulante que ofrecía su imprecisa propuesta mercantil de modo desconsiderado, pero el aspecto del mismo daba a suponer algo aún más inquietante. Cubierta su testa por la capucha de un jogging oscuro, su rostro aparecía lo suficientemente sombreado, como para acrecentar la mueca desdentada y feroz que era su impronta.
El individuo, golpeaba las mesas con sus manos plenas de mugre, mientras vociferaba frases aisladas imposibles de descifrar en su significación.
Los clientes amagaban con protestar, pero la mirada del sujeto les indicaba que ante la locura, la razón se rinde, de no hallarse respaldada por la suficiente fuerza disuasoria.
La que no se hallaba cerca, dado que los mozos, estaban distribuyendo comandas en el amplio local y los de la caja y el mostrador, no se percataban de lo que ocurría tras un recodo del salón.
Fernando Bermudez Ciocca, sentado ante un café que no concluyó de beber, percibió el sentimiento de indefensión que suele impregnar la sensibilidad de los cuerdos, cuando detectan que su estructura cartesiana se enfrenta al discurso del orate; a ese esquema, que franqueó los límites del raciocinio y la lógica para exponer la permeabilidad que les cabe.
Miedo..., pensó el hombre que disfrutaba de la negra infusión en soledad: la locura ajena genera miedo. Es dable interpretar que la propia, también puede producirlo en quién la padece o afronta, agregó a su reflexión.
Cuando el loco se bajo la capucha y lo miró con fijeza, Fernando entendió que estaba perdido. El insano ya no hablaba, pero su mirada desorbitada parecía expresar un propósito homicida, como si estuviera recibiendo un mandato mental, que lo urgía a proceder a la eliminación de ese desconocido que bebía café.
Fernando gritó con toda la fuerza que sus pulmones le pudieron proporcionar, por lo que que los mozos abandonaran bandejas y pedidos y concurrieran raudos en su auxilio. Pero a pesar de desplegar un operativo de interceptación del demente, el mismo se escabulló con ligereza y logró acceder a la calle para perderse en el tráfago urbano.
El encargado del sitio, lo asistió solícito y lo dispensó, debido al mal rato pasado, de abonar la consumición.
Bermudez Ciocca, se sintió reconfortado por la actitud adoptada por el responsable del establecimiento, que le pareció una muestra de respeto hacia el cliente propia de la época de su niñez y juventud, varias décadas atrás.
Después de estrechar la mano del hombre que se mostró tan gentil, salió del lugar con el paso cansino que le proporcionaba su artrosis de rodillas de larga data, causa de molestias y dolores al caminar.
Pero las dificultades para desplazarse, no eran el motivo de su preocupación al retirarse del café, sino el recuerdo de los ojos que estuvieron enfocados en los suyos. Estimó que nunca podría olvidar la mirada del loco, que pareció identificarlo como el objetivo a eliminar a pesar de ser ambos dos desconocidos.
Su domicilio era cercano, pero una sensación de malestar íntimo, lo motivó a detener el primer taxi libre a su alcance, para que lo trasladara las pocas cuadras que lo separaban de su casa.
Intentó relajarse durante el breve trayecto, pero el recuerdo de esa mirada de depredador primitivo fija en la suya, pareció trastornarlo y le generó un pavor visceral. Incluso, la descubrió en el espejo retrovisor del vehículo: pertenecía al chofer, que cubrió su cabeza con la capucha del jogging oscuro que vestía y aceleró la marcha del automóvil pintado de amarillo y negro.
Bermudez Ciocca, pasó ante su casa sin que el conductor finalizara el viaje. De nada valieron sus gritos y amenazas de denuncia.
Cuando intentó obligarlo a detenerse propinándole golpes, no llegó a aplicar siquiera el primero, porque los ojos a través del espejo lo inmovilizaron como la cobra al pequeño roedor, quitándole la voluntad de proceder.
El tipo no habló en ningún momento, pero si evidenció un rudimento de sonrisa en su boca desdentada.
Fue cuando Bermudez Ciocca, intentó en su desesperación arrojarse del auto en marcha, para descubrir que las puertas se hallaban trabadas sin que pudiera abrirlas.
También sonrió cuando con un manotazo, hizo volar el celular del pasajero que se disponía a solicitar ayuda, mientras la otra mano siguió aferrada al volante.
Cuando el agredido sintió que su ánimo de resistir comenzaba a flaquear, así como su corazón a palpitar descoordinadamente, lo que a su edad podría implicar riesgo cardíaco, el conductor del taxi viró hasta retomar el camino ya andado.
Al poco tiempo, se detuvo ante su casa, en la vereda de enfrente.
Fernando escuchó el sonido del seguro de la puertas al destrabarse. Con la celeridad que pudo conseguir dada su patología articular, abandonó el vehículo para cruzar la calzada y buscar refugio en su domicilio.
La locura es imprevisible..., pensó, por lo que ser rehén de un loco, quizás depara más posibilidades de salvación, que las que implica hallarse cautivo de quienes proyectan una finalidad racional a su acto. Esta fugaz reflexión, le provocó un sentimiento de alivio mientras se hallaba en medio del asfalto, rumbo a su vivienda ubicada a pocos metros.
Ese fue el momento en el que el taxi, arrancó bruscamente al darle paso el semáforo. Quién lo conducía, embistió de modo intencional al hombre que por sus dolores de rodillas, aún no había podido acceder a la vereda de enfrente.
Antes de colisionar con su cuerpo lesionado por el golpe, el parabrisas del auto, Fernando Bermudez Ciocca pudo distinguir con horror la mirada del orate clavada en la suya. Parecía confirmarle lo imprevisible de la locura, de un proceder que anula toda decodificación conceptual.
A diferencia de los mozos interceptores, la policía capturó al alienado antes de que se diera a la fuga luego de la consumación del hecho.Ya estaba siendo buscado por el reciente homicidio de un taxista -mediante ataque con una llave inglesa de hierro- al que le había sustraído el vehículo para de inmediato huir con el mismo.
Testigos presenciales de lo ocurrido, manifestaron que entre un cúmulo de incoherencias, balbuceaba que tenía una urgente misión por cumplir.
FIN
.
jueves, 2 de julio de 2015
INCANDESCENCIAS
La vela encendida quedó enhiesta, adherida al pequeño plato de vidrio por su propia cera derretida.
Matías la observó con satisfacción, dado que creyó que se le había acabado la provisión de ese vital elemento, para afrontar los continuos cortes de suministro que afectaban el barrio donde vivía.
El hallazgo de esa humilde vela, le pareció algo aproximado a un milagro. Acotado, de índole domestica, sin trascendencia pública y/o histórica..., pero milagro al fin, estimó mentalmente, su mirada fija en la luz titilante de la llama reflejada en la pared del único ambiente, definido como loft en el contrato de locación en vigencia.
Como siempre ocurría en estos casos, el hombre, joven y de buen nivel sociocultural, emitió en voz alta una sarta de puteadas dirigida sucesivamente a la compañía eléctrica, a los directores nacionales que integraban la misma, a las autoridades del Ente Nacional Regulador de la Electricidad (ENRE) y al ministro de planificación.
Al mirar por la ventana, cerrada al intenso frío invernal, pudo verificar en alguna medida la extensión del corte. La oscuridad era total, solo atravesada por los focos de los vehículos, que circulaban con sus conductores en profuso empleo de la bocina, debido a que los semáforos habían dejado de funcionar.
Llamó a su novia por teléfono para decirle que la iría a visitar para que cenaran juntos. Su vivienda y el entorno circundante sumido en las penumbras, le generaban tristeza, como una imagen de guerra o de zona de catástrofe.
Previo a salir, se dispuso a concurrir al baño, cuando la oscuridad nuevamente lo envolvió.
La vela se había apagado..., como si la hubieran soplado, incluso, con el pabilo aún incandescente como ocurre en esos casos.
Matías, comprobó que no existía corriente de aire alguna en el departamento, como para ocasionar lo ocurrido. Por supuesto, se encontraba solo.
Como individuo pragmático que se consideraba, la encendió nuevamente, sin ahondar en el asunto y para cumplir con lo que tenía decidido con anterioridad.
Apenas había ingresado al baño, cuando la vela se apagó.
Esta vez, optó por abandonar el lugar lo mas rápido posible, sin dejar de percibir una oscura inquietud.
Con la campera puesta, detectó que la llave colocada como siempre que llegaba, en la cerradura y con una sola vuelta, no estaba.
Con dificultad, intentó ubicarse para encender otra vez la vela y buscar el llavero, pero no encontraba el encendedor.
Buscó sin éxito el celular para decirle a Nati que viniera con el juego de llaves que tenía, pero a pesar de haberlo usado poco tiempo antes, se convirtió en inhallable.
Ya con desesperación, en bruscos tanteos, sintió que lo encontraba, pero se trataba del inalámbrico, inutilizable por el corte de luz.
Pensó que solo le quedaba pedir auxilio a los gritos..., cuando la vela se encendió a sus espaldas, lo que lo motivó a darse vuelta con los puños cerrados en una instintiva actitud de defensa.
Vio la vela encendida solo unos segundos, porque de inmediato, se apagó como si alguien hubiera impulsado su aliento contra el pabilo.
Otra vez a oscuras, gritó con toda la fuerza que pudo reunir en sus pulmones. Fue un grito estridente, de terror adulto y desesperación.
Como respuesta, la luz volvió súbitamente, tanto en su casa como en la calle.
Halló las llaves tiradas en el piso, así como el celular y el encendedor. Mas tranquilo, se encontraba próximo a llamar a Nati, cuando detectó que la vela había desaparecido.
La buscó casi frenéticamente, pero solo pudo hallar el platito sobre el que se hallaba posada. El mismo estaba partido en siete pedazos de medidas perfectas y bordes pulidos, que parecían poder ensamblarse entre ellos sin necesidad de pegamento. Como las piedras de ciertas construcciones arcaicas, que no necesitaban argamasa para encajar entre ellas..., estimó Matías, mientras salía raudo de su domicilio.
En el ascensor, le pareció que un individuo al que no conocía como vecino lo miraba subrepticiamente. Cuando él lo miró, dejó de hacerlo.
No parece un tipo peligroso..., fue la conclusión de su veloz evaluación interior, pero de todos modos le pareció que su semblante era extraño, como de manifiesto desconcierto o extravío.
Ya en la calle, se dio vuelta por prevención y observó que el sujeto, giraba por la esquina mientras algo se caía de su mano.
Matías volvió sobre sus pasos y se encontró con lo que sin duda, era la vela que le faltaba. Se hallaba desprovista del pabilo, despojada de su condición de vela, convertida en lo que podría ser una cerbatana o una flauta..., o vaya a saber que, pensó Matías.
Corrió hasta la esquina, pero el hombre ya había desaparecido en el tráfago de la calle, que con la irrupción de la luz recobró su nocturna habitualidad.
FIN
Matías la observó con satisfacción, dado que creyó que se le había acabado la provisión de ese vital elemento, para afrontar los continuos cortes de suministro que afectaban el barrio donde vivía.
El hallazgo de esa humilde vela, le pareció algo aproximado a un milagro. Acotado, de índole domestica, sin trascendencia pública y/o histórica..., pero milagro al fin, estimó mentalmente, su mirada fija en la luz titilante de la llama reflejada en la pared del único ambiente, definido como loft en el contrato de locación en vigencia.
Como siempre ocurría en estos casos, el hombre, joven y de buen nivel sociocultural, emitió en voz alta una sarta de puteadas dirigida sucesivamente a la compañía eléctrica, a los directores nacionales que integraban la misma, a las autoridades del Ente Nacional Regulador de la Electricidad (ENRE) y al ministro de planificación.
Al mirar por la ventana, cerrada al intenso frío invernal, pudo verificar en alguna medida la extensión del corte. La oscuridad era total, solo atravesada por los focos de los vehículos, que circulaban con sus conductores en profuso empleo de la bocina, debido a que los semáforos habían dejado de funcionar.
Llamó a su novia por teléfono para decirle que la iría a visitar para que cenaran juntos. Su vivienda y el entorno circundante sumido en las penumbras, le generaban tristeza, como una imagen de guerra o de zona de catástrofe.
Previo a salir, se dispuso a concurrir al baño, cuando la oscuridad nuevamente lo envolvió.
La vela se había apagado..., como si la hubieran soplado, incluso, con el pabilo aún incandescente como ocurre en esos casos.
Matías, comprobó que no existía corriente de aire alguna en el departamento, como para ocasionar lo ocurrido. Por supuesto, se encontraba solo.
Como individuo pragmático que se consideraba, la encendió nuevamente, sin ahondar en el asunto y para cumplir con lo que tenía decidido con anterioridad.
Apenas había ingresado al baño, cuando la vela se apagó.
Esta vez, optó por abandonar el lugar lo mas rápido posible, sin dejar de percibir una oscura inquietud.
Con la campera puesta, detectó que la llave colocada como siempre que llegaba, en la cerradura y con una sola vuelta, no estaba.
Con dificultad, intentó ubicarse para encender otra vez la vela y buscar el llavero, pero no encontraba el encendedor.
Buscó sin éxito el celular para decirle a Nati que viniera con el juego de llaves que tenía, pero a pesar de haberlo usado poco tiempo antes, se convirtió en inhallable.
Ya con desesperación, en bruscos tanteos, sintió que lo encontraba, pero se trataba del inalámbrico, inutilizable por el corte de luz.
Pensó que solo le quedaba pedir auxilio a los gritos..., cuando la vela se encendió a sus espaldas, lo que lo motivó a darse vuelta con los puños cerrados en una instintiva actitud de defensa.
Vio la vela encendida solo unos segundos, porque de inmediato, se apagó como si alguien hubiera impulsado su aliento contra el pabilo.
Otra vez a oscuras, gritó con toda la fuerza que pudo reunir en sus pulmones. Fue un grito estridente, de terror adulto y desesperación.
Como respuesta, la luz volvió súbitamente, tanto en su casa como en la calle.
Halló las llaves tiradas en el piso, así como el celular y el encendedor. Mas tranquilo, se encontraba próximo a llamar a Nati, cuando detectó que la vela había desaparecido.
La buscó casi frenéticamente, pero solo pudo hallar el platito sobre el que se hallaba posada. El mismo estaba partido en siete pedazos de medidas perfectas y bordes pulidos, que parecían poder ensamblarse entre ellos sin necesidad de pegamento. Como las piedras de ciertas construcciones arcaicas, que no necesitaban argamasa para encajar entre ellas..., estimó Matías, mientras salía raudo de su domicilio.
En el ascensor, le pareció que un individuo al que no conocía como vecino lo miraba subrepticiamente. Cuando él lo miró, dejó de hacerlo.
No parece un tipo peligroso..., fue la conclusión de su veloz evaluación interior, pero de todos modos le pareció que su semblante era extraño, como de manifiesto desconcierto o extravío.
Ya en la calle, se dio vuelta por prevención y observó que el sujeto, giraba por la esquina mientras algo se caía de su mano.
Matías volvió sobre sus pasos y se encontró con lo que sin duda, era la vela que le faltaba. Se hallaba desprovista del pabilo, despojada de su condición de vela, convertida en lo que podría ser una cerbatana o una flauta..., o vaya a saber que, pensó Matías.
Corrió hasta la esquina, pero el hombre ya había desaparecido en el tráfago de la calle, que con la irrupción de la luz recobró su nocturna habitualidad.
FIN
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